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Arco de Caparra - Baños de Montemayor

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Día 6 Arco de Cáparra – Baños de Montemayor

 

Me desperté con las  primeras luces que empezaban a ocultar las estrellas. Los pájaros alborotaban buscando insectos. Sus vuelos rasantes me fascinaban tumbado sobre la esterilla, bajo este arco romano milenario. Me sentía lleno de tranquilidad y espiritualidad, con las pocas cosas que tenía a mi alcance. ¡Qué feliz me sentía!

No quería que terminara de amanecer para disfrutar más del espectáculo.

Cuando desapareció la última estrella salí del saco y recogí la mochila, eran las ocho de la mañana y el cielo estaba despejado y el sol reflejaba su luz sobre los árboles cercanos.

Con pocas ganas comencé a caminar por el sendero mirando a cada rato hacia el arco que se ocultaba, jugando al escondite, entre los árboles. Caminaba despacio abstraído en mis pensamientos. Sabía que en las próximas cuatro horas no encontraría pueblos donde parar, pero esto no me agobiaba. Era agradable caminar con el frescor de la mañana.

Pasé por alguna finca con ganado, pacía tranquilamente y no se alteraron sus costumbres mañaneras por mi presencia. Ni tan siquiera me miraban, estaban más pendientes de su tierna hierba. Delante mía tenía las estribaciones de las montañas y el terreno era ondulante.

Pensaba en el recorrido que me quedaba hasta Oviedo y en lo andado desde Mérida, pero prefería rememorar lo pasado. Había sido precioso y todos los días el entorno había fortalecido las ganas de continuar.

Se me pasó sin sentir la primera hora hasta que llegué a una carreterita secundaria y con muy poco tráfico. Este día ya no dejaría el asfalto. Empecé a sentir que necesitaba un café, pero no había sitio donde parar. El paisaje cambió, y de ser ganadero pasó a ser principalmente agrícola, huertas y campos de cereal me rodeaban, mientras que las montañas seguían acercándose.

Después de otro rato caminando, aparecieron las obras de la autovía de la N-630. Grandes montículos de tierra se interponían en el camino, las flechas se empeñaban en dirigirme hacia el obstáculo. No había otra opción que ascender por uno de los muros de tierra y piedra removida. Con un paso adelante, medio hacia atrás y las manos apoyándose en el suelo conseguí superar el muro. Fue un esfuerzo ridículo y agobiante. Las botas se llenaron de tierra.

Grandes camiones y asentadoras de tierra trabajaban para construir la base de la autovía. A lo lejos vi a unos obreros y a ellos me dirigí.

-   Buenos días. Me podrían decir por donde debo ir para Aldeanueva.

-   Tienes que bajar por allí y luego pasar por un pequeño puente, pero ten cuidado que pasan camiones y hay un montón de barro y agua. Si quieres te podemos llevar en el camión.

-   Gracias, pero mi camino es andando y no tengo intención de cambiar de momento. ¿No hay otro sitio más fácil?.

-   No, si es fácil. Lo peor es que quedan más de seis kilómetros. – Él sólo pasaba con vehículo y no andando.

-   Gracias, lo intentaré.

Continué hacia allí, pero después de bajar por la arena removida, vi el puentecillo. Era un barrizal de más de medio metro. Me daba pereza descalzarme y embarrarme las piernas, así que decidí ir campo a través. Al principio fue más o menos fácil, pero al final me tocó pasar por un campo de zarzas que terminaban en la carretera. Los arañazos de piernas y brazos fueron abundantes. En algún momento tuve que parar a desliarme de la maraña de hierbajos y pinchos que me sujetaban con fiereza.

Juré un poco en arameo y maldije las obras de la civilización, sobretodo por pensar sólo en vehículos. No pueden llegar a pensar que existen personas que caminan y tienen derecho de paso.

Estoy convencido que habría algún otro lugar que posibilitara el paso, pero no lo vi, y por ello me enfadé por mi poca capacidad de encontrar la ruta más sencilla.

 

Siempre que hay dos alternativas, mi naturaleza elige la incorrecta, la que tiene más complicaciones. Soy así y alguna vez me acostumbraré.

Al llegar a la carretera, N-630, tuve que parar en el arcén. Me picaban horrores los pies y las piernas, y algún arañazo requería betadine.

Cientos de zarcillos pequeños se agarraban con fuerza a los calcetines y camiseta. Además tenía los pies empapados, así no podía caminar. Me quité las botas y dejé secar al sol los pinreles mientras que se me pasaba el enojo hacia los tiempos modernos.

Sentado bajo un árbol, dejé pasar el tiempo observando el cielo y las pequeñas nubes que parecían paradas sobre los montes de Gredos. Hoy sabía que los kilómetros eran pocos y no tenía prisa. Aproveché para comer mi última naranja, empezaba a tener hambre, mi desayuno había sido escaso.

Media hora después, cargue la mochila y con los pies algo descansados, aunque las piernas estuvieran llenas de barro, reemprendí el paseo por el arcén.

Llegué a un cruce y me volvía a equivocar, entré en la autovía de circunvalación. Me di cuenta por que me vi encerrado entre vallas que me impedían salirme del asfalto. No llevaba más de diez minutos, cuando vi un restaurante en una carreterita a la izquierda. Tenía que saltar la valla y atravesar un campo de zarzas. Sin pensármelo dos veces salté el vallado como pude y apunto de romperme la crisma. Luego las zarzas me acariciaron por segunda vez en menos de una hora. Pese a todo conseguí mi objetivo y llegue al apetecible desayuno. Luego supe que me había librado de hacer cinco kilómetros de propina.

El local estaba abierto y pude tomar una ración de queso y chorizo con  pan de pueblo, que reconfortó mi apetito. También tomé un café que me espabiló. Una vez con la barriga llena, me di cuenta que había vuelto a la civilización después de cuarenta kilómetros, y veinticuatro horas de campo y naturaleza.

El bar estaba en penumbra y el dueño se movía organizándolo todo pero con pocas ganas de hablar con un mochilero. En cambio a mi me apetecía comentar la maravilla que tienen estas tierras con las ruinas de Caparra.

Recordé las palabras de mis compañeros vascos que venían a pocos kilómetros. Este camino no es para hacerlo solo. Bastantes soledades tienen estas tierras como para no tener el apoyo de un compañero.

 

Después de un rato de descanso volví a la tarea más relajado, caminé por el arcén de una carretera tranquila sembrada de árboles que prestan la ayuda de su sombra. Iba despacio y con el espíritu tranquilo, viendo las bellas estribaciones de Gredos e intentando adivinar por donde pasaría las montañas. El paisaje había cambiado, las dehesas eran recuerdo, ahora eran huertos de árboles frutales y terrenos cultivados los que me rodeaban.

Los cuatro o cinco kilómetros hasta Aldeanueva se hicieron fácilmente. Entré en este pueblo un poco desubicado, después de haber estado en la soledad. Esta población me pareció grande y extendida. Volvía ver a niños jugando en las calles, a señoras con sus bolsas de la compra y abuelos sentados en bancos observando pasar la vida.

Me sentía extraño y a la vez cómodo por ser saludado. ¡Había gente que me hablaba!

Llegué hasta la plaza y entré en un bar a tomar una cerveza. Pensé en la posibilidad de quedarme, tenía ganas de tomar una ducha reparadora, olía a tigre mi cuerpo, no había sentido el agua desde Galisteo, que estaba a más de sesenta kilómetros. Resistí la tentación pensando que mañana  llegaría a Fuenterroble y podría conocer al padre Blas.

El bar estaba lleno de humo y conversaban todos los clientes con la camarera con la familiaridad de conocerse desde hacía mucho tiempo. El único que no tenía comunicación era yo, que desde un rincón observaba a los demás.

-   Dame un botijo muchacha, que vengo seco.- dijo un mozo lleno de polvo de la obra.

-   Un momento, que primero va este señor.- Se refería a mi.- Que hay que mantener el orden.

Se me hizo extraño que me llamaran con tanto respeto y preferencia.

-   Deme una cerveza con limón.

Me  la sirvió con un platillo de aceitunas y siguió atendiendo al resto, mientras que las conversaciones hablaban de la vida del pueblo.

-   Visteis la película de anoche, me quedé dormido y no pude ver el final.- comentó uno de los clientes apurando un botellín.

-   No, cada vez me aburre más la tele, prefiero irme directamente a dormir a caer como un marmolillo en el sillón, que luego me duelen los huesos cuando me despierto de madrugada.

-   Pues a mi no me gustó y cambié para ver el fútbol. – Respondió un tercero con un gorro de paja.

 Se notaba un relajo que en las ciudades es inimaginable, todos se conocían, eran como una familia. Supongo que este tipo de relación tendrá sus problemas, pero a mi me parece más natural que el comportamiento urbano, donde nadie conoce a nadie y en múltiples ocasiones hasta molesta encontrarse a alguien conocido.

-   ¿Cómo está tu padre? Hace unos días que no le veo a la hora de la partida.

-   Lleva unos días con fiebre, el médico ha dicho que es un virus pero sólo le ha mandado reposo y que beba mucho líquido.

-   Eso es ahora la moda de los médicos, si pueden no mandan ni una aspirina. Yo le vi hace seis o siete días y ya no tenía buena cara.

Se comentaban las incidencias de sus vidas. Me sentía cómo y entretenido ejerciendo de observador de la realidad (¿quizás sea un vouyeur, o quizás solo un cotilla?) de estas personas tan distantes de mi. Ellos seguirían estando allí durante muchos años hablando y conociéndose, mientras que para mi serían un recuerdo costumbrista de la España rural.

-   En las fiestas de este año el ayuntamiento va a poner unos fuegos artificiales, me lo ha dicho Lucas, el secretario.- Comentó el muchacho empolvado.

-   Supongo que nos tocará pagar a todos los comerciantes, como todos los años. Ellos se llevan las medallas y nosotros los paganos.- dijo la dueña del bar.

-   Pues a mi me parece demasiado ruido y demasiado gasto.- Opinó otra señora que daba cuenta de su café.

-   Lo que te molesta a ti Pura es que los vas a tener al lado del establo y de tu casa.

-   Eso también, nadie me ha pedido permiso para ocupar el terreno, menos mal que ya no hay ganado.

Terminé la cerveza y salí despacio de aquel local con sabor popular. Me sentía feliz y contento, durante un rato había respirado un ambiente humano y comprensivo.

 

Cuando terminaron las últimas casas y me dirigía hacia la circunvalación de la autovía, pensando en las conversaciones del bar, me encontré con un ciclista que se paró a mi lado.

-   Buen camino peregrino.- Me dijo con una sonrisa franca y sincera.

-   Buen camino. ¿Qué tal vas amigo?.

-   Yo bien, pero me he equivocado y me he metido por la autovía. Hoy vengo desde Carcaboso. ¿Y tu?.

-   Yo he dormido en el arco de Cáparra. ¿Habrás estado en el albergue de doña Elena? ¡Qué gran señora!

-   Si allí dormí y nos mimo un montón. Tu debes ser el que nos dijo la señora que le diste la información de los horarios. ¿De donde saliste?.

-   Yo desde Mérida y quiero llegar a Oviedo, pero no me planteo mucho eso, solo pienso en caminar, ver y disfrutar.

-   Yo salí desde Sevilla y quiero llegar a Santiago. Voy despacio y fotografío todo, luego me sirve de recuerdo.

 Tenía acento catalán y una sonrisa permanente de buena persona.

-   Este ya es mi cuarto camino, me encanta conocer lugares y gentes.

   Estuvimos charlando unos minutos.

-   Que faena lo de la autovía, he tenido que meterme en un zarzal y me he puesto hecho un cristo.

-   Yo me he metido por el puente y el agua cubría más de media rueda, y menos mal que las alforjas no calan, pero tengo barro en abundancia. Luego me he equivocado y me he metido en la autovía y he debido hacer seis o siete kilómetros de más.

Tan mala había sido su ruta como la mía,  sería bueno un poquito de consideración cuando se realizan este tipo de obras. Me hizo una fotografía antes de despedirnos. Una agradable persona y uno de los pocos peregrinos que vi. En la vía de la Plata da gusto encontrar a otras que están sufriendo los mismos problemas y alegrías. Hay un hermanamiento en el sufrimiento.

Continué por la N-630, después de pasar un par de rotondas que llevaban a la autovía. El calor era considerable. Sabía que me quedaban ocho o nueve kilómetros y todos serían por asfalto. Me intenté abstraer con el paisaje verde y montañoso que me rodeaba.

Cuando hay tramos poco agradables no es conveniente mortificarse, no acorta el recorrido, es preferible pensar en cosas agradables y entretener la mente con cualquier cosa. Me ha pasado que el mismo recorrido con una u otra actitud han acortado o alargado el tiempo.

Pasé por el desvío de Hervás. Hermoso pueblo con sus calles estrechas y blancas, claro ejemplo de judería. Lo conocía de otra ocasión que fui en coche, pero esta vez hacía mucho calor y anhelaba un poco de descanso.

A estas horas, menos mal, la carretera no llevaba mucho tráfico. Se notaba la entrada a una zona entre montañas, el aire se calentaba y se llegaba hasta  a respirar mal.

Un poco más tarde llegué a un camping que tenía un restaurante que daba a la carretera. No lo pensé dos veces. Eran las dos y media de la tarde y necesitaba refrescarme. ¡Vaya paso de tortuga!, en tres horas paré cuatro veces.

El restaurante tiene un comedor amplio y medio vacío, con un menú del día surtido y abundante. Tomé una paella y una ensalada, completándolo con un café con hielo y un pacharán reconstituyente.

Estuve cerca de una hora y solo una mesa se lleno con una familia de cuatro en el otro extremo de la sala.

Por primera vez, vi las noticias de la televisión desde mi salida. Las mismas noticias de violencia, agresiones, discusiones políticas, poco había cambiado en el mundo. Anunciaron tiempo revuelto para los próximos días, fue la información que más me interesó.

Terminada la copa y con bastante pereza, cargue la mochila y volví a mi tarea caminera. El arcén caluroso que se notaba que ascendía hacia el paso de las montañas. En algunos tramos se veía la autovía en la lejanía que ascendía suavemente hacia el puerto. Los camiones eran como hormigas que lentamente le remontaban.

A poco de llegar, un caminito por la derecha me acercó hasta la calzada romana restaurada. Hermoso recuerdo de tiempos pasados. Paré un rato junto a la ermita antes de coger la calle principal que lleva a los balnearios, hoteles y hostales con solera, que anunciaban que hubieron mejores tiempos. Pregunté por el albergue, y me encaminaron por sus calles estrechas y empinadas. Pasé por la oficina de turismo, y aproveche para sellar y que me dieran información del lugar.

-   El albergue está cerrado hasta el próximo lunes. Tienen que reparar la conducción del agua. Pero hay unos cuantos hostales económicos en la calle principal.

Amablemente me contó la historia de los dos señores feudales que se pelearon por conseguir la propiedad del pueblo. También me contó que las aguas termales ya eran utilizadas por los romanos (sabían lo que se hacían).

Muy agradable el señor que me atendió y que me aconsejó hasta donde cenar esa noche. La mayoría de los peregrinos se alojan en Aldeanueva, después de cuarenta kilómetros.

Volví a la calle principal, que parecía el lugar de paseo de las personas que iban a tomar la aguas.

Encontré una fonda cómoda y coqueta al final de la calle. La ducha en aquel baño compartido me repuso del calor del día. Hoy dormiría entre sábanas pero seguro que no tendría el mismo espectáculo de estrellas que tuve en Cáparra.

Dormí la siesta hasta las ocho de la tarde en que salí a dar una vuelta por el pueblo. Iba despacio observando los edificios y a las personas que paseaban, la mayoría de vacaciones.

Entré en un bar a tomar una cerveza. Las miradas las tenían puesta en un televisor panorámico que estaba emitiendo una corrida de toros.

Todos discutían sobre las dotes de los toreros y los toros.

-   Le han picado demasiado y se ha rajado el toro. Comentó un abuelo de boina y bastón.

-   ¡Qué manía tienen con no hacer bien la suerte de baras!.- Protestó un hombre con una barriga considerable.

-   Los picadores deberían ser más cuidadosos con la puya. Descordan al animal y lo dejan para el arrastre.- Dijo el camarero mientras que me ponía la bebida.

-   No son los picadores, son los toros que no tienen las fuerzas de antes, que aguantaban tres puyas y no pasaba nada. Ahora se caen con una y ligera.- comentó el abuelo.

-   Que se caigan es por que no mueven suficiente al ganado en el campo, y les dan de comer demasiado pienso.- Habló otro entendido con gafas de culo de vaso.

El torero entró a matar y no tuvo demasiada suerte.

-   ¡Que manazas eres! Más que matar le ha degollado. A esto no hay derecho.- Sentenció el camarero con grandes aspamientos de manos.

-   Hombre, no ves que el toro es manso y así es muy difícil matar. Siempre os meteis con el torero, pero el toro tiene mucho que ver.

Todos entendían de toros, toreros y cuernos. Me recordó la polémica futbolera de Cáceres, aunque el espectáculo era diferente la afición era similar. Esperé a terminar la corrida, más que nada por seguir oyendo los comentarios de los entendidos, más punzantes y añorantes de viejos tiempos que positivos, pero en todo caso entretenidos.

 

Salí y fui a comprar algo para cenar, y de allí a la habitación. Piqué alguna cosa y a las diez de la noche ya estaba doblando la oreja.

El día era la despedida de Extremadura, no había sido hoy una etapa tan bella en su recorrido como las anteriores, pero estaba contento por haber cubierto la primera comunidad del camino.

A partir de mañana Castilla y León sería la que me acogiera. Recordé Cáparra, los encinares y alcornocales con tristeza y cariño. Tendré siempre un grato recuerdo de las siestas extremeñas y de sus campos floridos.

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19/01/2008 15:31 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Cáceres No hay comentarios. Comentar.

Galisteo - Arco de Caparra

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 Día 5 Galisteo – Arco de Caparra.

 

Me desperté con un rayo de sol sobre la cara. Me encontraba cansado después de los cuarenta y un kilómetros de ayer. Las piernas estaban pesadas y mis pies todavía resentidos por esfuerzo realizado. Me pesaban hasta los brazos y se resistían a ponerse en movimiento. Los ojos se fijaron en el techo repintado blanco. Había sido un día duro, él de ayer, más por la calorina de un sol impenitente que por el recorrido realizado.

 

Con un esfuerzo increíble miré alrededor. Estaba en un cuarto con dos camas de una pensión de Galisteo. En la habitación estaban todas mis ropas tiradas y la mochila sobre la otra cama, medio dentro, medio fuera del colchón. Decidí que no podía ser esa vaguería matutina, así que dirigí todos mis esfuerzos a sentarme en la cama y poner los pies en las baldosas irregulares, haber si recibía el frescor de las mismas y me hacían terminar de despertar. Sentado y con las manos frotando los ojos recordé el medio soponcio que me dio la tarde anterior.

 

Con las manos todavía en la cara pensé en el mareo de ayer y me dije con arrepentimiento:

 

-               ¡Qué tonto soy! Se perfectamente que para recuperarse de la deshidratación hay que beber, pero poco a poco y nunca con bebidas demasiado frías.

 

Quizás el cansancio viniera derivado del incidente. Busqué las ropas y me dirigí descalzo hasta el baño que se encontraba fuera de la habitación y era compartido. Allí me di una ducha en ese cuarto de baño destartalado y antiguo. El pequeño chorro de agua fría caía en la cara y el cuerpo, y terminó de despertar y despejar.

 

De vuelta a la habitación metí todos los bártulos en la mochila lo mejor que pude, antes de ponerme los calcetines y las botas esclavizadoras de mis pies. Tuve que dar dos zapatazos en el suelo para que se ajustaran debidamente. Cargué la mochila y me pareció una tonelada y recordé que la bolsa de agua estaba vacía. Tendría que llenarla antes de salir pero mi estómago necesitaba comida urgentemente para cargarme de energías necesarias. Tenía una barrita energética pero prefería algo más suculento y a ser posible revitalizador, como un café con leche.

 

Bajé las escaleras y fui al bar-restaurante, estaba cerrado y el cartel anunciaba que hasta las siete y media no abrían. Decidí sentarme y esperar, eran sólo 10 minutos, si el dueño era puntual. Mi cuerpo agradeció soltar de nuevo la mochila y despanchingarse en una de las sillas de plástico de la terraza.

 

Pasaban algunos coches pero la tranquilidad reinaba en este pueblo cacereño. Alguna persona pasó con andares ligeros hacia sus trabajos. Ellos me miraban y tuve la sensación de oír sus pensamientos hacia mi.

 

-               ¿Qué hará este pájaro con esas ropas tan poco formales y medio tirado en una silla a estas horas de la mañana? ¿No tendrá otra cosa que hacer a estas horas?

 

Me sonreí con las pintas que debía tener en ese momento y qué pocos compañeros de trabajo me reconocerían en este momento.

 

El dueño, con 10 minutos de retraso, apareció para abrir el bar. Tendría unos sesenta años, con una barriga cervecera notable y con un bigote grande que le hacía una cara bonachona y simpática.

 

-         Buenos días peregrino. ¿Qué tal se ha dormido?

 

-         Como un ceporro. Se me ha pasado en un minuto aunque haya dormido casi 10 horas.

 

-         Espera un momento aquí mientras que termino de dar las luces y de abrir.

 

No moví un músculo, aspiraba e intentaba ganar cada segundo de descanso.

 

El buen hombre, al poco rato, apareció con un gran tazón de café con leche y cinco o seis magdalenas.

 

-         Gracias por el detalle, pero no se tenía que haber molestado. Todavía puedo levantarme y llegar hasta la barra.

 

-         Descansa y cometeló todo, que el día va a ser caluroso y seguro que tienes una larga caminata.

 

Gracias Santiago por gente tan amable y comprensiva. Siempre escuchas las necesidades de los caminantes que a ti se amparan. Sin pensármelo dos veces di cuenta de todas las magdalenas y del café vivificante.

 

Eran la ocho y todavía no había empezado. El sol ya estaba alto y el calor iba a ser notable. Saqué la bolsa de agua vacía y me dirigí a la barra del bar para pagar.

 

Me cobró 2 euros y me llenó de agua fría la bolsa. La metí en la mochila y con ella puesta le agradecí el detalle del desayuno. El me dijo:

 

-         Gracias de nada, aquí siempre intentamos ayudar, y si el que lo necesita es peregrino con mucho mayor motivo.

 

Con la moral muy alta pero con un cansancio generalizado subí la cuesta hasta uno de los arcos que dan salida del pueblo.

 

Por una carretera sin apenas circulación pasé por un puente medieval camino de Aldehuela del Jerte. No se veía a nadie caminando. De qué me extraño, si esta ha sido la realidad desde que comencé en Mérida. Aún sabiéndolo, de vez en cuando el caminante necesita compartir experiencias con alguien más que consigo mismo.

 

Intentando no pensar en mi cansancio y con paso lento seguí los casi seis kilómetros que había hasta el pueblo. Estaba rodeado de huertas y el terreno era entretenido, aunque sin árboles que dieran sombra. El calor se empezaba a notar.

 

Aldehuela es un pueblo que se atraviesa pero en el que no pude ni tan siquiera parar, el bar lo abrían por la tarde y la tienda hasta las diez no se podía contar con ella.

Al poco de salir oí por la espalda un saludo.

 

-         Buen camino.

 

Eran una pareja de ciclistas que ayer me adelantaron ocho kilómetros antes de Galisteo, justo cuando el agua me escaseaba y las botas echaban humo por el calor.

 

-         Buen camino.

 

Les seguí con la vista mientras se alejaban, no pude dejar de pensar en lo deprisa que van estos ciclistas. Seguro que hoy llegan hasta Baños de Montemayor o inclusive más allá, cuando yo hasta mañana no llegaré.

 

Con estos pensamientos u otros parecidos continué mi camino. Notaba que se iban calentado los músculos y ya no me sentía tan cansado como esta mañana, aunque los pies no pensaban lo mismo.

 

Llegué sobre la once a Carcaboso, enseguida me sorprendieron los miliarios que se encuentran pegados a la iglesia. Las calles estaban llenas de gente que se dirigían al mercadillo. Las señoras con sus carros compraban frutas, verduras, quesos, ropa, zapatos y mil cosas más. Me entretuve un rato viendo el ambiente. En uno de los puestos de frutas había tres señoras comprando en una amena charla. Comentaban lo caro que estaba todo y como el tiempo este año venía raro.

 

Cuando se dieron cuenta de mi presencia me cedieron la vez amablemente.

 

-         Pasa primero que seguro tu compra es mucho más ligera que la nuestra.

 

Compré un par de tomates, cuatro naranjas, dos plátanos y me regalaron una bolsa de cerezas.

 

-         Por favor, me pueden decir donde puedo encontrar el albergue de Doña Elena. - Pregunté a una de las amables señoras.

-         Si mira, sigue hasta el cruce y luego gira a la izquierda. Ella está en un bar donde se pueden echar las quinielas.

-         Muchas gracias, espero no perderme.

 

Volví a parar en un camión que vendía embutidos y quesos. Hoy no tendría otro sitio donde avituallarme y tenía que pasar las próximas 24 horas con lo que tuviera en la mochila, y las barritas no me apetecían.

 

Por fin torcí a la izquierda y vi un bar. Entré enrollándome la mochila con las cintas de la puerta. En el mismo estaban tres clientes sentados y una señora pelando patatas. Al camarero le pedí una coca cola.

 

Me sirvió un bote y la señora desde el fondo le dijo.

 

-         Dale un huevo que ya debe llevar un buen trecho.

 

-         Gracias. Usted no se llamará Elena.

 

-         Si soy yo, ¿porqué lo preguntas?.

 

-         Pues le traigo el encargo de darle un beso de una peregrina que ha pasado un par de veces por aquí, y que la tiene en gran estima.

 

-         ¡Huy! Por aquí pasan muchos y siempre trato de ayudarles en lo que puedo.

 

Se notaba en su voz una fuerte personalidad y fuerza. Sin saber más de ella pude deducir una vida dura y llena de trabajo.

 

-         Es una peregrina catalana que se llama Gloria.

 

-         ¡Ah! Esa muchacha que es abogada. Me quiere mucho.

 

-         No le puedo decir su profesión, sólo la conozco por un foro en el que conversamos sobre el camino, pero si debe tenerla mucho cariño por que habla maravillas de usted.

 

-         Yo hago lo que puedo y les doy sobretodo cariño. Muchas veces unas pocas palabras y una cama reaniman a los peregrinos cansados.

 

Estuvimos un rato charlando y pedí otra coca, y de forma automática el muchacho me soltó otro huevo duro. Decidí no pedir más bebida por que mi colesterol se iba a revolucionar y mi médico a abroncarme.

 

En un momento dado Doña Elena me dijo que la acompañara a mostrarme el albergue. Este estaba en la casa de al lado. Su casa en la planta baja y en la superior múltiples habitaciones con tres o cuatro camas cada una de ellas. Todas con sus sábanas y sus colchas. Una muchacha estaba limpiando y la lejía se hacía notar. Estaba orgullosa de su creación y comentaba que pese a que tenía muchos gastos, por que siempre había que comprar cosas nuevas, le compensaba por la ayuda que prestaba. Estaba especialmente orgullosa de la terraza donde me mostró los tendederos que tenía preparados.

 

Ya de nuevo en el bar me dijo.

 

-         ¿A dónde vas hoy? ¿Por qué no te quedas aquí?

 

-         Hoy quiero dormir en las ruinas de Caparra. Se que hay un centro de interpretación y quizás me dejen dormir en algún lugar.

 

-         Pues no se que horario tienen ni que días abren. Unos dicen que está cerrado los lunes y otros que solo abren los fines de semana. Pero me podías dar tu número de móvil y esta tarde te llamo, así me informas de los horarios, y si es posible conseguir agua.

 

Imposible negarse ante una señora tan servicial y tan reconfortante para el espíritu de este pobre peregrino.

 

Terminé mi la coca cola, que había dejado a medias, y antes de marchar Doña Elena me dio otros dos huevos diciendo:

 

-         Toma esto para que te lo comas con un tomate en alguno de los descansos, pero colócalos en el bolsillo izquierdo de la mochila que ahí no le da el sol.

 

-         Muchas gracias, pero no se va a salvar de que le de los dos besos de Gloria y otros dos de mi parte por su amabilidad.

 

-         Pues venga, que las muestra de cariño nunca están demás.

 

Sin más, cargue la mochila y volví a seguir las flechas. Mi espíritu estaba recuperado y animado. No notaba el cansancio. Las palabras cariñosas de esta señora me había alimentado más que un gran bocata.

 

El camino continua entre las huertas regadas por el río Jerte. Durante cuatro kilómetros no cambia el paisaje. El sol empezaba a crujir a las neuronas eran las doce y media y no llevaba más que 10 kilómetros. Tenía que acelerar un poco.

 

En una de las acequias encontré un agricultor dando paso al agua hacia su huerta.

 

-         Buenos días peregrino – me saludó con una sonrisa en los labios- mucho calor va hacer hoy. Si quieres un trago de vino ven aquí, que la bota la tengo en el agua para que esté fresquita.

 

-         Muchas gracias, nunca se desaprovechar una ocasión de beber buen vino. ¿Qué tal va la cosecha?

 

-         Pues muy tardía. En abril y mayo ha llovido mucho. Ya esa alfalfa debía estar seca y preparada para ser recogida, y ya la ves, esta verde. El tiempo está loco.

 

Me despedí del buen hombre después de un par de tragos del néctar de la uva.

 

Se caminaba por un camino perfectamente señalado pegado a una acequia, son tierras amaestradas por el hombre y transformadas por él. A cuatro kilómetros del pueblo una cuesta da paso a una zona de encinas y alcorques. Al principio la cuesta va por un camino con torrenteras, luego se convierte en un sendero pegado a una valla.

 

Es zona de ganado y las cancelas son frecuentes. Las palabras del agricultor son ciertas. Se podían ver pequeñas flores de todos los colores que cubrían un suelo todavía verde. Aunque hacía calor, cuando se pasaba por zona umbría daba gusto y la temperatura era ideal.

 

La subida y el sol me hacían sudar lo suyo. Cada sombra era una tentación, llevaba dos horas caminando desde Carcaboso y según mis cálculos todavía otra hora y pico me quedaba en llegar a Venta Quemada.

 

En esto, pase una cancela que me hizo ir al lado izquierdo de la valla, y ante una fantástica encina no lo dudé y tiré la mochila. Me aposenté apoyado contra el árbol que se ajustaba como el respaldo de un sillón a mi espalda. El paisaje era maravilloso. Se veían encinas cada diez o doce metros en un paisaje ondulado lleno de la vida de una primavera tardía.

 

Liberé mis pies de su prisión de cuero y calcetín, y ambos gritaron de felicidad y confort al verse sobre una fresca hierba salvaje. Así mismo, saqué los huevos y un tomate para dar cuenta del regalo de Doña Elena.

 

Empecé la holganza del cuerpo y a devorar los huevos. Escuchaba a los pájaros y al viento sobre los hojas de los árboles. El placer que sentía se parecía a un pequeño orgasmo de mi cuerpo al relajarse de la tensión del camino.

 

No llevaba más de medio tomate, cuando de repente un ligero picor me empezó por las espalda.

 

-         ¡Joder, que molestia!

 

Me rasqué con placer, pero antes de satisfacer la molestia el picor empezó por otra parte, y luego por otra y luego por otra. Me incorporé y ...

 

-         ¡Carajo!

 

Miles de hormigas me atacaban con toda su pequeña dureza y gran molestia. Me incorporé de golpe rascándome y sacudiéndome la espalda con fuerza. Me tuve que quitar la camiseta,  los pantalones y los calzones para quitarme de encima las hormigas agresivas.  Las muy violentas no picaban, mordían y se enganchaban de forma difícil de quitar.

 

Cuando terminé, me sentí ridículo, allí en medio del monte totalmente desnudo y peleando no ya con los famosos toros de la Vía de la Plata, sino con violentas hormigas defendiendo su casa de un extraño bípedo.

 

Una vez liberado me volví a vestir, eso sí, revisando las prendas que me había quitado precipitadamente. Busque el árbol más próximo y me trasladé a él, previa revisión concienzuda de que no molestara a ningún pobre hormiguero.

 

Continué con el almuerzo campero pero sin poder olvidar el incidente. Pese a todo el lugar era magnífico.

 

Hacia las tres de la tarde volví a enjaular los pies y a cargar la mochila. Al principio los músculos se resistían a seguir subiendo, aunque los pies parecían nuevos y descansados. El sendero continuaba por el lado derecho de la valla hasta que se llega a la carretera que va a Oliva de Plasencia. Hay que atravesarla, y enfrente se ve una casa de campo y una amplia cañada. El sol calentaba y decidí pedir un poco de agua. Me acerque, pese a las informaciones que decían que los peregrinos no eran muy bien acogidos.

 

Una señora salió en ese momento con un cubo de agua sucia, y directamente le dije:

 

-         Buenas tardes, sería tan amable de darme un poco de agua.

 

-         Buenas tardes, pero por favor no hables tan alto que los obreros están en la siesta.

 

Sin más palabras la señora entró a la casa. Yo aproveche para soltar la mochila y sentarme en un banco de piedra contra la pared de la casa. Una parra proporcionaba una sombra vivificante. Unas gallinas picoteaban a la puerta de la casa recogiendo los restos del mantel de la comida.

 

La señora volvió a salir con una botella de litro y medio llena de agua, que me entregó sin rechistar. Esta estaba no muy fresca, pero me dijo que me la podía llevar. La verdad es que se lo agradecí, no quería que me diera otro “parrús”, como el de ayer.

 

Aunque la fama es mala, a mí me atendieron correctamente y no puedo decir más que gracias por dar de beber al sediento.

Volví a caminar, ahora el paisaje seguía siendo hermoso pero mucho más abierto de árboles. La sensación era de ir encajonado entre dos vallas de piedra, aunque la cañada es muy amplia. El calor arreciaba mucho más que en el tramo anterior, y mis pobres neuronas pese a la gorra echaban humo.

 

Empecé a buscar un sitio adecuado para descansar, no se podía caminar con esa calorina. Encontré otra hermosa encina y tras la inspección hormigil, estiré la esterilla, liberé los pies y me preparé para una buena siesta, cosa que no me costó demasiado.

 

El murmullo de las hojas me acunaron durante la hora y cuarto, perdí la conciencia. Llevaba cinco días en el camino y ya llevaba tres siestas bajo encinas y alcornoques. Creo que conseguí una buena media. He descubierto el beneficio de estos descansos a cielo abierto.

 

A las cinco y media volví a marchar. No tenía prisa. Sabía que me quedarían unos cuatro kilómetros, y que en una hora como máximo estaría en mi descanso del día. Iba descansado y los pies no protestaban demasiado, hoy había descansado muchas veces y aún así iba a hacer 30 kilómetros.

 

Pronto vi unos chalés que encajonan la cañada, pero ya desde allí se puede ver el Arco de Caparra. Tuve la sensación de llegar a un poblado romano visto por mi en algunas películas de romanos. Entre encinas se dibuja un arco cuadriforme o tetrapilón. Construcción bastante extraña en mitad del monte. Es muy hermoso y según me acercaba se percibía la belleza de sus formas.

 

En los últimos metros se pueden ver las tareas arqueológicas que tienen al descubierto lo que debieron ser los edificios, termas y templos. Busque el centro de interpretación pero no se veía, así que decidí dejar en un rincón la mochila y subir una pequeña loma con olivos que otorgaban un aspecto excelente para hacer más fotografías.

 

Desde lo alto pude ver el centro de interpretación que tenía unas máquinas de agua, refrescos y café. También había unos servicios fantásticos, que también aproveché. En la oficina estaban dos funcionarios que lo primero que me dijeron era que se cerraba a las 8 de la tarde y que no me podía quedar dentro del recinto. Aunque intenté sugerirle que me podía dejar abierto el cuarto de máquinas, no consintió.

Bueno, dormiría debajo del Arco que, por estar en el camino, no podían cerrar. Visité el pequeño museo y vi la película explicativa acompañado de un grupo de señoras. Estas habían llegado en un autobús y alborotaban un montón no dejando escuchar el sonido de la película.

 

Cuando marchaba, aproveché para coger un par de botellas de litro y medio, mañana tendría otros 20 kilómetros antes de encontrar una población.

 

Me acerque al arco y monté mi pequeño campamento en un rincón. Si llovía, que no tenía ninguna pinta, no me mojaría. Mientras anochecía aproveche para cenar algo de embutido y fruta sentado sobre la esterilla.

 

El atardecer fue precioso. Los tonos se iban enrojeciendo según caía el astro rey sobre el horizonte. Una vez sin sol, pero todavía con luz, me entretuve observando el vuelo de los pájaros sobre las ruinas buscando los insectos que los alimentaban.  Eran gritones y revoloteaban rozando el suelo por parejas. Me pareció una demostración de alegría ver las subidas, las bajadas y los cortejos de los machos sobre las hembras que intentaban conquistar.

Poco a poco fue oscureciendo y yo me arrope con el saco. La almohada eran las chanclas y el polar. Llevaba una pequeña linterna, que aunque la dejé a mano, no la llegue a utilizar.

 

El cielo se lleno de pequeñas estrellas que me fascinaron. Me sentí feliz descubriendo las constelaciones que me enseñó de chaval mi abuelo, cuando se nos hacía de noche a la puerta de la casa del pueblo. Estaba solo, pero me sentía en plenitud conmigo mismo.

 

¡Qué pocas cosas son necesarias para ser feliz!

 Me dormí sobre las doce de la noche y no desperté hasta el amanecer.  

19/01/2008 15:26 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Cáceres No hay comentarios. Comentar.

Embalse de Alcántara - Galisteo

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 Día 4 Embalse de Alcántara – Galisteo.

  

Me desperté temprano sobre sabanas de color azul en un albergue de formas modernistas, habitado esta noche por sólo dos personas.  

 

Las vistas del pantano al atardecer y la visión nocturna de las estrellas hacen que sea un sitio fantástico en un lugar casi deshabitado.

 

David, mi compañero de albergue, dormía plácidamente cuando decidí levantarme, quería sentir el amanecer, e intentar revivir las sensaciones del día anterior durante el atardecer. Me senté en el exterior, en el suelo, apoyado sobre una de las paredes. Todo era tranquilidad y paz. Las últimas estrellas brillaban tenuemente y empezaban a ocultarse por la fuerza de la luz emergente. El pantano iba apareciendo a la vista mientras que los pájaros empezaban a sobrevolarlo buscando el sustento diario de insectos y pequeños peces. Estos subían y bajaban planeando sobre las aguas en un ambiente de paz y concordia indescriptibles. Durante media hora me llene de aquella visión de tranquilidad y orden. No había nada que incordiase, todo era equilibrado. Mi espíritu se sentía en paz viendo la grandeza de una Naturaleza al amanecer. Me sentía inmerso en el equilibrio del lugar y una oración acudió a mi boca en señal de agradecimiento de lo que me estaba siendo dado.

 

A las siete, volví a la habitación. David no tenía prisa y dormía a pierna suelta. Así que recogí todos mis bártulos y salí al salón para empaquetarlos sin molestar. Di cuenta del café con leche calentado en un microondas y de un par de magdalenas.

 

Con tranquilidad cargué la mochila y emprendí el camino. No tenía prisa en abandonar aquel paraje que me había regalado la Vía de la Plata. Ascendí hasta la carretera, que ayer me martirizó durante la última hora media, y la atravesé para seguir por un camino ascendente durante otra media hora. No podía parar de volverme a divisar el embalse y páramo circundante para impregnarme las retinas del mismo. 

 

Al poco rato alcancé una planicie tranquila y sosegada. Estaba llena de jaras que desprendían un olor peculiar. Se podía ver a kilómetros de distancia y pocos árboles me acompañaban en el caminar. Pasé un par de cancelas y unos cuantos mansos pacían tranquilamente olvidándose de mi presencia. Me deleite con la vista en el horizonte donde se podían ver las próximas subidas.

 

Ensimismado en mis pensamientos y vivencias oí.

 

-         Buen camino, compañero. ¿Qué silencioso te has levantado esta mañana?

 

Era David, mi compañero de albergue y andanzas.

 

-         Buenos días. Me levanté temprano y no quise despertarte.

 

-         La verdad es que he dormido sin enterarme de nada. La paz era increíble.

 

-         ¿Hasta donde vas hoy? – le pregunté.

 

-         Pues no se, pero como quiero pasar un día entero en Salamanca, quiero hacer una etapa larga. Supongo que hasta Galisteo o Carcaboso.

 

-         ¡Puf! Creo que para mi eso es mucho. A Carcaboso hay más de cincuenta. Yo no se si quedarme en Grimaldo o como mucho Galisteo, eso si llego temprano al primero. Ya sabes que no tengo demasiada prisa y me gusta parar siempre que me apetece. Nunca se si volveré a pasar por estos lugares y me gusta impregnarme de su esencia.

 

Seguimos durante un rato charlando de lo magnífico del albergue y de la dureza del camino. Coincidimos en alabar la solidaridad de nuestro primer albergue, la Casa de la Beneficencia de los Esclavos de Maria y de los Pobres  de Alcuéscar.

 

David y yo habíamos coincidido en la salida de Mérida. Los dos vivíamos en Madrid y por casualidad partimos el mismo día. Nos conocimos preparando los macutos por la mañana en el albergue, y desde entonces compartimos destinos y algunos momentos, aunque habitualmente íbamos solos. Él tiene un paso mucho más rápido.

 

Como su paso era más largo se fue alejando lentamente, quién fue un compañero durante tres días. Ya no nos volveríamos a encontrar. El camino es así. Conocemos gente y tenemos vivencias gratificantes, para luego desaparecer pero permaneciendo siempre en nuestro recuerdo.

 

Supe que había llegado hasta Carcaboso y luego, un día antes que yo, a Salamanca.

 

Cuando le perdí de vista volví reparar en las florecillas silvestres que me acompañaban y en los olores que desprendían. Unas pocas mariposas revoloteaban buscando las más llamativas para posarse con suavidad. Cuando llegaba a su altura volvían a remontar el vuelo con suavidad y dulzura. Me gusta fijarme en las pequeñas cosas pues también tienen su importancia.

 

Eran las diez y media cuando llegue a un desvió que marcaba al pueblo de Cañaveral. Sabía que no era necesario pasar por él, pero empezaba a tener necesidad de mi segundo desayuno y, por que no, conocer el pueblo.

 

Es una bajada trepidante que termina en un pequeño puente medieval. Durante la bajada me llevé un susto importante en una de las revueltas al ver una serpiente, o quizás una víbora, la verdad es que no lo se. La pobre me debió oír y al intentar huir precipitadamente se resbaló y cayó en mitad del sendero. Fue gracioso que los dos saltáramos en sentido contrario despavoridos. La verdad es que mi valor deja mucho que desear.

 

Nada más entrar busqué un bar, pero los dos o tres que me crucé estaban cerrados, así que me desvié y me dirigí al centro del pueblo. Pregunté a una señora por un sitio donde tomar café.

 

-         Mira hijo, ahí mismo a la izquierda hay una churrería que hacen unos buenísimos calentitos.

 

Allí que fui. Tras luchar a brazo partido con las cintas de la puerta, que siempre se me enganchan en la mochila, entré en un local de azulejos blancos. La freiduría estaba a la izquierda y tres o cuatro clientas daban cuenta de unas porras tostadas, gruesas, largas y que me llenaron de saliva toda la boca. El olor a aceite caliente era penetrante y llenaba todo el local. Sin remedio pedí dos y un café. La verdad es que más que comerlas las deguste con fruición, aunque notaba que la grasa embadurnaba la servilleta en la que me las dieron.

 

¡Viva el colesterol! Y juro no comentarle este exceso a mi médico cuando me diga que lo tengo alto. 

 

Mientras que estuve allí no pude evitar escuchar la conversación de dos señoras.

 

-         ¿De donde vienes, Pura?

 

-         De la consulta, para sacarme sangre para unos análisis.- Respondió una oronda señora vestida de negro mientras engullía una de las largas porras.- El médico la semana pasada me dijo que me los hiciera para ponerme a dieta, y antes que me mande sólo verde voy a satisfacer al estómago con algo con sustancia. Las pocas ilusiones que ya le quedan a una y me la van a quitar.

-         Estos médicos siempre fastidiándonos.- Respondió la otra entre bocado y bocado de unos churros igual de grasientos. Antes cuando íbamos al campo de sol a sol y sólo había gachas para echar al buche nadie nos limitaba la pobre pitanza, ahora que con la pensión podemos darnos algún capricho, llegan los matasanos y lo prohíben todo.

 

Estas palabras me hicieron sonreír por la buena alimentación que le proporcionaban a su gordura desbocada pero también por la añoranza de los mayores por los tiempos de su juventud.

 

Terminé mi segundo desayuno y salí para ver la Iglesia de Santa María. Estaba cerrada esta hermosa iglesia de piedra rodeada de casas encaladas.

 

Volví sobre mis pasos un poco cabreado por no poder visitar los templos del camino, siempre me los encuentro cerrados.

 

Cogí el arcén de la carretera que va hacia la general, que ya empieza a estar en cuesta. Un amable campesino vestido con su boina negra y raída me indicó el sendero lleno de hierbajos que me llevaría hasta la ermita de San Cristóbal.

 

Desde aquí se puede ver la vía que sube hasta el puerto de los Castaños. La verdad es que impone ver el kilómetro de ascensión, en él tuve que subir más lentamente, de lo que suelo hacerlo, porqué el resuello y las porras me impedían ir más deprisa.

 

Una vez pasado este tramo el sendero se suaviza, introduciendo al caminante entre una zona de bosque de pinos, jaras y, cuando se llega a lo alto, alcornoques. Estos tenían los troncos rojizos y sin el corcho que los cubre. Sus ramas se retuercen y crean hermosos árboles recortados sobre el fondo de la serranía verde y floreada.

En el alto se abre el paisaje y el camino se convierte en una carreterita que sin querer nos lleva hasta la N-630, mi querida y a veces odiada nacional de la Plata. Justo se unen al lado de un club de carretera, que a las doce de la mañana ya estaba con clientes. Ahí mismo las flechas me llevaron a una cancela  ganadera. Al otro lado había uno de los alcornocales más bonitos de mi camino. Estos protegían del sol al ganado que albergaba. Tuve suerte y todos con los que me encontré estaban más entretenidos en comer que en fijarse en mi. Estos si eran bravos, según me dijeron.

 

Aunque empezaba a calentar el sol en este paraje se estaba bien. Me encantó esta finca agrícola típicamente extremeña. Fueron unos cuatro kilómetros placenteros.

 

Salí de la finca por una portela, que lleva por el arcén de una carretera, en menos de un kilómetro, hasta Grimaldo. El cambio fue muy brusco, del frescor del bosque pasé a pisar un asfalto caliente que parecía iba a derretir las botas. Me costó muchísimo llegar al pueblo.

 

Nada más entrar me encontré con un bar y, por supuesto, entré. Dentro estaba un ciclista preguntando a la señora que lo atendía por el camino, no sabía si ir a Galisteo o a Plasencia.

 

Era la una de la tarde, pedí una coca cola y un bocadillo de tortilla francesa, que devoré sentado en la terraza. Esta estaba pegada a la carretera pero con una sombra refrescante.

 

La señora me preguntó si quería quedarme en el albergue. Era demasiado pronto para parar en este pueblo que apenas tenía servicios. Cargue de agua y me dispuse a doblar la etapa.

 

Media hora reposando me recuperó. Caminaba despacio por una trocha estrecha entre un campo de florecillas que muchas veces hacían difícil el caminar. No había apenas árboles pero los prados eran hermosísimos. La primavera estaba inundada de vida vegetal y animal. Mi ojos no paraban de fijarse en este paisaje fascinante.

 

A la hora, aproximadamente, el paisaje cambia y empiezan a aparecer encinas. Al principio lejanas unas de las otras, luego mucho más próximas. Se van pasando pequeñas lomas de una gran belleza, todas ellas llenas de encinas viejas. Cuando llevaba unos 9 kilómetros o 10 kilómetros desde Grimaldo mis pies reclamaron un descanso. Yo como soy obediente a determinados mandatos, busque una sombra y tiré la mochila, liberé los pies de su cárcel y me estiré la esterilla. Tocaba descansar un rato.

 

Fue una hora relajada y distendida soñando con praderas sembradas de encinas y prados verdes y frescos. No sabía si lo que estaba viendo era sueño o realidad. Creo que las dos cosas coincidían.

 

A las cinco me desperté sin saber muy bien donde me encontraba, estaba relajado y tranquilo, sintiendo la paz del lugar. Notaba un equilibrio fascinante que me obligaba a seguir observando el paisaje.

 

Cuando conseguí despertarme del todo, empaqueté y con resignación volví a reemprender el camino. Este dejó de ascender para empezar a llanear y luego a descender hasta la carretera de Riolobos. Antes tuve que pasar una zona de obras encharcadas, bastante desagradables.

 

Sabía que me quedaban un par de horas por lo menos, pero noté que el sol todavía derretía la sesera cuando desaparecían los árboles. La carretera parecía que se deformaba a mi paso. Me quedaba poco agua y empecé el racionamiento. Solo un pequeño sorbo cada cuarto de hora.

 

Esperaba tener suerte y encontrar algún sitio donde refrescarme. Cuando llegue al desvío de la carretera, una pareja de ciclistas me adelantaron con el “Buen Camino Peregrino”. Fue un momento de alivio ver que todavía había gente en el mundo. No había encontrado a nadie en las últimas 5 horas, desde Grimaldo.

 

En este punto caminé entre terrenos de labor regados por acequias llenas de agua no potable, pero que a cada paso eran una tentación. El sol era aplastante. Cada paso era un suplicio. Llevaba hora y media desde la siesta y ya estaba chorreando. Mojé la bandana en una de las acequias y me la coloque en el cuello sujeta por la gorra. Era reconfortante tener el cuello fresco.

 

Tenía ganas por llegar, pero el pueblo que se había visto en la lejanía parecía que se alejaba cada vez un poco más. Sabía que cuanto más ansias tienes por algo, el tiempo se alarga. En el camino también pasa esto, y lo he podido comprobar muchísimas veces. Distancias que a primera hora de la mañana se recorren casi sin darte cuenta, en los últimos kilómetros son interminables. Este es el caso de Galisteo, nunca se termina de llegar.

 

Este camino carretero tampoco ayuda, todo el rato se va al sol, serpenteando y jugando a acercar y alejar el pueblo.

 

A unos tres kilómetros antes de llegar, vi un sauce llorón al borde del camino con una mesa de piedra. No lo dudé, solté la carga y volví a liberar los pies. Estos echaban humo y además estaban reblandecidos.

 

Me tumbé encima del banco y coloqué los pies en alto apoyados sobre el tronco del árbol. Mi cabeza no quería seguir andando y la bolsa del agua estaba en las últimas, apenas un par de sorbos.

Veinte minutos de relajo y la última naranja. Algo para refrescar el gaznate.

 

Volví a caminar y cada paso me costaba un potosí. Cuando creía que el pueblo estaba a tiro de piedra una cuesta de 200 metros delante de mi, dura y descarnada me amargó. Intenté olvidar el cansancio, calor, sudor y peso de la mochila y concentrarme en el siguiente paso sin mirar para arriba.

 

Al remontar el camino se inclina para abajo directamente a la entrada del pueblo. No tenía agua y las piernas estaban muy cargadas, les costaba sujetarme. Al llegar al cruce con la carretera vi de frente un bar-restaurante y allí me lancé.

 

Tiré la mochila en un rincón y pedí una cerveza con limón. Pregunté por el albergue. Me dijeron que estaba al otro lado del pueblo y me sentí sin fuerzas para continuar. Pregunté si tenían habitaciones, me dijeron que sí. No hubo duda, aquí me quedo cueste lo que cueste.

 

Me dieron una habitación en el piso superior con dos camas y con aire acondicionado. El baño era compartido, pero no me importó. En cuanto me dejaron solo, abrí la mochila y volqué todo su contenido en una de las camas, me quité toda la ropa, me tiré en la cama y di el aire ligeramente. Durante una hora no me moví, no podía, estaba pegado a la cama. Las piernas me pinchaban, eran agujas penetrantes y profundas.

 

Después renqueante me dirigí al baño donde el agua limpió el polvo del camino y dio algo de energía a mi espíritu.

 

Haciendo un gran esfuerzo me vestí y salí a dar una vuelta por el pueblo. El primer esfuerzo fue bajar la escaleras y después emprender la subida que va pegada a la muralla. Durante medio kilómetro ascendí para luego meterme por las callejas de este precioso pueblo blanco. Encontré a un abuelo que me preguntó si había sellado la credencial. Al decirle que no se prestó a acompañarme a una casa que con una escalera horrible, más por mi estado que por el de la misma, se encontraba la señora encargada del sello.

 

Amablemente el abuelo me indicó una tienda de comestibles. Necesitaba seguir bebiendo algo que me repusiera de la deshidratación y me proporcionara algunas sales perdidas.

 

Compré un Acuarius y al llegar a la puerta del hostal en una sombra, di cuenta del mismo. Demasiado deprisa y demasiado frío, el cuerpo se revolucionó y comencé a sudar frenéticamente y a sentir un mareo. Arrastrándome como pude llegué a la habitación y me tiré en la cama. Antes que pudiera darme cuenta de estar en la horizontal ya me había quedado dormido.

 

Eran sobre la nueve de la noche y no me despertaría hasta las 7 de la mañana. 41 kilómetros inolvidables de una Plata auténtica.


 

19/01/2008 15:16 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Cáceres No hay comentarios. Comentar.

Cáceres - Embalse de Alcántara

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Día 3 Cáceres - Embalse de Alcántara.

 Dormí profundamente soñando con el camino. Recorría veredas y trochas acompañado de mis amigos y de recuerdos de mi vida, como una película, solo que era yo él que se movía y el resto permanecía estático en los bordes. Todos me animaban a continuar jaleando todos mis pasos.

 

Se entremezclaban caras, paisajes y momentos con lugares, cielos azules y amaneceres radiantes. La mochila no pesaba y los pies se movían ágiles y presurosos, sin ningún sentido de dolor.

 

Las sonrisas presidían en todo momento el marchar. Me desperté feliz intentando retener cada momento del sueño para poderlo recordar cuando estuviera cansado y desanimado.

Miré al reloj y vi las seis menos cuarto. Tenía tantas ganas de volver al camino que me levanté y empecé a recoger la ropa seca, metiéndola en la mochila. Todavía estaba un poco organizada.