Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.

Resumen

Salamanca - El Cubo de la Tierra del Vino

20080119155944-p6110219.jpg

Día 10 – Salamanca – El Cubo Tierra del Vino

Me despertó la chicharra del reloj a las seis y media. Agradable sensación la de estar entre sábanas blancas de una cama, en contrapunto del saco. Con cierta pereza me tiré de la cama para empaquetar los trastos tirados por toda la habitación. Despache con rapidez y me lancé a mi tarea caminera.

 

Las calles estaban medio vacías aunque se veían caras serias de mañana de lunes. Me sorprendió la escultura del toro junto a la plaza de toros.

Caminé junto a la carretera atravesando alguna circunvalación. Frente al campo de fútbol paré a desayunar un rico café con sus correspondientes magdalenas. Mientras, su propietario abría las persianas y colocaba las mesas y las sillas.

- ¿Te ha gustado Salamanca?.- Me preguntó.

- Muy hermosa ciudad donde se tiene que vivir muy bien.

- No está mal, tiene de todo y la gente es tranquila. ¿Tu de donde eres?

- Yo vivo en Madrid, esa si que es poco relajada. Aquí parece que se mueve todo al paso, mientras que allí todo va galopando. Es una locura.

- Si, Madrid es muy grande y con demasiado personal. Tenían que prohibir ciudades mayores de un millón de habitantes. La gente tiene que conocerse.

- Creo que si, pero tendría el inconveniente de no poder pasar desapercibido, que es lo que les gusta.

- Bueno, nada es perfecto, pero prefiero esto que es un punto intermedio.

- Yo también, pero la vida lleva a las personas no siempre donde quieren.

Salí del bar reflexionando sobre las palabras del camarero, pero pronto un camino me sacó de la N-630 encaminándome hacia la primera de las poblaciones del día. Las obras de la autovía estaban a la vista, con sus grandes montículos de tierra.

No se como pero me equivoqué, y terminé encima de la planicie de la nueva vía, sin ver ninguna flecha.

No había nadie a quien preguntar, así que decidí continuar por el terreno allanado un rato. Se veía la 630 acercándome a ella, no me apetecía llenarme los pies de barro y arena.

Hubo un momento que se cortó el terreno de las obras, se veía el pueblo deseado rodeado de campos cultivo. El día estaba despejado, sin apenas nubes, era agradable andar excepto por la ausencia de flechas que me guiaran.

Bajé el terraplén y me vi al borde de una finca de avena que tuve que seguir. Se hundían los pies en los surcos y tenía las botas llenas de chinas. Al mismo tiempo debía tener cuidado de mantener el equilibrio. Poco gratificante tramo.

- ¡Qué facilidad tengo de entrar en líos!

Quizás fue la mala señalización. Lo importante es seguir superando obstáculos que me lleven a destino.

Con esfuerzo llegué al borde de la nacional y tuve que realizar una parada liberadora de chinas y espigas. Los pies y los calcetines lo agradecieron.

Todavía no hacía calor, se llevaba bien el caminar por caminos hasta Castellanos de Villiquera y después a Calzada de Valdeunciel. No podía observar el más mínimo montículo. El horizonte era una línea recta con los campos de cereal acompañándome a derecha e izquierda. Podía ver kilómetros sin árboles. Profunda monotonía que no tenía nada que ver con los días anteriores. Estos campos duros de caminar por el aburrimiento me obligaban a recurrir a mis recuerdos y pensamientos para que las distancias se acortaran. Aún así tuve suerte por no pillarlos en las horas centrales de un día de verano, donde ni los pájaros se atreven a moverse.

Cuando llegué a Calzada de Valdeunciel encontré un bar abierto donde poder sentarme un rato tomando un café, en estas tierras no hay que desaprovechar las ocasiones de darle el gusto al cuerpo,son demasiado escasos. También aproveché para comprar pan recién hecho en una tahona desbordante de aromas. Me encantan estos lugares y me traen recuerdos infantiles de cuando mi madre me mandaba a por el pan y no podía resistir pellizcarlo.

¡Qué maravilloso capricho que me costó más de una reprimenda! Aquí también piqué y media barra cayó a base de pequeños pellizcos. También compré algo de embutido para los casi veinte kilómetros que me quedaban hasta el Cubo.

La chuleta que llevaba me hablaba de un camino paralelo a la carretera, pero la realidad fue carretera y arcén. En una ocasión me aparté hacia unas vías abandonadas que parecían el camino, pero resultaron estar llenas de matorrales, me hicieron imposible el paso.

El monte bajo abundaba con poco arbolado, y bastantes coches y camiones. Las dos primeras horas intenté inhibirme, pero el viento del paso de los camiones me devolvía una y otra vez a la realidad.

Se pasa cerca de la prisión de Topas y a esas alturas ya iba cocido tanto por los pies como por la cabeza. Necesitaba descansar y comer algo. La ausencia de árboles me lo impedían y estuve un buen rato mirando y requetemirando. De repente encontré un camino de chopos pequeños que daban paso a una finca. Sin pensarlo dos veces me metí por él y a doscientos metro me senté en el camino sobre la esterilla, aprovechando la poca sombra de uno de los chopos.

 

Me saqué las botas y los calcetines y comencé el almuerzo.

Se veía en una finca próxima un tractor arando un terreno. Iba y venía constantemente con una monotonía exasperantes por su rutina.

Pensé en lo poco que se cuida al caminante, no se piensa en él cuando se alteran caminos y veredas. Se le obliga a circular por arcenes sin ninguna consideración.

Por aquí el camino marchaba a pocos cientos de metros paralelo a la carretera, ahora estaba ocupado por las obras de la autopista, desbrozando todo lo que pillaba.

Después del “pequeño almuerzo” de mortadela y aceitunas (Capricho de dioses), me tumbé para reposar un poco más. Se veía un cielo azul plagado de nubes que pasaban a toda velocidad. A la sombra se estaba a gusto y los píes eran felices recibiendo un magnífico frescor.

Estando en estas, oí un claxon poderoso y estremecedor, me hizo saltar del susto, era un coche que intentaba pasar y no le dejaba paso.

- Ahí no puedes parar, tenemos que pasar. -Me reprendió con cierto enfado.

Me puse en pie y saqué del camino los bártulos.

- Perdone, es donde había una sombra y no creo que pasen muchos vehículos por aquí.

El coche pasó hacia la finca y yo volví a colocarme aprovechando de nuevo la sombra, todavía me quedaban minutos de descanso.

Con pereza até las botas y cargué la alforja. Ya no podía quedar mucho. Ahora el arcén calentaba más los pies y el cansancio se empezaba a notar.

Sobre la tres de la tarde llegué a destino, por el nombre me parecía que debía ser grande e importante, la realidad es que se recorre en un suspiro, aunque tenga tres bares y un par de bancos.

En el primero de los bares entré y pedí un doble de cerveza con limón.

- ¿Se puede comer algo?.- Pregunté al camarero.

- No tenemos mucho pero un filete y una ensalada si la podemos servir.

- Eso es lo que quiero. ¿El albergue está lejos?

- No, en la iglesia. Pasa la plaza y la verás junto al río.

- Me han dicho que lo lleva un sacerdote con mucho temperamento.

- No, ya no. Le han mandado a una residencia de curas mayores y se ha hecho cargo la mujer del sacristán, bajo el encargo del nuevo curita de Zamora, que no se mete en nada.

El pobre don José era un poco arisco y protestón, aunque bien se preocupó de habilitar espacio al lado de la iglesia para los pocos peregrinos.

 

Llegó el filete y la ensalada y la conversación se detuvo para degustar aquellos manjares.

El local era destartalado con pocas mesas, para lo grande que era. Estaba pintado en azul añil y la limpieza dejaba algo que desear. La luz era abundante y los parroquianos pocos, pero todos conocidos.

- Seguro que vienes de Sevilla.- Me insinuó uno de los clientes que estaba dando cuenta de un copazo de coñac bien servido.

- No, sólo de Mérida.- Dije después de tragar un trozo de filete más perecido a una alpargata.

- Te parece poco, hay algunos que hasta para comprar el pan cogen el coche. Yo de joven si que lo hubiera hecho. Cuantas veces hacía hasta cuatro viajes hasta la finca. Ahora me duelen las piernas a poco que las mueva.

- Y para que quiere usted andar tanto ahora, si todo lo tiene vendido entre su casa y el bar.- Le interpeló el camarero.

- Ya me gustaría moverme como lo hacía, ahora no sirvo para nada.

- No diga eso, que ya es momento que sus hijos se hagan cargo de usted, estaría bueno, toda la vida criándolos y a la vejez que nos tiren a la basura. Tienen que ayudarnos cuando lo necesitamos.

Se notaba cierta tristeza en sus palabras por la vida pasada y por las pocas fuerzas presentes. Me llenó de ternura sus palabras y me recordaron los casos de abandonos de mayores por egoísmos absurdos. Sólo pensamos en nosotros y nos olvidamos de los que nos cuidaron y entregaron todo por nosotros cuando éramos desvalidos. No hay derecho.

Terminé la comida con un café y un pacharan, premio justo por el esfuerzo realizado.

A las cinco de la tarde salía en busca de la iglesia y el albergue. Atravesé la plaza y un poquito más allá me topé con una pequeña iglesia de piedra con un pequeño soportal, con tres puertas. La principal daba acceso a la Iglesia y las otras dos eran habitaciones para peregrinos. Cuando entré encontré el cuarto a oscuras.

- Buenas tardes peregrino.- Oí a Crispín desde la oscuridad.

- Buenas tardes Crispín. Voy a encender la luz por que sino me voy a escorromoñar, no se ve nada.

Con la luz tenue de una vela de sesenta vatios vi cuatro camas con sábanas de distintos colores, era un cuarto pequeño con una ventana cerrada por contraventana de madera.

- Acóplate en esa cama del rincón. La otra está ocupada por un alemán.

- Vale. ¿Qué tal estás?

- Mucho mejor, dopado pero mucho mejor. Hemos salido a las cinco y media y a la una estábamos aquí.

- Puf, seguís corriendo. La etapa de hoy ha sido muy cansada, demasiada carretera para un pobre cristiano.

- Si, las obras han destrozado el camino.- Respondió José Manuel saliendo del baño.- ¿Qué tal estás?

- Yo bien y a ti te veo nuevo después de la ducha

- No creas, el asfalto me ha fastidiado los pies.

Mientras hablábamos saqué el saco y la ropa limpia con intención de ducharme inmediatamente para quitarme el sudor acumulado.

- No te preocupes en hablar con el alemán, es silencioso y extraño. Pese a intentarlo lo único que he conseguido es que me señale la litera. En cuanto al agua solo hay fría. La señora me ha indicado donde esta el calentador, pero cada vez que lo enchufo saltan los plomos.

- Sitio encantador, pequeño, sucio, con colchones con muelles rotos y sin agua caliente. ¡Me gusta el camino y sus sorpresas!

Sin más, pasé a al servicio de azulejos blancos. Tenía una ducha con una cortina sucia y vieja. El lavabo y la taza debían de ser de cuando mis abuelos eran jóvenes, pero cumplían su función.

Con rapidez me coloqué debajo de la alcachofa y di al agua “caliente”, con intención que se produjera un milagro. ¡Inocente de mi!.

El corazón dio un vuelco, pero conseguí que se recuperara poco a poco de la impresión. Una vez mojado cerré la ducha y me enjaboné concienzudamente. Estando aquí, procedí al segundo golpe de agua que me quitara el jabón. Cosa que conseguí pero no sin antes volver al borde del colapso por segunda vez.

Una vez vestido de nuevo, salí a la habitación para tumbarme y recuperarme de la excitación del agua. Pese a la frialdad los músculos lo agradecieron.

Al rato fuimos a tomar una cerveza con limón al bar de la plaza y a echar la quiniela. En este corto trayecto había terminado de ver el pueblo. Lo más bonito, la zona de recreo al lado del río con una fantástica parrilla y una mesas súper apañadas para un día de comida campestre.

Estando visitando la pradera llegó la encargada del albergue solicitándome la “voluntad” de cuatro euros, que había muchos gastos que cubrir. Le comenté lo del agua fría, y me dijo que no sabía que pasaba pues el calentador era nuevo.

 

- Ya puede ser nuevo toda la vida, pero si no contratan más potencia va a estar sin estrenar siempre.

“Me gustó” el acto voluntario del alojamiento. Será pequeño el albergue pero es capaz de mantener todos los gastos de  la Iglesia.  Vimos el libro de peregrinos y pudimos ver que tres o cuatro caían todos los días. Calculamos que unos cuatrocientos o quinientos euros suponía al mes, más que suficiente para la limpieza y el gasto de luz. Que conste que no me quejo, pero por favor aumentar la potencia de la luz para que los sudorosos caminantes reciban una ducha en condiciones y no un ataque al corazón.

Fuimos a la tienda a comprar yogures y magdalenas para cenar y desayunar mañana, en el recorrido de mañana no había posibilidad de hacerlo por lo menos en tres horas.

Crispín aprovechó para sugerirme que fuera con ellos hasta Zamora.

- Así llegarás antes y podrás visitarla tranquilamente.

Me convenció, así que madrugaría más, para hacer 31 quilómetros a toda velocidad.

Dando cuenta de los yogures en la alameda se presentó el alemán con el que pude charlar un rato en mi horrible inglés.

Venía desde Sevilla pero no hacía más de quince kilómetros diarios, quería experimentar la espiritualidad del camino disfrutando de todos los albergues que encontraba. Mañana sólo haría trece, hasta Villanueva de Campean, que sabía tenía algún tipo de acogimiento. En esos momentos llevaba mes y medio de camino, se había entretenido tres o cuatro días en Sevilla, Cáceres, Mérida y Salamanca. No soy nadie pero me pareció un jeta. Tampoco me afectó mucho por que no me interrumpía ni me impedía hacer mi camino.

Cuando anocheció nos volvimos al albergue. Un grupo de cuatro ciclistas se habían acoplado en la otra habitación y trataban de descubrir como iba el agua caliente, que la señora les había dicho que tenía un nuevísimo calentador.

Nos reímos con ganas por su incredulidad, les toco ducha, pero fría, como a todos.

A las diez estábamos en la cama doblando la oreja. Día duro pero que tuvo momentos de disfrute, como todos en el camino.

  


 

19/01/2008 15:59 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Salamanca No hay comentarios. Comentar.

El Cubo de la Tierra del Vino - Zamora

20080119160124-p6120243.jpg

Día 11 –  El Cubo Tierra del Vino – Zamora.

Dormí profundamente, como me suele pasar en el camino, el cansancio del ejercicio me amodorra y necesito estar en la cama más horas que en mi vida diaria.

Nos levantamos sigilosamente para no despertar a nuestro amigo alemán, que dormía plácidamente. Recogimos los trastos y terminamos de acoplarlos en la mochila en los bancos de afuera.

Eran las cinco de la mañana y estaba tremendamente oscuro, estuve por decir que se marcharan sin mi, no me apetecía caminar sin apenas ver, pero no me atreví a contrariar a mis amigos vascos, que tanto empeño habían puesto.

El paso era rápido y Crispín no paraba de hablar de lo bueno que era madrugar. No me atreví a contestarle por respeto pues pienso que donde mejor se estaba era en un colchón durmiendo, el hombre no fue diseñado para ver y vivir en la noche. José Manuel enfocaba con la linterna buscando las flechas cuando llegábamos a los cruces y se llenaba de alegría cuando las veía. Era como un juego del escondite de la flecha amarilla perdida. Crispin comentaba que las debían pintar reflectantes para que se vieran en la noche. Tampoco le respondí pero pensé que quién las había pintado sólo podía imaginar un caminante diurno, nunca en lechuzas andantes.

 

 

Durante hora y media sólo pude fijarme en que el siguiente paso fuera correcto y no tropezar en ninguna piedra.

Los kilómetros corrían con rapidez, iban acelerados,  demasiado para lo que me gusta hacer. Lo único que me satisfacía era que llegaría temprano y tendría toda la tarde para visitar Zamora. Ciudad de la que tengo grandes recuerdos de visitas anteriores.

Uno de los momentos más gratos fue ver amanecer sobre estas tierras llanas viendo como el sol iba apareciendo poco a poco en el horizonte. La luz fue tornando desde el rojizo, al amarillo deslumbrante.

Llegamos a Villanueva de Campean a las ocho de la mañana y tuvimos que esperar un rato a que abrieran el bar. Me negué a continuar sin meter algo sólido en las tripas, pese a la oposición de José Manuel.

Un café con leche y unas tostadas con aceite me levantó la moral.

El matrimonio que llevaba el bar nos comentó que cada vez había más gente y es raro el día que no tienen a nadie en el albergue. Estaban contentos por que suponían un ingreso extra para su negocio.

Después de esta pequeña parada de veinte minutos se reanudó la marcha por un camino que iba zigzagueando y parece que elude los pueblos. Comentamos la diferencia con el Francés, que las flechas inequívocamente te llevan a los pueblos, pasando por la iglesia y los bares. Aquí en cambio en cuanto ven un pueblo se busca un camino para alejarnos. Este tramo se hizo pesado, son 19 kilómetros con la única referencia de la carretera de Entrala que se atraviesa hacia la mitad.

El ritmo siguió siendo vivo y para mi agobiante, aunque también me di cuenta que mis compañeros disfrutaban poco del entorno y su perspectiva del camino era la de una carrera de fondo donde era constante el objetivo de llegar al final de la etapa. Todo el tiempo anduvimos por caminos agrícolas anchos y bien cuidados.

A la una ya nos encontrábamos junto al río Duero atravesando el puente que da acceso a la ciudad.

Al cruzar el río vimos al peregrino canario con el que había hablado en Salamanca. Estaba sentado junto a su mochila en un banco. Nos dijo que ayer había andado mucho y llegó a Villanueva de Campean, había dormido sólo en el albergue, y que hoy había venido tranquilamente los últimos dieciocho kilómetros.

Nos miramos los vascos y yo con ojos incrédulos, pero no dijimos nada, pero nuestros pensamientos y sentimientos eran iguales.

El camino sube al centro, concretamente a la plaza del Ayuntamiento. Donde preguntamos por el albergue juvenil. Nos dirigieron por una calle estrecha a través del arco de doña Urraca hasta la calle del albergue juvenil.

Este es un edificio moderno donde unos chavales charlaban al sol sentados en las escaleras.

Nos dieron dos habitaciones, a mi me tocó con el exmilitar canario que estaba haciendo el camino por turismo y que en las ciudades paraba dos o tres días para verlas tranquilamente.

Después de la ducha de rigor nos fuimos a comer a un restaurante frente al albergue. El sitio estaba lleno y el menú fue abundante. La conversación de los cuatro torno alrededor de las experiencias y lugares del Camino. Hablamos de sitios conocidos y de momentos único e irrepetibles.

¿Por qué me gustará tanto hablar de estas andanzas?

Me parece que me voy pareciendo al abuelo batallitas. Me recuerda mucho al sentimiento que se levanta cuando dos hombres se juntas y hablan de la “mili”. Todo son momentos divertidos y tiene un toque de aventura entrañable. Sabemos que no se volverá a repetir y de nuestra cabeza desaparecen los instantes, o días, malos y desafortunados. También es un alejamiento de la realidad que nos facilita las ensoñaciones, sabemos que en casa sigue la rutina y que esto es algo maravilloso y temporal.

 

 

El peregrino siente algo parecido y se recrea en su historia. Los repetidores vamos más allá y repetimos para volver a sentir lo de otras veces, y siempre hay algo que recordar que incrementa la historia.

Después de comer fuimos a una merecida siesta de unas dos horas reparadora del madrugón matutino.

Cuando desperté mi compañero seguía durmiendo. Con sigilo salí a dar una vuelta por el casco histórico.

Visité la múltiples iglesias románicas, bellísimas todas ellas. Me sorprendió lo relajada que se encontraba la gente paseando por las calles peatonales.

Me encontré con los vascos y fuimos a visitar la catedral y los jardines que la rodean. Nos pidieron tres euros por entrar y nos negamos a pagarlos. Alegamos que éramos peregrinos y ni puñetero caso, eran tres euros y no se hablaba más.

Nos conformamos con pasear por los jardines y ver las vistas del río desde la muralla.

Ellos se fueron a misa y como a mí no me apetecía seguí paseando por las callejuelas hasta la hora de la cena.

Esta consistió en un tapeo en uno de los bares del centro con un par de vinos de Toro, fuertes y exquisitos.

Cuando llegué a la habitación. El canario no había retornado. Preparé todas mis cosas para mañana no molestar. Yo madrugaría antes que mi compañero que se iba a quedar un día más. Lo que no haría, aunque me lo pidieron, sería acompañar a los vascos. Iría solo, a mi aire, intentando disfrutar del ambiente. Ellos irían hasta Riego del Camino (unos treinta y tres kilómetros) yo no tenía nada seguro, y según me encontrara haría. Con todo metido en la mochila menos la ropa que me pondría mañana, me fui a la cama de sábanas blancas.

Ya en la cama llegó mi compañero que venía con ganas de charla.

- ¿Qué te ha gustado la ciudad?.- le pregunté.

- Si me ha parecido chiquita pero encantadora. Mañana terminaré de visitarla.

- Ve a la catedral. Hoy no la he visto pero recuerdo que valía la pena. Estuve cuando se celebró la exposición de las Edades del Hombre en la ciudad, y me dejó fascinado.

- Así lo haré.

- He preparado todo para no molestar mañana. Supongo que dormirás por lo menos hasta las nueve.

- Sí, lo de madrugar no lo llevo muy bien. Desde que me jubilé me gusta levantarme a las nueve o las diez y luego acostarme tarde, creo que soy nocturno.

- A mi no me cuesta madrugar siempre que haya dormido lo suficiente. De hecho en el camino duermo ocho o nueve horas mientras que en casa apenas llego a seis o siete. Es una cura de sueño.

- Hombre cuenta el ejercicio que hay que recuperarlo con descanso. Aunque como jubilado no hago mucho ejercicio pero en mi carrera militar había mucho esfuerzo físico.

Seguimos charlando hasta las doce. Me contó sus soledades desde que su mujer falleció, que no se jubiló por su gusto, que se encontraba bien compartiendo con la gente, y una infinidad de cosas que en otras situaciones no me hubiera contado un desconocido. Para mi se convirtió de un extraño a una persona con sus defectos y virtudes, que necesitaba oídos para recibir la voz de sus sentimientos. Pese a la mala impresión inicial esta conversación cambió mi criterio.

Debemos escuchar a los demás antes de juzgar. No siempre un acto identifica la realidad de una persona. Debemos entretenernos en intentar averiguar la realidad y en las sociedades urbanitas no siempre hay tiempo para ello.

Había sido un día acompañado, un lapsus en este camino en el que apenas conocí camineros. Hay que disfrutar las cosas según nos vienen.


 

19/01/2008 16:01 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Zamora No hay comentarios. Comentar.

Zamora - Granja de Moreruela

20080119160427-p6130273.jpg

Día 12 – Zamora – Granja de Moreruela

A las seis y media me levanté con sigilo y después de pasar por el baño, salí con la mochila hacia la estepa castellana.

Las calles estaban medio desiertas. En el primer bar que encontré tomé el café de rigor, tenía ganas de caminar.

 

Este etapa la temía por el calor que podría pasar, pero para mi suerte el cielo estaba lleno de nubes que amenazaban lluvia pero que cubrían el cielo.

 

Se coge enseguida caminos agrícolas en muy buen estado que recorren la estepa rectos. No se ven montañas que interrumpan la visión. Todo es llano, monótono y solitario. No hay distracción de los propios pensamientos y las ensoñaciones aparecen para entretener la monotonía de la ruta.

Estaba contento en este día gris. Me libraría del calor fustigador. Corría el viento y la temperatura era ideal.

 

De vez en cuando se cruzaban otros caminos pero nunca se torcían las señales. Siempre de frente.

El campo había cambiado. Antes había fincas de ganado y árboles donde buscar la sombra. Ahora sólo rompía la monotonía los tendidos eléctricos que se perdían en el horizonte.

 

Cuando llevaba dos horas paré a quitarme el polar en medio del camino. Llegué incluso a sentarme en el suelo a reposar diez minutos, para sentir como la bóveda celeste iba de este a oeste y del norte al sur sin interrupciones. Las nubes de diferentes tonos y matices se movían rápidamente ocultando al Sol. Era hermoso el conjunto y la sensación de soledad grande. Los campos de cereal y barbecho se sucedían en terrenos inmensos.

Me encontraba bien mirando el espectáculo animado por la alta velocidad del viento sobre las nubes.

 

Mirar y ver lo que nos rodea afecta a nuestro estado de ánimo si sabemos observar la hermosura y la fuerza.

Me dio pena no ser pintor para poder reflejarlo en toda su plenitud. Muchas veces, casi siempre, las fotografías no son capaces de reflejar lo que mis ojos ven y mi corazón siente ante determinados paisajes. No dudo que la máquina recoge la realidad con total exactitud, pero le falta el sentimiento que el fotógrafo tiene.

 

Pasé por Roales del Pan y posteriormente llegué hasta Montamarta. Todo el tiempo en parajes similares. El cielo fue liberándose de nubes poco a poco, pero el día era fresco.

En Montamarta almorcé un buen pincho de tortilla y un café en un bar enfrente de la gasolinera.

Atravesé el pueblo y el puente sobre el embalse. Aquí tuve la ocasión de tener una subida corta hasta el cementerio y la iglesia de la Virgen del Castillo, que domina el embalse y el pueblo.

 

Despacio caminé por caminos hasta llegar a una zona de chalets junto a la zona más ancha del embalse de agua. Aquí dudé entre seguir por la carretera o continuar hacia el borde del agua por donde marcaban las flechas. Estas eran débiles y no muy bien marcadas.

Decidí la segunda opción, estaba harto de arcenes. Las indicaciones me llevaron hasta el borde del agua y durante un rato fui recorriendo la orilla arenosa y de piedras.

Era agradable caminar con la temperatura que hacía, seguía medio nublado aunque se notaba que terminaría despejado. Pasé junto a las casitas de fines de semana en los que no había gente.

 

En mucho rato no vi flechas ni indicaciones pero deduje que el camino se dirigía hacia las ruinas del castillo que se veía al fondo. Cuando lleve mucho agua hay que subir en un par de ocasiones a la carretera para atravesar las aguas. Yo solo tuve que hacerlo una vez.

  

Eran agradables las vistas con alguna barquita amarrada a la orilla. Nada más pasado el segundo puente me senté en una piedra a airear los pies. Era la una y media y apenas había parado veinte minutos a almorzar. Se me hizo largo este tramo.

Observé los chalet de la orilla y pensé en cuantas ilusiones puestas en su construcción y cuantas risas en verano habría en la orilla del agua. Los niños se bañarían rodeados de gritos, risas y juegos. Ahora sólo el viento se hacía oír. Un poso de tristeza inundó mi corazón ante la soledad de las casas.

 

Me levanté con pereza y ascendí hasta las proximidades del castillo de  Castrotorafe a medio derruir.

Este castillo se encuentra a unos cuatro kilómetros de San Cebrián de Castro, a orillas del río Esla, con una vista única del embalse del río. Este castillo suele identificarse con la mansión romana Vicus Acuarius, núcleo de población asentado en la Calzada romana de la Vía de la Plata. Ya en época medieval, en el año 1129 se le concedió el fuero de Zamora, llegando a ser una de las más importantes villas zamoranas como capital de la Orden de Santiago en el Reino de León, debido a su enclave de gran valor estratégico al poseer un puente sobre el caudaloso río, nexo de unión fundamental en la época entre Castilla y Galicia. De aquellos días sólo ha continuado las ruinas del castillo. Este enclave fue habitado hasta el siglo XVIII. Fue declarado Monumento Nacional el 3 de junio de 1931.

 

Recordé cuantas luchas y vivencias se desarrollarían entre aquellas piedras. Me dio pena que se encontrara en este estado de abandono un Monumento Nacional, que poco invertimos en los hitos de nuestra historia.

Seguí por camino hasta Fontanilla de Castro. Algunos mastines me ladraron al acercarme a un rebaño de ovejas que descansaban tapándose las cabezas para evitar el sol, que había aparecido definitivamente. Pese al mismo, la temperatura era buena y era agradable caminar entre campos de cultivo viendo los cielos azules y el pueblo acercarse. Fontanilla de Castro se atraviesa por calles asfaltadas y con ausencia de gente. El bar no le localicé y continué la marcha viendo la carretera a la derecha.

 

En algo más de media hora llegué a Riego del Camino. Pegado a la carretera encontré un bar con un coche de la guardia civil de tráfico en la puerta.

El local estaba oscuro pero fresco y una televisión daba el fin del telediario.

- Buenas tardes ¿se puede comer algo?

- Si, siéntate donde quieras. - Me respondió una señora detrás de la barra que charlaba amigablemente con los guardias.

Había cuatro mesas en un local destartalado con las paredes pintadas de azul fuerte y blanco.

 

Solté la mochila en un rincón y me senté en una mesa pegada a una pequeña ventana.

- Te puedo hacer una ensalada y un filete.

- Perfecto, y para beber póngame una clara con limón en jarra grande.

Los guardias estaban en la barra tomando café y charlaban con la señora, mientras que un chiquillo de unos 10 años hacía la tarea sentado en una silla en una mesa cercana. Sus ojos se fijaron en mi y con mucho desparpajo me preguntó.

- ¿De donde vienes?- Con curiosidad hasta en sus ojillos brillantes y vivarachos.

- Hoy desde Zamora.

- Eso está muy lejos. Yo fui con mi padre hace dos semanas. Estuve viendo a mis tías que viven allí, pero fuimos en coche.

- Deja al caballero y no molestes.- Gritó la abuela desde detrás de la barra.

- No se preocupe que no molesta.

Ante mi contestación continuó el interrogatorio.

- ¿Cuanto pesa la mochila?

- Pues no lo se exactamente pero deben ser unos siete kilos.

- No parece mucho, ¿qué llevas?

- Pues el saco y ropa para todo el camino.

- ¿Llevarás comida?

- Pues casi nada, como en los bares y compro como máximo para un bocadillo, un poco de pan y chorizo.

- Pues yo llevaría algo más.

Hablaba conmigo y al mismo tiempo jugaba con una pelota. Esta conversación duró hasta que me sirvió la comida la abuela, que le mandó a la trastienda para que terminara con la tarea.

 

Pregunté por mis amigos vascos y me dijo que habían venido a las dos de la tarde y que se habían ido al albergue.

Yo me encontraba bien y apenas eran las cuatro y media cuando terminé con el café y el orujo reglamentario, así que pregunté donde se encontraba el albergue para saludar a los amigos, y después continuar.

Hacía sol pero corría un aire tormentoso. Fui hasta la casa que me indicaron a través de un típico pueblo castellano con casas de adobe y un sol que derrite la sesera. Tuve que preguntar por mi habilidad para perderme, me dirigieron a la casa de la hospitalera y también alcaldesa, que con gran amabilidad me acompañó hasta el albergue. Allí encontré a Crispín en la cama reponiéndose del ejercicio y a José Manuel charlando con un matrimonio belga.

 

El albergue es la antigua escuela, bastante humilde pero suficiente, cama, agua caliente y estaba limpio.

Insistieron en que me quedara, pero les dije que prefería andar un par de horas más, este pueblo era muy tranquilo y podía aprovechar algo más la tarde. Me contaron que habían ido todo el tiempo por la carretera, evitando dar las vueltas del embalse. Ni se aproximaron al Castillo.

Después de sellar y estar un buen rato con ellos volví al camino. Son apenas seis kilómetros y medio por camino de tierra en parajes muy llanos. Me lo tomé como un paseo, mirando la tierra labrada y con las espigas grandes y próximas a ser segadas.

 

Sabía que la estepa se acababa después de Granja de Moreruela. Esas llanuras infinitas terminaban para dar paso a una zona más ondulada. Había tenido mucha suerte, no había hecho calor estos días. Recordé Extremadura y las calorinas que sufrí.

Parecía lejano y sólo habían pasado diez días. ¡Cuánto había visto!. ¡Cuánto había disfrutado!

También tuve tiempo para pensar en la anterior experiencia en Granja durante el Camino de Madrid (Villalpando - Granja de Moreruela).

 

Fue un rato muy agradable donde mi cabeza estuvo llena de ensoñaciones felices y gratos recuerdos, sin ninguna prisa ni preocupación. Cuando camino sin pensar en el esfuerzo y con la cabeza entretenida las distancias se acortan.

Según llegaba me crucé con un rebaño de más de doscientas ovejas con su pastar sujetando un borriquillo de largas melenas que se sorprendió. No había visto ninguno de este tipo.

- ¡Qué borrico más lanudo! ¿Puedo sacarle una foto?- Pregunté al buen pastor.

- ¿A quién a él o a mi?- Me respondió con una cierta guasa.

Como me pasa muchas veces no me había expresado bien.

- Perdón, me refería al animal.

- Por supuesto que si.

Llegué al albergue y lo encontré transformado, mucho más limpio,  con literas y baño nuevo.

Habían abierto un bar en el mismo edificio que se encargaba del albergue y de cobrar cuatro euros. También daban de cenar. Perfecto para peregrinos cansados.

En el albergue se encontraban una pareja de ingleses jóvenes que hacían el camino andando. Estaban acoplados en la sala grande, así que yo me coloqué en la litera cercana al baño para no molestarles.

 

Me contaron que venían de Sevilla y hoy sólo habían hecho camino desde Riego por que estaban lesionados. Estaban cocinando la cena a base pasta en un camping-gas que llevaban a cuestas.

 Cuantos he conocido en circunstancias similares y que pocos he visto caminando. La Plata está llena de peregrinos poco caminantes.

Me duché y realice la colada de rigor, que pude colgar en unas cuerdas al sol en la parte de atrás.

Me acerqué hasta la iglesia cerrada, por supuesto, y me tomé una cerveza en el bar donde antes se recogían las llaves. Tanto la otra vez, como esta me disgustó que la carretera nacional atraviese el pueblo, lo hace peligroso y ruidoso.

Volví al albergue a cenar en el bar. El tiempo había vuelto a cambiar, hacía un fuerte viento y el cielo se llenó de nubes, amenazaba lluvia.

A las diez estaba metido en el saco, reposando de las últimas etapas por la llanura castellana, mañana me esperaba una zona más ondulada.

 



Volver al índice

19/01/2008 16:04 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Zamora No hay comentarios. Comentar.

Granja de Moreruela - Villabrázaro

20080119160636-p6140301.jpg

Día 13  Granja de Moreruela - Villabrázaro

 

Temprano me desperté pero aguanté a las siete para levantarme, se oía la lluvia y toda la noche había estado jarreando, la pereza me tentaba. Mis compañeros ingleses continuaban en la cama aprovechando las comodidades del albergue. No los volví a ver se iban por Orense. Tuve que ponerme la ropa de agua, vamos el poncho y el chubasquero de la mochila.

 

Llovía y hacía viento, un día muy desagradable. Subí la cuesta del pueblo y llegué al desvío del Sanabrés, volví a recordarla otra ocasión, y la añoranza me llenó junto con un cosquilleo en el estómago por conocer sitios nuevos.

Esta vez el camino iba paralelo a la carretera por un buen trazado. Llovía con fuerza por momentos y mi estómago solicitaba algo sólido.

 

El camino se acerca a la carretera y va paralelo a ella. Este me llevó a algunas zonas bastante embarradas y lleva de surcos de tierra blanda. Decidí salir al arcén para evitar el pringue. Hoy no terminaba de amanecer.

 

Al cabo de una hora vi un bar al lado opuesto de la carretera y me lancé hacia él para secarme un poco y llenar la panza.

 

Había diez o doce camioneros dando cuenta del desayuno. Me quité el poncho y la mochila teniendo cuidado de dejarlo en un rincón y colgar la capa sobre el bastón para que no mojara demasiado.

 

Me miraban con extrañeza, como si fuera un bicho raro.

 

- Buenos días, deme un café y una napolitana- Solicité a un camarero de pelo blanco y cara seria.

- ¡Que, mojado! Hoy tienes mal día para caminar.- Me dijo un muchacho de fuertes manos con un vozarrón grave y profundo, tenía aspecto y formas de camionero.

- Hay días para todo y hoy ha tocado esto. Habrá que adaptarse. De todas formas no es de los días peores que he caminado.

- Tienes razón pero donde esté un día despejado y soleado que se quiten los de lluvia y viento. ¿vienes sólo?

- Si, pero supongo que habrás visto a una pareja unos kilómetros atrás.

- Si iban por la carretera antes de Granja. Con los chubasqueros no se les veía demasiado bien.

- Es mala prenda para andar con tantos coches sobre todo si hace viento.

- Se les veía malamente con la lluvia.

- Vosotros también lo pasareis mal en días así. No debe ser fácil controlar a esos gigantes.

- Bueno no puedes comparar con un coche. Sus frenos son más potentes y la posición de conducción facilita la tarea, aunque hay que tener cuidado con la carga. Antes si que era duro.

 

Estuve quince minutos antes de reemprender la marcha.

  Llovía a ratos pero en la lejanía se veía clarear. Seguí el camino paralelo a la carretera hasta un momento que las señales marcaban directamente el arcén. En ese punto de encuentro había un camino que salía de frente. Dudé pero, sin saber porqué crucé la vía y seguí por él, suponiendo que más adelante torcería a la izquierda.

 

Cuando llevaba media hora sin ver señal alguna, estuve convencido de mi pérdida. Apliqué la lógica y me dije que torcería en el primer desvío que encontrase hacia la izquierda.

 

A los cinco minutos vi un camino recto que partía en la dirección deseada y sin dudarlo le continué. Calculé que la carretera iba a mi izquierda. Vi unas casas y supuse que era Santovenia del Esla. Al rato llegué a una granda de pollo y pude preguntar por el camino a Villaveza del Agua.

 

- Sigue recto y a unos tres kilómetros tuerce a la izquierda, no tiene pérdida.

 

Fue hora y media andando por intuición, que sensación más extraña. No estuve perdido pero perdí la seguridad que dan las flechas.

 

Llovía suavemente pero se aguantaba bien. En el pueblo busque la nacional 630 y la seguí hasta un bar donde pude almorzar resguardado de la lluvia un buen bocata de chorizo que me levantó el ánimo.

 

Eran las doce de la mañana cuando salí a la carretera. No llovía pero amenazaba con a hacerlo en cualquier momento. Iba con el poncho que por primera vez en este camino me había puesto. Las botas aguantaban bien la humedad y me sentía un poco triste, como el día. No siempre se encuentra uno eufórico.

 

Llegué a Barcial del Barco y el camino se separa de la carretera por la derecha hacía la vías antiguas del tren. Aquí había dos opciones, caminar por ellas atravesando un par de puentes ferroviarios o dar una vuelta por camino y a tres kilómetros cruzar el Esla por otro puente de hierro. Pregunté y me aconsejaron esta segunda opción, la primera estaba en bastante mal estado y podía ser peligroso.

 

Andar por traviesas mojadas por el agua y el mal estado de los puentes me decidieron.

 

La lluvia paraba de vez en cuando. El paisaje ondulado mostraba un toro de osborne en lo alto, primero en la lejanía y después próximo. Fue el único toro que no me dio miedo.

 

Las nubes corrían deprisa dando un color especial de paz y tranquilidad. Poco a poco el día fue despejándose.

 

El puente de hierro sobre el Esla rodeado de choperas me alegró la mañana. Estructura fuerte y resistente que vio pasar a trenes durante muchos años permanece inmutable a los nuevos avances. Las vigas de hierro entrecruzadas me recordaron a la torre Eifiel y a la industrialización de principios del siglo XX.

 

Belleza construida por el hombre y ahora inservible, que inexorablemente la naturaleza destruirá.

 

La llanura hadado paso a zonas de huertas y chopos cambiando radicalmente el paisaje.

 

Llegué a la una a Villanueva de Azoague donde paré en un bar a tomar la cerveza de rigor. El ambiente era bueno y la familiaridad entre los paisanos notoria. Me encontraba cansado pero intuía próximo Benavente. Hoy si no había problemas llegaría pronto (¡Qué error cometí! Nunca estés plenamente seguro de un destino hasta que te encuentres en él).

Salí viendo como el tiempo volvía a oscurecerse poco a poco. Hasta Benavente fui por un carreterita secundaria rodeada de talleres.

 

En menos de una hora llegué a destino y siguiendo las flechas llegué a un cruce nada claro.

 

Un ramal subía por una calle y otro se dirigía por una calle con acera llaneando. Dudé pero no tuve a nadie a quien preguntar. No me apetecía subir la cuesta hacia el centro de Benavente, así que seguí por la calle llana, supuse que saldría en el destino adecuado. (¡Craso error!)

 

Deseaba comer y continuar por la tarde una vez descansado. Al poco tiempo vi unos jardines y una carretera con doble vía. Aquí ya estuve seguro que me había equivocado pero no me apetecía volver.

 

Aquí comenzó a caer una enorme tromba de agua. El cielo se oscureció y en menos de un minuto me encontraba calado de agua. Tuve que volver para atrás y refugiarme en una gasolinera, aunque ya estaba calado.

 

Pregunte a una muchacha que atendía los surtidores, que muy poco amablemente me respondió que no sabía donde estaba el camino hacia Vilabrázaro. Ella dijo que siempre había ido por la carretera hasta Santa Cristina de Polvorosa desde allí a Manganeses de la Polvorosa y por fin a Villabrázaro.

 

No atiné a preguntarla por la estación de tren ni a preguntarla para ir al centro del pueblo y allí preguntar. También es cierto que me agobió la lluvia y las ansias de llegar, este fue mi error.

 

En quince minutos paro de llover, cosa que aproveché para retroceder y por pura intuición cogí una camino paralelo a la autovía que llevaba a Santa Cristina. La tarde se iba arreglando y el sol salió secándome poco a poco. Ya con un poco de sol y oliendo a tierra mojada llegué hasta el pueblo al filo de las tres. Las calles estaban solitarias y sólo pude preguntar a un chaval que marchaba con bicicleta. Me dirigió a un bar-pub donde entré a comer algo y a preguntar. Era un local oscuro con una terraza cubierta.

 

Pude tomar u