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Resumen

Salamanca - El Cubo de la Tierra del Vino

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Día 10 – Salamanca – El Cubo Tierra del Vino

Me despertó la chicharra del reloj a las seis y media. Agradable sensación la de estar entre sábanas blancas de una cama, en contrapunto del saco. Con cierta pereza me tiré de la cama para empaquetar los trastos tirados por toda la habitación. Despache con rapidez y me lancé a mi tarea caminera.

 

Las calles estaban medio vacías aunque se veían caras serias de mañana de lunes. Me sorprendió la escultura del toro junto a la plaza de toros.

Caminé junto a la carretera atravesando alguna circunvalación. Frente al campo de fútbol paré a desayunar un rico café con sus correspondientes magdalenas. Mientras, su propietario abría las persianas y colocaba las mesas y las sillas.

- ¿Te ha gustado Salamanca?.- Me preguntó.

- Muy hermosa ciudad donde se tiene que vivir muy bien.

- No está mal, tiene de todo y la gente es tranquila. ¿Tu de donde eres?

- Yo vivo en Madrid, esa si que es poco relajada. Aquí parece que se mueve todo al paso, mientras que allí todo va galopando. Es una locura.

- Si, Madrid es muy grande y con demasiado personal. Tenían que prohibir ciudades mayores de un millón de habitantes. La gente tiene que conocerse.

- Creo que si, pero tendría el inconveniente de no poder pasar desapercibido, que es lo que les gusta.

- Bueno, nada es perfecto, pero prefiero esto que es un punto intermedio.

- Yo también, pero la vida lleva a las personas no siempre donde quieren.

Salí del bar reflexionando sobre las palabras del camarero, pero pronto un camino me sacó de la N-630 encaminándome hacia la primera de las poblaciones del día. Las obras de la autovía estaban a la vista, con sus grandes montículos de tierra.

No se como pero me equivoqué, y terminé encima de la planicie de la nueva vía, sin ver ninguna flecha.

No había nadie a quien preguntar, así que decidí continuar por el terreno allanado un rato. Se veía la 630 acercándome a ella, no me apetecía llenarme los pies de barro y arena.

Hubo un momento que se cortó el terreno de las obras, se veía el pueblo deseado rodeado de campos cultivo. El día estaba despejado, sin apenas nubes, era agradable andar excepto por la ausencia de flechas que me guiaran.

Bajé el terraplén y me vi al borde de una finca de avena que tuve que seguir. Se hundían los pies en los surcos y tenía las botas llenas de chinas. Al mismo tiempo debía tener cuidado de mantener el equilibrio. Poco gratificante tramo.

- ¡Qué facilidad tengo de entrar en líos!

Quizás fue la mala señalización. Lo importante es seguir superando obstáculos que me lleven a destino.

Con esfuerzo llegué al borde de la nacional y tuve que realizar una parada liberadora de chinas y espigas. Los pies y los calcetines lo agradecieron.

Todavía no hacía calor, se llevaba bien el caminar por caminos hasta Castellanos de Villiquera y después a Calzada de Valdeunciel. No podía observar el más mínimo montículo. El horizonte era una línea recta con los campos de cereal acompañándome a derecha e izquierda. Podía ver kilómetros sin árboles. Profunda monotonía que no tenía nada que ver con los días anteriores. Estos campos duros de caminar por el aburrimiento me obligaban a recurrir a mis recuerdos y pensamientos para que las distancias se acortaran. Aún así tuve suerte por no pillarlos en las horas centrales de un día de verano, donde ni los pájaros se atreven a moverse.

Cuando llegué a Calzada de Valdeunciel encontré un bar abierto donde poder sentarme un rato tomando un café, en estas tierras no hay que desaprovechar las ocasiones de darle el gusto al cuerpo,son demasiado escasos. También aproveché para comprar pan recién hecho en una tahona desbordante de aromas. Me encantan estos lugares y me traen recuerdos infantiles de cuando mi madre me mandaba a por el pan y no podía resistir pellizcarlo.

¡Qué maravilloso capricho que me costó más de una reprimenda! Aquí también piqué y media barra cayó a base de pequeños pellizcos. También compré algo de embutido para los casi veinte kilómetros que me quedaban hasta el Cubo.

La chuleta que llevaba me hablaba de un camino paralelo a la carretera, pero la realidad fue carretera y arcén. En una ocasión me aparté hacia unas vías abandonadas que parecían el camino, pero resultaron estar llenas de matorrales, me hicieron imposible el paso.

El monte bajo abundaba con poco arbolado, y bastantes coches y camiones. Las dos primeras horas intenté inhibirme, pero el viento del paso de los camiones me devolvía una y otra vez a la realidad.

Se pasa cerca de la prisión de Topas y a esas alturas ya iba cocido tanto por los pies como por la cabeza. Necesitaba descansar y comer algo. La ausencia de árboles me lo impedían y estuve un buen rato mirando y requetemirando. De repente encontré un camino de chopos pequeños que daban paso a una finca. Sin pensarlo dos veces me metí por él y a doscientos metro me senté en el camino sobre la esterilla, aprovechando la poca sombra de uno de los chopos.

 

Me saqué las botas y los calcetines y comencé el almuerzo.

Se veía en una finca próxima un tractor arando un terreno. Iba y venía constantemente con una monotonía exasperantes por su rutina.

Pensé en lo poco que se cuida al caminante, no se piensa en él cuando se alteran caminos y veredas. Se le obliga a circular por arcenes sin ninguna consideración.

Por aquí el camino marchaba a pocos cientos de metros paralelo a la carretera, ahora estaba ocupado por las obras de la autopista, desbrozando todo lo que pillaba.

Después del “pequeño almuerzo” de mortadela y aceitunas (Capricho de dioses), me tumbé para reposar un poco más. Se veía un cielo azul plagado de nubes que pasaban a toda velocidad. A la sombra se estaba a gusto y los píes eran felices recibiendo un magnífico frescor.

Estando en estas, oí un claxon poderoso y estremecedor, me hizo saltar del susto, era un coche que intentaba pasar y no le dejaba paso.

- Ahí no puedes parar, tenemos que pasar. -Me reprendió con cierto enfado.

Me puse en pie y saqué del camino los bártulos.

- Perdone, es donde había una sombra y no creo que pasen muchos vehículos por aquí.

El coche pasó hacia la finca y yo volví a colocarme aprovechando de nuevo la sombra, todavía me quedaban minutos de descanso.

Con pereza até las botas y cargué la alforja. Ya no podía quedar mucho. Ahora el arcén calentaba más los pies y el cansancio se empezaba a notar.

Sobre la tres de la tarde llegué a destino, por el nombre me parecía que debía ser grande e importante, la realidad es que se recorre en un suspiro, aunque tenga tres bares y un par de bancos.

En el primero de los bares entré y pedí un doble de cerveza con limón.

- ¿Se puede comer algo?.- Pregunté al camarero.

- No tenemos mucho pero un filete y una ensalada si la podemos servir.

- Eso es lo que quiero. ¿El albergue está lejos?

- No, en la iglesia. Pasa la plaza y la verás junto al río.

- Me han dicho que lo lleva un sacerdote con mucho temperamento.

- No, ya no. Le han mandado a una residencia de curas mayores y se ha hecho cargo la mujer del sacristán, bajo el encargo del nuevo curita de Zamora, que no se mete en nada.

El pobre don José era un poco arisco y protestón, aunque bien se preocupó de habilitar espacio al lado de la iglesia para los pocos peregrinos.

 

Llegó el filete y la ensalada y la conversación se detuvo para degustar aquellos manjares.

El local era destartalado con pocas mesas, para lo grande que era. Estaba pintado en azul añil y la limpieza dejaba algo que desear. La luz era abundante y los parroquianos pocos, pero todos conocidos.

- Seguro que vienes de Sevilla.- Me insinuó uno de los clientes que estaba dando cuenta de un copazo de coñac bien servido.

- No, sólo de Mérida.- Dije después de tragar un trozo de filete más perecido a una alpargata.

- Te parece poco, hay algunos que hasta para comprar el pan cogen el coche. Yo de joven si que lo hubiera hecho. Cuantas veces hacía hasta cuatro viajes hasta la finca. Ahora me duelen las piernas a poco que las mueva.

- Y para que quiere usted andar tanto ahora, si todo lo tiene vendido entre su casa y el bar.- Le interpeló el camarero.

- Ya me gustaría moverme como lo hacía, ahora no sirvo para nada.

- No diga eso, que ya es momento que sus hijos se hagan cargo de usted, estaría bueno, toda la vida criándolos y a la vejez que nos tiren a la basura. Tienen que ayudarnos cuando lo necesitamos.

Se notaba cierta tristeza en sus palabras por la vida pasada y por las pocas fuerzas presentes. Me llenó de ternura sus palabras y me recordaron los casos de abandonos de mayores por egoísmos absurdos. Sólo pensamos en nosotros y nos olvidamos de los que nos cuidaron y entregaron todo por nosotros cuando éramos desvalidos. No hay derecho.

Terminé la comida con un café y un pacharan, premio justo por el esfuerzo realizado.

A las cinco de la tarde salía en busca de la iglesia y el albergue. Atravesé la plaza y un poquito más allá me topé con una pequeña iglesia de piedra con un pequeño soportal, con tres puertas. La principal daba acceso a la Iglesia y las otras dos eran habitaciones para peregrinos. Cuando entré encontré el cuarto a oscuras.

- Buenas tardes peregrino.- Oí a Crispín desde la oscuridad.

- Buenas tardes Crispín. Voy a encender la luz por que sino me voy a escorromoñar, no se ve nada.

Con la luz tenue de una vela de sesenta vatios vi cuatro camas con sábanas de distintos colores, era un cuarto pequeño con una ventana cerrada por contraventana de madera.

- Acóplate en esa cama del rincón. La otra está ocupada por un alemán.

- Vale. ¿Qué tal estás?

- Mucho mejor, dopado pero mucho mejor. Hemos salido a las cinco y media y a la una estábamos aquí.

- Puf, seguís corriendo. La etapa de hoy ha sido muy cansada, demasiada carretera para un pobre cristiano.

- Si, las obras han destrozado el camino.- Respondió José Manuel saliendo del baño.- ¿Qué tal estás?

- Yo bien y a ti te veo nuevo después de la ducha

- No creas, el asfalto me ha fastidiado los pies.

Mientras hablábamos saqué el saco y la ropa limpia con intención de ducharme inmediatamente para quitarme el sudor acumulado.

- No te preocupes en hablar con el alemán, es silencioso y extraño. Pese a intentarlo lo único que he conseguido es que me señale la litera. En cuanto al agua solo hay fría. La señora me ha indicado donde esta el calentador, pero cada vez que lo enchufo saltan los plomos.

- Sitio encantador, pequeño, sucio, con colchones con muelles rotos y sin agua caliente. ¡Me gusta el camino y sus sorpresas!

Sin más, pasé a al servicio de azulejos blancos. Tenía una ducha con una cortina sucia y vieja. El lavabo y la taza debían de ser de cuando mis abuelos eran jóvenes, pero cumplían su función.

Con rapidez me coloqué debajo de la alcachofa y di al agua “caliente”, con intención que se produjera un milagro. ¡Inocente de mi!.

El corazón dio un vuelco, pero conseguí que se recuperara poco a poco de la impresión. Una vez mojado cerré la ducha y me enjaboné concienzudamente. Estando aquí, procedí al segundo golpe de agua que me quitara el jabón. Cosa que conseguí pero no sin antes volver al borde del colapso por segunda vez.

Una vez vestido de nuevo, salí a la habitación para tumbarme y recuperarme de la excitación del agua. Pese a la frialdad los músculos lo agradecieron.

Al rato fuimos a tomar una cerveza con limón al bar de la plaza y a echar la quiniela. En este corto trayecto había terminado de ver el pueblo. Lo más bonito, la zona de recreo al lado del río con una fantástica parrilla y una mesas súper apañadas para un día de comida campestre.

Estando visitando la pradera llegó la encargada del albergue solicitándome la “voluntad” de cuatro euros, que había muchos gastos que cubrir. Le comenté lo del agua fría, y me dijo que no sabía que pasaba pues el calentador era nuevo.

 

- Ya puede ser nuevo toda la vida, pero si no contratan más potencia va a estar sin estrenar siempre.

“Me gustó” el acto voluntario del alojamiento. Será pequeño el albergue pero es capaz de mantener todos los gastos de  la Iglesia.  Vimos el libro de peregrinos y pudimos ver que tres o cuatro caían todos los días. Calculamos que unos cuatrocientos o quinientos euros suponía al mes, más que suficiente para la limpieza y el gasto de luz. Que conste que no me quejo, pero por favor aumentar la potencia de la luz para que los sudorosos caminantes reciban una ducha en condiciones y no un ataque al corazón.

Fuimos a la tienda a comprar yogures y magdalenas para cenar y desayunar mañana, en el recorrido de mañana no había posibilidad de hacerlo por lo menos en tres horas.

Crispín aprovechó para sugerirme que fuera con ellos hasta Zamora.

- Así llegarás antes y podrás visitarla tranquilamente.

Me convenció, así que madrugaría más, para hacer 31 quilómetros a toda velocidad.

Dando cuenta de los yogures en la alameda se presentó el alemán con el que pude charlar un rato en mi horrible inglés.

Venía desde Sevilla pero no hacía más de quince kilómetros diarios, quería experimentar la espiritualidad del camino disfrutando de todos los albergues que encontraba. Mañana sólo haría trece, hasta Villanueva de Campean, que sabía tenía algún tipo de acogimiento. En esos momentos llevaba mes y medio de camino, se había entretenido tres o cuatro días en Sevilla, Cáceres, Mérida y Salamanca. No soy nadie pero me pareció un jeta. Tampoco me afectó mucho por que no me interrumpía ni me impedía hacer mi camino.

Cuando anocheció nos volvimos al albergue. Un grupo de cuatro ciclistas se habían acoplado en la otra habitación y trataban de descubrir como iba el agua caliente, que la señora les había dicho que tenía un nuevísimo calentador.

Nos reímos con ganas por su incredulidad, les toco ducha, pero fría, como a todos.

A las diez estábamos en la cama doblando la oreja. Día duro pero que tuvo momentos de disfrute, como todos en el camino.

  


 

19/01/2008 15:59 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Salamanca No hay comentarios. Comentar.

El Cubo de la Tierra del Vino - Zamora

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Día 11 –  El Cubo Tierra del Vino – Zamora.

Dormí profundamente, como me suele pasar en el camino, el cansancio del ejercicio me amodorra y necesito estar en la cama más horas que en mi vida diaria.

Nos levantamos sigilosamente para no despertar a nuestro amigo alemán, que dormía plácidamente. Recogimos los trastos y terminamos de acoplarlos en la mochila en los bancos de afuera.

Eran las cinco de la mañana y estaba tremendamente oscuro, estuve por decir que se marcharan sin mi, no me apetecía caminar sin apenas ver, pero no me atreví a contrariar a mis amigos vascos, que tanto empeño habían puesto.

El paso era rápido y Crispín no paraba de hablar de lo bueno que era madrugar. No me atreví a contestarle por respeto pues pienso que donde mejor se estaba era en un colchón durmiendo, el hombre no fue diseñado para ver y vivir en la noche. José Manuel enfocaba con la linterna buscando las flechas cuando llegábamos a los cruces y se llenaba de alegría cuando las veía. Era como un juego del escondite de la flecha amarilla perdida. Crispin comentaba que las debían pintar reflectantes para que se vieran en la noche. Tampoco le respondí pero pensé que quién las había pintado sólo podía imaginar un caminante diurno, nunca en lechuzas andantes.

 

 

Durante hora y media sólo pude fijarme en que el siguiente paso fuera correcto y no tropezar en ninguna piedra.

Los kilómetros corrían con rapidez, iban acelerados,  demasiado para lo que me gusta hacer. Lo único que me satisfacía era que llegaría temprano y tendría toda la tarde para visitar Zamora. Ciudad de la que tengo grandes recuerdos de visitas anteriores.

Uno de los momentos más gratos fue ver amanecer sobre estas tierras llanas viendo como el sol iba apareciendo poco a poco en el horizonte. La luz fue tornando desde el rojizo, al amarillo deslumbrante.

Llegamos a Villanueva de Campean a las ocho de la mañana y tuvimos que esperar un rato a que abrieran el bar. Me negué a continuar sin meter algo sólido en las tripas, pese a la oposición de José Manuel.

Un café con leche y unas tostadas con aceite me levantó la moral.

El matrimonio que llevaba el bar nos comentó que cada vez había más gente y es raro el día que no tienen a nadie en el albergue. Estaban contentos por que suponían un ingreso extra para su negocio.

Después de esta pequeña parada de veinte minutos se reanudó la marcha por un camino que iba zigzagueando y parece que elude los pueblos. Comentamos la diferencia con el Francés, que las flechas inequívocamente te llevan a los pueblos, pasando por la iglesia y los bares. Aquí en cambio en cuanto ven un pueblo se busca un camino para alejarnos. Este tramo se hizo pesado, son 19 kilómetros con la única referencia de la carretera de Entrala que se atraviesa hacia la mitad.

El ritmo siguió siendo vivo y para mi agobiante, aunque también me di cuenta que mis compañeros disfrutaban poco del entorno y su perspectiva del camino era la de una carrera de fondo donde era constante el objetivo de llegar al final de la etapa. Todo el tiempo anduvimos por caminos agrícolas anchos y bien cuidados.

A la una ya nos encontrábamos junto al río Duero atravesando el puente que da acceso a la ciudad.

Al cruzar el río vimos al peregrino canario con el que había hablado en Salamanca. Estaba sentado junto a su mochila en un banco. Nos dijo que ayer había andado mucho y llegó a Villanueva de Campean, había dormido sólo en el albergue, y que hoy había venido tranquilamente los últimos dieciocho kilómetros.

Nos miramos los vascos y yo con ojos incrédulos, pero no dijimos nada, pero nuestros pensamientos y sentimientos eran iguales.

El camino sube al centro, concretamente a la plaza del Ayuntamiento. Donde preguntamos por el albergue juvenil. Nos dirigieron por una calle estrecha a través del arco de doña Urraca hasta la calle del albergue juvenil.

Este es un edificio moderno donde unos chavales charlaban al sol sentados en las escaleras.

Nos dieron dos habitaciones, a mi me tocó con el exmilitar canario que estaba haciendo el camino por turismo y que en las ciudades paraba dos o tres días para verlas tranquilamente.

Después de la ducha de rigor nos fuimos a comer a un restaurante frente al albergue. El sitio estaba lleno y el menú fue abundante. La conversación de los cuatro torno alrededor de las experiencias y lugares del Camino. Hablamos de sitios conocidos y de momentos único e irrepetibles.

¿Por qué me gustará tanto hablar de estas andanzas?

Me parece que me voy pareciendo al abuelo batallitas. Me recuerda mucho al sentimiento que se levanta cuando dos hombres se juntas y hablan de la “mili”. Todo son momentos divertidos y tiene un toque de aventura entrañable. Sabemos que no se volverá a repetir y de nuestra cabeza desaparecen los instantes, o días, malos y desafortunados. También es un alejamiento de la realidad que nos facilita las ensoñaciones, sabemos que en casa sigue la rutina y que esto es algo maravilloso y temporal.

 

 

El peregrino siente algo parecido y se recrea en su historia. Los repetidores vamos más allá y repetimos para volver a sentir lo de otras veces, y siempre hay algo que recordar que incrementa la historia.

Después de comer fuimos a una merecida siesta de unas dos horas reparadora del madrugón matutino.

Cuando desperté mi compañero seguía durmiendo. Con sigilo salí a dar una vuelta por el casco histórico.

Visité la múltiples iglesias románicas, bellísimas todas ellas. Me sorprendió lo relajada que se encontraba la gente paseando por las calles peatonales.

Me encontré con los vascos y fuimos a visitar la catedral y los jardines que la rodean. Nos pidieron tres euros por entrar y nos negamos a pagarlos. Alegamos que éramos peregrinos y ni puñetero caso, eran tres euros y no se hablaba más.

Nos conformamos con pasear por los jardines y ver las vistas del río desde la muralla.

Ellos se fueron a misa y como a mí no me apetecía seguí paseando por las callejuelas hasta la hora de la cena.

Esta consistió en un tapeo en uno de los bares del centro con un par de vinos de Toro, fuertes y exquisitos.

Cuando llegué a la habitación. El canario no había retornado. Preparé todas mis cosas para mañana no molestar. Yo madrugaría antes que mi compañero que se iba a quedar un día más. Lo que no haría, aunque me lo pidieron, sería acompañar a los vascos. Iría solo, a mi aire, intentando disfrutar del ambiente. Ellos irían hasta Riego del Camino (unos treinta y tres kilómetros) yo no tenía nada seguro, y según me encontrara haría. Con todo metido en la mochila menos la ropa que me pondría mañana, me fui a la cama de sábanas blancas.

Ya en la cama llegó mi compañero que venía con ganas de charla.

- ¿Qué te ha gustado la ciudad?.- le pregunté.

- Si me ha parecido chiquita pero encantadora. Mañana terminaré de visitarla.

- Ve a la catedral. Hoy no la he visto pero recuerdo que valía la pena. Estuve cuando se celebró la exposición de las Edades del Hombre en la ciudad, y me dejó fascinado.

- Así lo haré.

- He preparado todo para no molestar mañana. Supongo que dormirás por lo menos hasta las nueve.

- Sí, lo de madrugar no lo llevo muy bien. Desde que me jubilé me gusta levantarme a las nueve o las diez y luego acostarme tarde, creo que soy nocturno.

- A mi no me cuesta madrugar siempre que haya dormido lo suficiente. De hecho en el camino duermo ocho o nueve horas mientras que en casa apenas llego a seis o siete. Es una cura de sueño.

- Hombre cuenta el ejercicio que hay que recuperarlo con descanso. Aunque como jubilado no hago mucho ejercicio pero en mi carrera militar había mucho esfuerzo físico.

Seguimos charlando hasta las doce. Me contó sus soledades desde que su mujer falleció, que no se jubiló por su gusto, que se encontraba bien compartiendo con la gente, y una infinidad de cosas que en otras situaciones no me hubiera contado un desconocido. Para mi se convirtió de un extraño a una persona con sus defectos y virtudes, que necesitaba oídos para recibir la voz de sus sentimientos. Pese a la mala impresión inicial esta conversación cambió mi criterio.

Debemos escuchar a los demás antes de juzgar. No siempre un acto identifica la realidad de una persona. Debemos entretenernos en intentar averiguar la realidad y en las sociedades urbanitas no siempre hay tiempo para ello.

Había sido un día acompañado, un lapsus en este camino en el que apenas conocí camineros. Hay que disfrutar las cosas según nos vienen.


 

19/01/2008 16:01 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Zamora No hay comentarios. Comentar.

Zamora - Granja de Moreruela

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Día 12 – Zamora – Granja de Moreruela

A las seis y media me levanté con sigilo y después de pasar por el baño, salí con la mochila hacia la estepa castellana.

Las calles estaban medio desiertas. En el primer bar que encontré tomé el café de rigor, tenía ganas de caminar.

 

Este etapa la temía por el calor que podría pasar, pero para mi suerte el cielo estaba lleno de nubes que amenazaban lluvia pero que cubrían el cielo.

 

Se coge enseguida caminos agrícolas en muy buen estado que recorren la estepa rectos. No se ven montañas que interrumpan la visión. Todo es llano, monótono y solitario. No hay distracción de los propios pensamientos y las ensoñaciones aparecen para entretener la monotonía de la ruta.

Estaba contento en este día gris. Me libraría del calor fustigador. Corría el viento y la temperatura era ideal.

 

De vez en cuando se cruzaban otros caminos pero nunca se torcían las señales. Siempre de frente.

El campo había cambiado. Antes había fincas de ganado y árboles donde buscar la sombra. Ahora sólo rompía la monotonía los tendidos eléctricos que se perdían en el horizonte.

 

Cuando llevaba dos horas paré a quitarme el polar en medio del camino. Llegué incluso a sentarme en el suelo a reposar diez minutos, para sentir como la bóveda celeste iba de este a oeste y del norte al sur sin interrupciones. Las nubes de diferentes tonos y matices se movían rápidamente ocultando al Sol. Era hermoso el conjunto y la sensación de soledad grande. Los campos de cereal y barbecho se sucedían en terrenos inmensos.

Me encontraba bien mirando el espectáculo animado por la alta velocidad del viento sobre las nubes.

 

Mirar y ver lo que nos rodea afecta a nuestro estado de ánimo si sabemos observar la hermosura y la fuerza.

Me dio pena no ser pintor para poder reflejarlo en toda su plenitud. Muchas veces, casi siempre, las fotografías no son capaces de reflejar lo que mis ojos ven y mi corazón siente ante determinados paisajes. No dudo que la máquina recoge la realidad con total exactitud, pero le falta el sentimiento que el fotógrafo tiene.

 

Pasé por Roales del Pan y posteriormente llegué hasta Montamarta. Todo el tiempo en parajes similares. El cielo fue liberándose de nubes poco a poco, pero el día era fresco.

En Montamarta almorcé un buen pincho de tortilla y un café en un bar enfrente de la gasolinera.

Atravesé el pueblo y el puente sobre el embalse. Aquí tuve la ocasión de tener una subida corta hasta el cementerio y la iglesia de la Virgen del Castillo, que domina el embalse y el pueblo.

 

Despacio caminé por caminos hasta llegar a una zona de chalets junto a la zona más ancha del embalse de agua. Aquí dudé entre seguir por la carretera o continuar hacia el borde del agua por donde marcaban las flechas. Estas eran débiles y no muy bien marcadas.

Decidí la segunda opción, estaba harto de arcenes. Las indicaciones me llevaron hasta el borde del agua y durante un rato fui recorriendo la orilla arenosa y de piedras.

Era agradable caminar con la temperatura que hacía, seguía medio nublado aunque se notaba que terminaría despejado. Pasé junto a las casitas de fines de semana en los que no había gente.

 

En mucho rato no vi flechas ni indicaciones pero deduje que el camino se dirigía hacia las ruinas del castillo que se veía al fondo. Cuando lleve mucho agua hay que subir en un par de ocasiones a la carretera para atravesar las aguas. Yo solo tuve que hacerlo una vez.

  

Eran agradables las vistas con alguna barquita amarrada a la orilla. Nada más pasado el segundo puente me senté en una piedra a airear los pies. Era la una y media y apenas había parado veinte minutos a almorzar. Se me hizo largo este tramo.

Observé los chalet de la orilla y pensé en cuantas ilusiones puestas en su construcción y cuantas risas en verano habría en la orilla del agua. Los niños se bañarían rodeados de gritos, risas y juegos. Ahora sólo el viento se hacía oír. Un poso de tristeza inundó mi corazón ante la soledad de las casas.

 

Me levanté con pereza y ascendí hasta las proximidades del castillo de  Castrotorafe a medio derruir.

Este castillo se encuentra a unos cuatro kilómetros de San Cebrián de Castro, a orillas del río Esla, con una vista única del embalse del río. Este castillo suele identificarse con la mansión romana Vicus Acuarius, núcleo de población asentado en la Calzada romana de la Vía de la Plata. Ya en época medieval, en el año 1129 se le concedió el fuero de Zamora, llegando a ser una de las más importantes villas zamoranas como capital de la Orden de Santiago en el Reino de León, debido a su enclave de gran valor estratégico al poseer un puente sobre el caudaloso río, nexo de unión fundamental en la época entre Castilla y Galicia. De aquellos días sólo ha continuado las ruinas del castillo. Este enclave fue habitado hasta el siglo XVIII. Fue declarado Monumento Nacional el 3 de junio de 1931.

 

Recordé cuantas luchas y vivencias se desarrollarían entre aquellas piedras. Me dio pena que se encontrara en este estado de abandono un Monumento Nacional, que poco invertimos en los hitos de nuestra historia.

Seguí por camino hasta Fontanilla de Castro. Algunos mastines me ladraron al acercarme a un rebaño de ovejas que descansaban tapándose las cabezas para evitar el sol, que había aparecido definitivamente. Pese al mismo, la temperatura era buena y era agradable caminar entre campos de cultivo viendo los cielos azules y el pueblo acercarse. Fontanilla de Castro se atraviesa por calles asfaltadas y con ausencia de gente. El bar no le localicé y continué la marcha viendo la carretera a la derecha.

 

En algo más de media hora llegué a Riego del Camino. Pegado a la carretera encontré un bar con un coche de la guardia civil de tráfico en la puerta.

El local estaba oscuro pero fresco y una televisión daba el fin del telediario.

- Buenas tardes ¿se puede comer algo?

- Si, siéntate donde quieras. - Me respondió una señora detrás de la barra que charlaba amigablemente con los guardias.

Había cuatro mesas en un local destartalado con las paredes pintadas de azul fuerte y blanco.

 

Solté la mochila en un rincón y me senté en una mesa pegada a una pequeña ventana.

- Te puedo hacer una ensalada y un filete.

- Perfecto, y para beber póngame una clara con limón en jarra grande.

Los guardias estaban en la barra tomando café y charlaban con la señora, mientras que un chiquillo de unos 10 años hacía la tarea sentado en una silla en una mesa cercana. Sus ojos se fijaron en mi y con mucho desparpajo me preguntó.

- ¿De donde vienes?- Con curiosidad hasta en sus ojillos brillantes y vivarachos.

- Hoy desde Zamora.

- Eso está muy lejos. Yo fui con mi padre hace dos semanas. Estuve viendo a mis tías que viven allí, pero fuimos en coche.

- Deja al caballero y no molestes.- Gritó la abuela desde detrás de la barra.

- No se preocupe que no molesta.

Ante mi contestación continuó el interrogatorio.

- ¿Cuanto pesa la mochila?

- Pues no lo se exactamente pero deben ser unos siete kilos.

- No parece mucho, ¿qué llevas?

- Pues el saco y ropa para todo el camino.

- ¿Llevarás comida?

- Pues casi nada, como en los bares y compro como máximo para un bocadillo, un poco de pan y chorizo.

- Pues yo llevaría algo más.

Hablaba conmigo y al mismo tiempo jugaba con una pelota. Esta conversación duró hasta que me sirvió la comida la abuela, que le mandó a la trastienda para que terminara con la tarea.

 

Pregunté por mis amigos vascos y me dijo que habían venido a las dos de la tarde y que se habían ido al albergue.

Yo me encontraba bien y apenas eran las cuatro y media cuando terminé con el café y el orujo reglamentario, así que pregunté donde se encontraba el albergue para saludar a los amigos, y después continuar.

Hacía sol pero corría un aire tormentoso. Fui hasta la casa que me indicaron a través de un típico pueblo castellano con casas de adobe y un sol que derrite la sesera. Tuve que preguntar por mi habilidad para perderme, me dirigieron a la casa de la hospitalera y también alcaldesa, que con gran amabilidad me acompañó hasta el albergue. Allí encontré a Crispín en la cama reponiéndose del ejercicio y a José Manuel charlando con un matrimonio belga.

 

El albergue es la antigua escuela, bastante humilde pero suficiente, cama, agua caliente y estaba limpio.

Insistieron en que me quedara, pero les dije que prefería andar un par de horas más, este pueblo era muy tranquilo y podía aprovechar algo más la tarde. Me contaron que habían ido todo el tiempo por la carretera, evitando dar las vueltas del embalse. Ni se aproximaron al Castillo.

Después de sellar y estar un buen rato con ellos volví al camino. Son apenas seis kilómetros y medio por camino de tierra en parajes muy llanos. Me lo tomé como un paseo, mirando la tierra labrada y con las espigas grandes y próximas a ser segadas.

 

Sabía que la estepa se acababa después de Granja de Moreruela. Esas llanuras infinitas terminaban para dar paso a una zona más ondulada. Había tenido mucha suerte, no había hecho calor estos días. Recordé Extremadura y las calorinas que sufrí.

Parecía lejano y sólo habían pasado diez días. ¡Cuánto había visto!. ¡Cuánto había disfrutado!

También tuve tiempo para pensar en la anterior experiencia en Granja durante el Camino de Madrid (Villalpando - Granja de Moreruela).

 

Fue un rato muy agradable donde mi cabeza estuvo llena de ensoñaciones felices y gratos recuerdos, sin ninguna prisa ni preocupación. Cuando camino sin pensar en el esfuerzo y con la cabeza entretenida las distancias se acortan.

Según llegaba me crucé con un rebaño de más de doscientas ovejas con su pastar sujetando un borriquillo de largas melenas que se sorprendió. No había visto ninguno de este tipo.

- ¡Qué borrico más lanudo! ¿Puedo sacarle una foto?- Pregunté al buen pastor.

- ¿A quién a él o a mi?- Me respondió con una cierta guasa.

Como me pasa muchas veces no me había expresado bien.

- Perdón, me refería al animal.

- Por supuesto que si.

Llegué al albergue y lo encontré transformado, mucho más limpio,  con literas y baño nuevo.

Habían abierto un bar en el mismo edificio que se encargaba del albergue y de cobrar cuatro euros. También daban de cenar. Perfecto para peregrinos cansados.

En el albergue se encontraban una pareja de ingleses jóvenes que hacían el camino andando. Estaban acoplados en la sala grande, así que yo me coloqué en la litera cercana al baño para no molestarles.

 

Me contaron que venían de Sevilla y hoy sólo habían hecho camino desde Riego por que estaban lesionados. Estaban cocinando la cena a base pasta en un camping-gas que llevaban a cuestas.

 Cuantos he conocido en circunstancias similares y que pocos he visto caminando. La Plata está llena de peregrinos poco caminantes.

Me duché y realice la colada de rigor, que pude colgar en unas cuerdas al sol en la parte de atrás.

Me acerqué hasta la iglesia cerrada, por supuesto, y me tomé una cerveza en el bar donde antes se recogían las llaves. Tanto la otra vez, como esta me disgustó que la carretera nacional atraviese el pueblo, lo hace peligroso y ruidoso.

Volví al albergue a cenar en el bar. El tiempo había vuelto a cambiar, hacía un fuerte viento y el cielo se llenó de nubes, amenazaba lluvia.

A las diez estaba metido en el saco, reposando de las últimas etapas por la llanura castellana, mañana me esperaba una zona más ondulada.

 



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19/01/2008 16:04 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Zamora No hay comentarios. Comentar.

Granja de Moreruela - Villabrázaro

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Día 13  Granja de Moreruela - Villabrázaro

 

Temprano me desperté pero aguanté a las siete para levantarme, se oía la lluvia y toda la noche había estado jarreando, la pereza me tentaba. Mis compañeros ingleses continuaban en la cama aprovechando las comodidades del albergue. No los volví a ver se iban por Orense. Tuve que ponerme la ropa de agua, vamos el poncho y el chubasquero de la mochila.

 

Llovía y hacía viento, un día muy desagradable. Subí la cuesta del pueblo y llegué al desvío del Sanabrés, volví a recordarla otra ocasión, y la añoranza me llenó junto con un cosquilleo en el estómago por conocer sitios nuevos.

Esta vez el camino iba paralelo a la carretera por un buen trazado. Llovía con fuerza por momentos y mi estómago solicitaba algo sólido.

 

El camino se acerca a la carretera y va paralelo a ella. Este me llevó a algunas zonas bastante embarradas y lleva de surcos de tierra blanda. Decidí salir al arcén para evitar el pringue. Hoy no terminaba de amanecer.

 

Al cabo de una hora vi un bar al lado opuesto de la carretera y me lancé hacia él para secarme un poco y llenar la panza.

 

Había diez o doce camioneros dando cuenta del desayuno. Me quité el poncho y la mochila teniendo cuidado de dejarlo en un rincón y colgar la capa sobre el bastón para que no mojara demasiado.

 

Me miraban con extrañeza, como si fuera un bicho raro.

 

- Buenos días, deme un café y una napolitana- Solicité a un camarero de pelo blanco y cara seria.

- ¡Que, mojado! Hoy tienes mal día para caminar.- Me dijo un muchacho de fuertes manos con un vozarrón grave y profundo, tenía aspecto y formas de camionero.

- Hay días para todo y hoy ha tocado esto. Habrá que adaptarse. De todas formas no es de los días peores que he caminado.

- Tienes razón pero donde esté un día despejado y soleado que se quiten los de lluvia y viento. ¿vienes sólo?

- Si, pero supongo que habrás visto a una pareja unos kilómetros atrás.

- Si iban por la carretera antes de Granja. Con los chubasqueros no se les veía demasiado bien.

- Es mala prenda para andar con tantos coches sobre todo si hace viento.

- Se les veía malamente con la lluvia.

- Vosotros también lo pasareis mal en días así. No debe ser fácil controlar a esos gigantes.

- Bueno no puedes comparar con un coche. Sus frenos son más potentes y la posición de conducción facilita la tarea, aunque hay que tener cuidado con la carga. Antes si que era duro.

 

Estuve quince minutos antes de reemprender la marcha.

  Llovía a ratos pero en la lejanía se veía clarear. Seguí el camino paralelo a la carretera hasta un momento que las señales marcaban directamente el arcén. En ese punto de encuentro había un camino que salía de frente. Dudé pero, sin saber porqué crucé la vía y seguí por él, suponiendo que más adelante torcería a la izquierda.

 

Cuando llevaba media hora sin ver señal alguna, estuve convencido de mi pérdida. Apliqué la lógica y me dije que torcería en el primer desvío que encontrase hacia la izquierda.

 

A los cinco minutos vi un camino recto que partía en la dirección deseada y sin dudarlo le continué. Calculé que la carretera iba a mi izquierda. Vi unas casas y supuse que era Santovenia del Esla. Al rato llegué a una granda de pollo y pude preguntar por el camino a Villaveza del Agua.

 

- Sigue recto y a unos tres kilómetros tuerce a la izquierda, no tiene pérdida.

 

Fue hora y media andando por intuición, que sensación más extraña. No estuve perdido pero perdí la seguridad que dan las flechas.

 

Llovía suavemente pero se aguantaba bien. En el pueblo busque la nacional 630 y la seguí hasta un bar donde pude almorzar resguardado de la lluvia un buen bocata de chorizo que me levantó el ánimo.

 

Eran las doce de la mañana cuando salí a la carretera. No llovía pero amenazaba con a hacerlo en cualquier momento. Iba con el poncho que por primera vez en este camino me había puesto. Las botas aguantaban bien la humedad y me sentía un poco triste, como el día. No siempre se encuentra uno eufórico.

 

Llegué a Barcial del Barco y el camino se separa de la carretera por la derecha hacía la vías antiguas del tren. Aquí había dos opciones, caminar por ellas atravesando un par de puentes ferroviarios o dar una vuelta por camino y a tres kilómetros cruzar el Esla por otro puente de hierro. Pregunté y me aconsejaron esta segunda opción, la primera estaba en bastante mal estado y podía ser peligroso.

 

Andar por traviesas mojadas por el agua y el mal estado de los puentes me decidieron.

 

La lluvia paraba de vez en cuando. El paisaje ondulado mostraba un toro de osborne en lo alto, primero en la lejanía y después próximo. Fue el único toro que no me dio miedo.

 

Las nubes corrían deprisa dando un color especial de paz y tranquilidad. Poco a poco el día fue despejándose.

 

El puente de hierro sobre el Esla rodeado de choperas me alegró la mañana. Estructura fuerte y resistente que vio pasar a trenes durante muchos años permanece inmutable a los nuevos avances. Las vigas de hierro entrecruzadas me recordaron a la torre Eifiel y a la industrialización de principios del siglo XX.

 

Belleza construida por el hombre y ahora inservible, que inexorablemente la naturaleza destruirá.

 

La llanura hadado paso a zonas de huertas y chopos cambiando radicalmente el paisaje.

 

Llegué a la una a Villanueva de Azoague donde paré en un bar a tomar la cerveza de rigor. El ambiente era bueno y la familiaridad entre los paisanos notoria. Me encontraba cansado pero intuía próximo Benavente. Hoy si no había problemas llegaría pronto (¡Qué error cometí! Nunca estés plenamente seguro de un destino hasta que te encuentres en él).

Salí viendo como el tiempo volvía a oscurecerse poco a poco. Hasta Benavente fui por un carreterita secundaria rodeada de talleres.

 

En menos de una hora llegué a destino y siguiendo las flechas llegué a un cruce nada claro.

 

Un ramal subía por una calle y otro se dirigía por una calle con acera llaneando. Dudé pero no tuve a nadie a quien preguntar. No me apetecía subir la cuesta hacia el centro de Benavente, así que seguí por la calle llana, supuse que saldría en el destino adecuado. (¡Craso error!)

 

Deseaba comer y continuar por la tarde una vez descansado. Al poco tiempo vi unos jardines y una carretera con doble vía. Aquí ya estuve seguro que me había equivocado pero no me apetecía volver.

 

Aquí comenzó a caer una enorme tromba de agua. El cielo se oscureció y en menos de un minuto me encontraba calado de agua. Tuve que volver para atrás y refugiarme en una gasolinera, aunque ya estaba calado.

 

Pregunte a una muchacha que atendía los surtidores, que muy poco amablemente me respondió que no sabía donde estaba el camino hacia Vilabrázaro. Ella dijo que siempre había ido por la carretera hasta Santa Cristina de Polvorosa desde allí a Manganeses de la Polvorosa y por fin a Villabrázaro.

 

No atiné a preguntarla por la estación de tren ni a preguntarla para ir al centro del pueblo y allí preguntar. También es cierto que me agobió la lluvia y las ansias de llegar, este fue mi error.

 

En quince minutos paro de llover, cosa que aproveché para retroceder y por pura intuición cogí una camino paralelo a la autovía que llevaba a Santa Cristina. La tarde se iba arreglando y el sol salió secándome poco a poco. Ya con un poco de sol y oliendo a tierra mojada llegué hasta el pueblo al filo de las tres. Las calles estaban solitarias y sólo pude preguntar a un chaval que marchaba con bicicleta. Me dirigió a un bar-pub donde entré a comer algo y a preguntar. Era un local oscuro con una terraza cubierta.

 

Pude tomar unas albóndigas y me marcaron el camino a seguir por una carreterita secundaria que paralelo al río Órbigo me llevaría hasta Manganeses y luego allí cruzara el río por el puente antiguo.

 

Paré un rato en la terraza tomando un café y ventilando los píes húmedos por la lluvia.

 

Con resignación emprendí el recorrido marcado sobre la cuatro de la tarde. El cielo se había despejado y se agradecían los rayos del sol. Se recorre una vega llena de choperas que movían sus hojas verdes agrisadas, las huertas son abundantes. Después de la tensión de la tormenta y la cierta desesperanza de estar perdido y sin la menor idea del Camino, ahora me encontraba bien y tranquilo. Sabía que haría más kilómetros pero ya tenía marcado el recorrido. Los ojos buscaban la belleza y la cabeza disfrutaba de las sensaciones de esta hermosa tierra, después de tantos días de zonas áridas. El paisaje en la Plata es cambiante como lo son las tierras que atraviesa.

 

Caminé constantemente pegado al río viendo los meandros que realiza mientras riega tierras y huertos.

 

En Manganeses llegué sobre las cinco y cuarto y paré a tomar un café  sentado en una mesa de un bar destartalado donde un par de niños corrían y gritaban mientras la televisión, bastante fuerte, daba una telenovela.

Me contaron que me quedaban cuatro kilómetros para el pueblo de Villabrázaro y me lo tomé con calma. Empezaba a estar cansado y alargué el descanso con un buen pacharán.

 

Volví al camino que me llevó a atravesar el río por un puente moderno y poco después cogí otra carreterita en medio de una chopera.

 

Un grupo de abuelos tomando el sol me preguntaron:

 

- ¿Vas a Villabrázaro?

- Si, si no me pierdo otra vez. Me despisté en Benavente y la vuelta me parece que ha sido larga.

- No eres el primero, hay muchos que se equivocan, la señalización no es buena. Hoy han llegado dos peregrinos más. Uno de ellos iba bastante mal, doblado, como si le doliera la espalda.

 

Enseguida deduje que era Crispin. El día había estado revuelto y tanto cambio afecta a los músculos.

 

Estuve charlando un rato con los abuelos a la sombra de los chopos. Se había quedado una tarde muy agradable. Hablaban de cuando eran jóvenes y de sus pequeñas heroicidades. Todo era pasado, lo que más les importaba quedaba atrás, el futuro era corto y sin demasiadas alegrías. Esperaban días como hoy donde sentarse al sol agradable de la tarde e hilar carrete con sus amigos y recordar personas y hechos sucedidos tiempo atrás.

 

Los deje con sus palabras y continué los dos kilómetros que me quedaban.  Notaba ya el cansancio pero el tramo me pareció agradable con el sol filtrándose entre las hojas.

 

Nada más llegar vi el bar abierto y hacia él me dirigí.

 

Estaban José Manuel y Crispín sentados a la mesa esperando la comida. El establecimiento cerraba a las siete y habían decidido cenar temprano, sin sudarlo me apunté a un buen plato de macarrones que me metí entre pecho y espalda.

 

En todo el pueblo no había otro bar ni tienda, así que había que aprovechar el momento, luego no habría ocasión.

 

Crispín ya parecia recuperado aunque José Manuel me dijo que los últimos kilómetros había tenido que ir sujetándole por que iba doblado a punto de perder el equilibrio. Había pensado llamarme para que le echara una mano. No sabía que había estado perdido un rato largo.

 

Crispín me dijo que a él el año anterior le había sucedido igual y que por lo menos se hacer cinco kilómetros de más. Tenía que haber subido al centro del pueblo y buscar el albergue junto a la estación.

 

Lo tendría en cuenta para otra vez, pero esta me había ofrecido un paseo precioso a través de las vegas del Órbigo con unas espléndidas choperas alineadas y frondosas.

 

La merienda-cena terminó casi a las siete y con paso lento nos dirigimos al albergue que se encuentra a las afueras del pueblo. Este es muy tranquilo y apenas se veía a algún vecino. El albergue tenía varias habitaciones en las antiguas aulas hoy convertidas en dormitorios de acogida y en centro de reunión de las señoras del pueblo para hacer sus labores de costura.

 

Crispín se tumbó a descansar en cuanto llegó. Ellos ya se habían duchado antes de comer. Yo no perdí el tiempo y me metí a la ducha reconfortante y a hacer la colada de camiseta y calcetines.

 

Como sabía que ellos madrugarían me ubiqué en una pequeña habitación al fondo de la casa.

 

Después nos sentamos José Manuel y yo a recibir los últimos rayos de la tarde mientras calábamos del camino y de la vida.

 

Me contó su vida laborar y lo feliz que era con su nietecita. Estaba orgulloso de si mismo y de la suerte que tenía en la vida, no ya por el aspecto económico sino por lo que tenía, familia, jubilación y por poder estar en el camino.

 

Se preocupó por Crispín, diez años mayor que él, considerando que no se encontraba en condiciones de realizar un camino tan solitario y dura.

 

Estaba deseando llegar a la Bañeza para ir al pueblo de su mujer y pasar un día con sus cuñados. Me invitó a que fuera mañana con ellos y durmiera en el pueblo pero le dije que prefería ir a mi aire sin las prisas que ellos tenían.

 

Era un placer ver el atardecer sentado en aquel soportal donde se iba sintiendo el frescor según desaparecían los rayos del sol. Era un momento propicio para las intimidades. La tranquilidad paralizaba los músculos y abría las neuronas y los ojos para analizar el pasado. En el camino hay muchos momentos así, que sin prisas se puede meditar y recapacitar.

 

Tuvimos que meternos porque el frescor se convirtió en frío y no se aguantaba el relente ¡Qué cambios de temperatura tiene esta Castilla!

 

Recogí la ropa tendiéndola en los soportes de la litera y marché a la cama donde caí dormido casi sin darme cuenta. Había sido un día revuelto pero que había dado a conocer paisajes preciosos.

  

No pude por menos que recordar el puente de hierro y las choperas del río Órbigo. Mañana lluviosa tarde primaveral, así es la vida y el camino cambiante pero precioso si se sabe mirar y ver.

 

 


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19/01/2008 16:06 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Zamora No hay comentarios. Comentar.

Villabrázaro - La Bañeza

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Día 14 –Villabrázaro – La Bañeza.

 

Desperté solo en el albergue, mis amigos llevaban un par de horas caminando, siguiendo su rutina madrugadora.

Recogí con lentitud y salí al tiempo que el cielo empezaba a clarear.

El Camino marchaba por carretera secundaria sin apenas tráfico, el día estaba despejado aunque corría un fuerte viento, necesitaba un café pero hasta Alija no había posibilidades.

 

Se pasaron un par de pueblos pero donde no había ningún servicio. Pasé el puente de la Vizana y recorrí los dos kilómetros de carretera nacional por un arcén amplio.

Sobre las nueve y media llegué al pueblo donde tuve que esperar a que abrieran el bar, no me apetecía continuar sin nada sólido en el cuerpo. Fueron tres horas (13 kms.) bastante pesados que continuarían con otros 20 más por la carretera.

 

Me entretuve charlando con unos abuelos que me explicaron un poco sus vidas e ilusiones. Fue el único rato de charla en todo el recorrido, por otra parte bastante pesado, hoy era día de carretera y arcén. No se si habría camino aunque no vi flechas que me guiaran por ellas. Tampoco me preocupó pues sabía donde me encontraba y que continuando la marcha no tenía pérdida.

En Navianos almorcé un bocata de boquerones en vinagre y una coca sentado en una pequeña banqueta.

Aburrido recorrido sin apenas variaciones, el sol al principio suave y al final con cierta fuera apretaba en un día claro. Tuve que entretener la mente recurriendo a mis pensamientos que hoy se resistían a fluir.

Hubiera sido el día ideal para encontrar un compañero de viaje que entretuviera con conversaciones y anécdotas. Los recorridos no son los monótonos son los estados de ánimos los que marcan las sensaciones que tenemos, y hoy tenía un día perro. También el asfalto y el ir siempre pegado al lado izquierdo  pisando la raya blanca de la carretera, me marcó el estado de aburrimiento y tedio.

En San Juan de Torres volví a parar sentándome al lado de la iglesia, aprovechando un banco de piedra. Estaba sólo y apenas un par de señoras atravesaron por los alrededores. Una fuente con unos caballitos de mar me acompañaron durante media hora.

 

Pensé en que pintaban esos animalitos en un pueblo de Castilla-León, donde el mar brilla por su ausencia. El aspecto era agradable y bajo el árbol corria un aire que se agradecía.

Me tumbé en el banco observando las horas sobre un fondo azul intenso. Me quedaban nueve kilómetros y empezaba a estar cansado. Repasé los días anteriores y la variedad de paisajes. También pensé que mañana llegaría a Astorga y recorrería el Francés en sentido contrario.  Esto me animó y pensé que debería aprovechar estos momentos de soledad, que seguro no volvería a encontrar en los dos próximos días.

 

Se acababa la primera fase del camino y había sido más corto en el tiempo de lo que esperaba. Esto significaba que había disfrutado de lo que el camino me daba. Reconocí que había tenido mucha suerte con el tiempo, no había hecho demasiado calor. Hoy era una de las peores etapas, excesiva carretera, pero me podía quejar. Recordé personas, caminos, paisajes y vivencias inolvidables ¡Qué difícil será no recordar sitios!. Caparra, Mérida, Cáceres, Alcuéscar, Fuenterroble de Salvatierra, Baños de Montemayor, Salamanca, Zamora, Cubo del Vino, etc. Personas entrañables Doña Elena, Maria, Nekane, Josemari, mis compañeros de camino, José Manuel, Crispín, Daniel, mi compañero canario, etc.

Todo pasó rápidamente por mi cabeza, sobreponiéndose sitios y caras. Estaba pasando unos días fantásticos e irrepetibles. Todas mis expectativas se estaban cumpliendo fielmente. Mis dudas iniciales habían volado y sin dudarlo iniciaría de nuevo este camino.

 

Con cierto cansancio volví a la carretera para hacer los últimos kilómetros. Se hicieron pesados. El calor apretaba y la monotonía era mucha. El arcén era agotador por lo estrecho del arcén.

Después de una cuesta atravesé la autovía sexta y pude distinguir el destino. Eran las dos y media y ya estaba cansado. En seguida se llega al albergue que se encuentra en la parte alta del pueblo.

Me abrió la hospitalera y me encontré con un peregrino italiano que estaba en la siesta. Las instalaciones eran amplias y cómodas, con cocina, salón con una mesa grande y sillones, había libros e información abundante del Camino. La habitación con treinta y tantas camas de hospital.

Tras una ducha rápida bajé al centro a comer sobre las tres y media de la tarde. Hacía calor y la gente se refugiaba en sus casas para evitarlo.

Después de un menú agradable retorné hacia una merecida siesta. Dormí un par de horas.

Ya a las seis de la tarde realicé la colada en una moderna lavadora de carga superior, teniendo que recurrir a la vecina-hospitalera para que me explicara su funcionamiento.

 

Marché a realizar un paseo por el pueblo a través de la cuesta peatonal que hay en la trasera del albergue. Ahora ya las calles estaban llenas de personas que paseaban, niños que jugaban en las plazas y abuelos observaban pasar el tiempo hablando entre ellos.

Tomé un par de cervezas y compre algo de embutido para la cena.

A las ocho ya me encontraba tomando el sol en la puerta del albergue y charlando con el peregrino italiano.

 

Apenas hablaba castellano pero con buena voluntad nos entendíamos. Venía desde Zamora y tenía una tendinitis que le hacía cojear. Se quejaba de lo solitario del camino. Hay se había quedado recuperándose y mañana pensaba ir a Astorga en autobús (otro peregrino sin andar).

Me preguntó si a partir de hoy seguiría igual el camino. Le expliqué que se preparara a compartir andanzas con mucha gente y que este sería el último albergue tan solitario. A mi esta soledad no me molestaba pues daba tiempo a meditar.

El sol era agradable en sus últimos rayos, luego refrescaría.

Me pareció un lujo disponer de un acogimiento semejante donde sólo se pedía la voluntad.

A última hora apareció la vecina-hospitalera para sellar las credenciales y preguntarnos si nos faltaba alguna cosa. Nos explicó que el albergue lo lleva la Asociación y se mantiene con los fondos de los socios, todos ellos peregrinos convencidos.

 

A las diez marché a la cama para emprender mañana el último tramo antes de Astorga. Sabía que el recorrido sería largo, pues tenía intención de llegar a Hospital de Órbigo, unos cuarenta y dos kilómetros.

Me dormí enseguida sonando con un cambio radical, hasta aquí la soledad había sido mi acompañante, pero hasta León me vería acompañado por muchos peregrinos en sentido contrario.


 


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19/01/2008 16:09 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Leon No hay comentarios. Comentar.

La Bañeza - Hospital de Órbigo

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Día 15 –La Bañeza – Hospital de Órbigo

 

Madrugué a las seis y media, sabía que hasta que saliera de la Bañeza se me haría de día. Me sentía descansado e ilusionado de cambiar de recorrido.

La mochila parecía que pesaba menos, cuando los sentimientos están ilusionados por algo las fuerzas acuden.

 

La salida es cómoda y está perfectamente señalada, buen trabajo el realizado por la asociación de Amigos del Camino y la Vía de la Plata.

No pude tomar mi cafelito matutino y me tuve que conformar con un buen trago de agua y un trozo de chocolate. Las calles estaban desiertas y las luces de las farolas todavía estaban encendidas, aunque el cielo comenzaba a clarear.

El recorrido se inicia entre huertas y caminos que zigzaguean. Se atraviesa el río Duerna por un hermoso puente de hierro de ferrocarril paso en otro tiempo de trenes. Hermosas estructuras que el tiempo oxida irremediablemente.

Hasta Palacios de Valduerna es un tranquila caminar rodeado de huertas que aprovechan el agua del río. Después el camino lleva a una reserva de caza donde es fácil observar liebres, conejos y gamos. Tierra de jara, pinos y monte bajo. El camino es agradable y entretenido. En múltiples zonas se atraviesan torrenteras que hacen saltar. Iba contento y deseoso de llegar a Astorga. Se veía la autovía en la lejanía pero los árboles y las hierbas de esta zona de caza hacían olvidar ese rastro de la civilización.

Llegué por camino hasta una carreterita comarcal, que lleva a Riega de la Vega. Empezaba a estar cansado después de tres horas caminando. En cuanto retomé el camino solté la mochila y me dispuse a descansar un rato sentado en el centro del camino de piedra.

El día estaba un poco nublado por momento pero la temperatura era ideal. Se sentía la soledad castellana y aproveché el momento para disfrutarla, sabiendo que dentro de unos kilómetros la compañía sería una constante, por lo menos hasta pasado mañana.

Estando en esta meditaciones vi aparecer en la lejanía a mis compañeros vascos. Me hizo ilusión poder completar este último tramo hasta Astorga con quien inicié en Mérida. y hemos compartido albergue en múltiples ocasiones.

Venían felices por llegar al Camino Francés, esta noche habían dormido en la casa de veraneo de José Manuel. Habían comido y dormido bien.

- ¡Qué magnífico bar! Con cada vino media ración ¿Te podías haber venido?

Aunque me habían invitado preferí la tranquilidad del albergue y no romper la rutina.

- Hubieras ido y venido en el coche de mi cuñado- me comentó José Manuel.

- Gracias, pero sabéis que me gusta ir a mi ritmo e independiente.

 

Continuamos ya juntos hasta Astorga. Pasamos por debajo de la autovía y después por carretera hasta Celada de la Vega.

Llegamos a las once y media, hora perfecta para almorzar. Entre José Manuel y yo dimos cuenta de una magnífica ración de callos y un par de vinos reconstituyentes.

Después se hizo la marcha más lenta siguiendo el arcén de la carretera nacional.

A la una llegamos al albergue donde ellos buscaron cama y yo simplemente sellé. Coincidí con un hospitalero que me atendió en octubre del 2006 cuando realicé el francés y estuvimos compartiendo un buen rato mientras se aseaban mis compañeros. Pese a que me tentaron a quedarme denegué el ofrecimiento. El albergue estaba llenándose de gente y me sorprendió después de tantos días de soledad. La mayoría venían de Hospital y más tarde llegarían los de Villadangos y los de Villar de Mazarife.

Estaba lleno de actividad y movimiento el albergue. La luz entraba por todas sus ventanas ha diferencia de la última vez que llegué de noche.

Salimos a la calle y nos tomamos una cerveza en la plaza del ayuntamiento mientras que nos despedíamos y nos dábamos los teléfonos. Nos despedimos definitivamente frente al palacio episcopal de Gaudí, donde ellos fueron a comer y yo emprendí la ruta hacia San Justo de la Vega.

Un poco de tristeza me inundaba pero sabía que en ese momento iniciaba otro camino dentro del camino.

 

Pese a todo me sorprendía dando el saludo ritual de Buen Camino a todos los peregrinos que se cruzaban. Parecían cansados y deseando llegar al albergue.

Sorprendente que hubiera tantos, en apenas cuatro kilómetros y medio di cuarenta o cincuenta saludos, muchísimos más que en toda la Plata.

Iba bien pero necesitaba comer algo. El tiempo se había encapotado y amenazaba lluvia tormentosa. Unos nubarrones negros indicaban que iba a ser inminente.

 

En el bar de San Justo devoré un bocadillo de tortilla junto con una coca fría.

A las 16 horas iniciaba el Camino hacia el Alto de San Antón.

La cuesta que en algunas ocasiones he bajado y que me resultaba molesta, esta vez la hice en sentido contrario y no es más que un repecho que con un poco de paciencia se sube bien.

No pude resistirme a darme la vuelta y observar la ciudad de Astorga desde la cruz y me pareció una bella imagen rodeada de nubes que amenazaban lluvia.

 

Continué por el camino del monte y volví a disfrutar de un recorrido rodeado de robles y castaños en medio de la naturaleza. No comprendo a los caminantes que se van por el otro recorrido por ahorrar un par de kilómetros y aguantar la carretera.

  

Los colores de una tarde de tormenta incrementaban la belleza. Los verdes del campo se fusionaban con los ocres del otoño con una luz filtrada por las nubes y, a veces, humedecida por una lluvia fina que me hizo cantar de alegría.

  

Me tuve que poner el poncho según me acercaba a Santibáñez de Valdeiglesias. La lluvia se fue incrementando pero me agradó recibirla en la cara y las piernas. Me refrescaba y estimulaba mis músculos. Poco antes de llegar hubo un rato de fuerte agua. Dudé si quedarme en Santibáñez o continuar. Dejé la decisión para cuando llegara al albergue de este pueblo.

 

La visión del camino en sentido contrario es diferente y la perspectiva distinta. Es como si pasara por un paisaje conocido pero nuevo en sus formas, los árboles eran distintos aunque fueran los mismos. Las bajadas se convertían en subidas y las flechas desaparecían y era necesario buscarlas dando la vuelta mirando hacia atrás.

  

El albergue estaba casi lleno y me ofrecieron una cama, pero había demasiada gente, después de tanta Plata, decidí continuar. Paré media hora sentado en el escalón de entrada al albergue. Las piernas estaban cansadas, llevaba demasiados kilómetros pero quería llegar mañana a León y tenía que avanzar los cinco restantes hasta Hospital.

  

En ese rato coincidí con una muchacha de unos ojos azules sorprendentes que muy interesada me estuvo preguntando por mi camino. Se extrañó de mis soledades y de las distancias. Ella estaba realizando el camino con su novio de forma tranquila, meditando sobre su futuro. Había dejado los estudios hace un año y estaba decidiendo si continuar estudiando o marcharse a vivir con su novio. El camino lo estaba tomando como un repaso de su vida y un periodo de tranquilidad para encauzar su expectativas de futuro. El camino da el tiempo necesario para pensar y repasar lo vivido, y en muchas ocasiones tomar decisiones de cara al futuro.

  

El cielo seguía amenazando agua pero por el momento había parado de llover. Aproveché para volver a cargar la mochila y recorrer los 5 kilómetros que me quedaban. Las piernas las tenía cargadas y me lo tomé con calma. Muchos kilómetros para un solo día. Observaba los campos y las huertas viendo los árboles junto al río.

  

Esta hora se me alargó y se me hizo pesada. Llegué a Hospital y sin pensarlo dos veces me metí en un hermoso albergue que me proporcionó una cama y una ducha de la que disfruté.

  

Ya estaba anocheciendo cuando salía a una merecida cena. El albergue estaba casi lleno, que diferencia con los de la Plata.

A las 10 de la noche ya estaba en la cama con las piernas doloridas pero feliz de haber completado la primera parte del recorrido. Mañana volvería a estar acompañado de los miles de ellos que pasan por el Francés, aunque fuera por el momento que tardamos en cruzarnos.

 

 

   



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19/01/2008 16:11 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Leon No hay comentarios. Comentar.

Hospital de Órbigo - León

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Día 16 – Hospital de Órbigo - León

 

 

Me despertaron los peregrinos de las camas de al lado demasiado pronto, tenían prisa, como si el camino tuviera horas. Aún despierto continué en la litera observando el movimiento. Estaba desacostumbrado a este movimiento mañanero. Llevaba 15 días de camino y era la primera vez que dormí con tanta gente. Me parecía extraño ver a otros hacer tareas que yo hacía a diario, pero sólo y sin ninguna prisa.

 

Primero se movieron con las linternas, estrujando bolsas de plástico que hacían imposible dormir y si lo estabas seguro que te despertaban.

 

 

Unos iban y otros venían del baño. Cuchicheaban como si todavía alguien estuviera dormido. A las seis y media no aguantaron más y encendieron las luces. Me senté en la cama apoyado contra la almohada y seguí con mi observación, como si todo aquello no fuera conmigo. Estábamos en el mismo camino pero en sentidos contrarios. Me divertía este contraste.

 

 

Por fin, a las siete y media cuando casi no quedaba nadie, me levanté y comencé mi ritual matutino, baño, empaquetar el saco, intentar organizar una mochila inorganizable después de quince días y, por fin, meter los pies en su cárcel de cuero que les privan de su libertad y movilidad.

 

 

Salí a las ocho de la mañana y debía ser el último, busque rápidamente un café y un bollo que llevarme a la boca. Notaba las piernas un poco cansadas después del esfuerzo de ayer. Hoy no iba a ser manca, me esperaban unos 35 kilómetros, pero tenía la ilusión de poder ir viendo caminantes y sitios conocidos.

 

 

Después del desayuno, emprendí la marcha hacia el puente. Sigue siendo una hermosa construcción con sus muchos metros que sobrevuelan el río que he atravesado en un par de ocasiones desde Benavente. Lo crucé solo y no me pude resistir a fotografiarlo.

 

 

Nada más cruzarlo encontré a un peregrino sentado en un banco cambiándose de calcetines. Había salido de San Martín del Camino calzado con unas sandalias, por efecto del agua caída ayer los tenía mojados y llenos de ampollas.

 

 

- Buen camino peregrino.

- Buen camino. ¿Vienes al revés?.- Me preguntó con una cierta admiración.

- Sólo hoy, mi camino es desde Mérida a Oviedo, y hoy toca llegar hasta León.

- Camino complicado, supongo.

- No creas, hay que estar preparado más a las soledades que a las distancias. Pienso que cuando termine habré hecho unos 650 kilómetros en unos 19 días.

- Debes hacer etapas largas, yo cuando hago más de veinticinco lo noto muchísimo y me duelen las piernas. Debes estar bien preparado.

- No creas, aunque antes de venir al camino me preparo durante un par de meses.

- ¿Y la soledad, como la sobrellevas?

- La soporto aceptablemente, aunque reconozco que de vez en cuando me gusta ver a personas y poder hablar con ellas. Pero cuando no hay nadie converso conmigo mismo y observo la naturaleza intentando retener lo máximo posible, para después recordar.

- Yo no podría.

 

 

Pensé que hay gente que necesita estar en constante relación con los demás por que no saben dialogar consigo mismos. Necesitan el ruido de los otros para no analizarse, es como si les diera miedo conocerse y necesitan a los demás.

 

Deje al peregrino en su tarea y continué con el sol dándome en la cara. Hasta ahora siempre me daba por la espalda, necesité la gorra para protegerme. Me seguí cruzando con gente que me saludaba, alguno preguntaba por el albergue siguiente o por el pueblo oportuno. Me satisfacía ver la cara de los caminantes, algunos se sorprendían de encontrarme en sentido contrario, otros apenas saludaban.

 

 

El camino era cómodo y en apenas dos horas llegué a Villadangos del Páramo. Paré a tomar un café, aquí se podía elegir lugar de parada y tenía que aprovecharlo, qué diferencia con los días anteriores.

 

 

Coincidí con un ciclista alemán que se dirigía a Santiago, le expliqué lo que le esperaba sobre todo en las subidas que tenía por delante. Hoy quería llegar a Rabanal. Le recomendé que parara en Astorga a comer y visitar la Catedral y el Palacio Episcopal.

 

 

Eran las once y media cuando continué con calma. La visión de la autovía era un poco desagradable pero no había otra opción, pensé que no todo en el camino son campos solitarios y preciosos.

 

 

El día era agradable de caminar después de la tormenta de ayer.

 

 

Tuve algún que otro problema cuando llegué a la Virgen del Camino. Pasé por el arcén de la autovía con auténtico peligro, gracias que era domingo y a las tres de la tarde el tráfico no era muy abundante. En este punto las flechas se multiplican.

 

 

Entre en la iglesia, en ese momento solitaria, y tuve toda para mi solo. Aproveché para sentarme en un banco a reposar y tener unos minutos de calma. La oscuridad sólo violada por una pequeñas luces que iluminaban el altar llevaban a la meditación. Estos instantes en iglesias y ermitas del camino donde el silencio te acompaña me dan energías para continuar.

 

 

Este edificio es para mi tremendamente bello dentro de su austeridad y su poca iconografía.

 

 

Salí del mismo renovado y con ganas de comer, así que me dirigí a un restaurante cercano donde di cuenta de un menú de domingo abundante y sabroso, ensaladilla y cordero asado. El local estaba prácticamente lleno y con bastante ruido, la gente estaba tomando el aperitivo.

 

 

A las cuatro y media volví a cargar los bártulos para hacer los últimos kilómetros, ya todos por aceras. Esta entrada, igual que su salida, es bastante pesada aunque noté que hoy era todo bajada. El polígono industrial me siguió pareciendo horrible.

 

 

Llegué sobre las cinco y media de la tarde a la plaza del Parador Nacional de San Marcos, fue un recorrido bastante tranquilo, las calles estaban vacías y daba gusto caminar.

 

 

Antes de ir al albergue intenté descubrir la salida de mañana. No encontré ninguna flecha pero con un mapa de la ciudad pude descubrir por donde debía salir.

 

 

Llegué al albergue a las seis y media. Estaba medio lleno pero pocos peregrinos se encontraban descansando, se veían las mochilas y los sacos, pero imperaba cierta tranquilidad. Todos estaban visitando la ciudad.

 

 

Después del aseo oportuno y una pequeña colada marché a la Catedral. Siempre que paso por León es una visita obligada. Las cristaleras me impresionan. Recordé la última vez que estuve aquí y a mi cabeza llegó el concierto de música clásica que escuché con deleite el último octubre.

 

 

Ya las calles estaban llenas. Paré en una terraza de la zona peatonal a disfrutar del movimiento dominical mientras que degustaba un buen vino.

 

 

A las ocho y media cené una tapa de cecina que me pareció deliciosa, antes de ir al albergue.

 

 

Aquí pude disfrutar de la oración en la iglesia de las Carvajalas. Entrañable encuentro con otros peregrinos que creo imprescindible.

 

 

A las 10 estaba en la cama meditando que mañana empezaría la tercera parte de mi Camino, otra vez con la compañera soledad acompañándome todo el día. Ya no habría peregrinos, o por lo menos no tantos como hoy.

 

Me encomendé a Santiago para que me ofreciera un Buen Camino.

 


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19/01/2008 16:13 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Leon No hay comentarios. Comentar.

León - Pola de Gordón

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Día 17 -León – Pola de Gordon

Me despertaron los plásticos de unos peregrinos madrugadores, o mejor dicho trasnochadores, eran las cinco. No podré entender este gusto por la nocturnidad en aras de evitar un calor, que por cierto en estos días no hace. Me volví e intenté relajarme. Pero fue imposible, iban y venían al baño, otros intentaban no hacer ruido pero chirriaban mesas, sillas y camas.

-         ¿Por qué tenéis tanta prisa? ¡No se van a llevar el camino! - Le pregunte al vecino de litera.

-         Luego se nos hace tarde y sufrimos el calor. También aseguramos las camas en el albergue en los mejores sitios. Y por último podemos relajarnos por la tarde.

-         No lo entiendo. Ayer estuvo nublado y no hizo calor. Yo vengo para estar en el camino y disfrutar del paisaje, no para estar tirado en una cama de un albergue, más allá de lo estrictamente necesario para descansar. Prefiero caminar despacio saboreando los momentos, que madrugar y correr para encontrar una cama.

No le convencieron mis razonamientos, pero bueno, no todos somos iguales. Intenté cerrar los ojos y pensar en los buenos momentos pasados hasta este momento.

Era el día adecuado para meditar sobre lo pasado, hoy iniciaba la tercera parte de mi camino. La primera fue por la Vía de la Plata, Mérida hasta Astorga, la segunda por el francés pero en sentido contrario hasta León y, por fin, la tercera de León a Oviedo. Parecía mentira que el tiempo hubiera pasado tan deprisa y hubiera vivido tantas cosas. También es cierto que pensando en el primer día parecía lejano.

Esta última fase  me es desconocida pero la ilusión me estimula, espero que el tiempo me respete o por lo menos no vaya a mayores. Hasta ahora he tenido lo que buscaba, conocerme un poquito más, conocer un poco más a las gentes y los pueblos, y alejarme de  realidad diaria. El Camino me ha proporcionado siempre lo que necesitaba en cada momento. ¡Qué buena gente! Recuerdo a los peregrinos y hospitaleros que han coincidido conmigo. ¡Qué pocos y que peregrinos! David el más joven y dinámico. Crispín y José Manuel los jubilados maratonianos. Mi espíritu está tranquilo aunque un poco triste, ya voy viendo el final, apenas cuatro días. Me da respeto el paso del Pajares, la mayor altura de mi camino.

Estuve pensando en estas cosas hasta que me encendieron las luces con todo el descaro, eran sólo las seis y media. ¡Paciencia peregrino!

Despacio me desperecé y fui empaquetando mis cosas con parsimonia. No tenía prisa en salir.

Me despedí de la hospitalera y del edificio de las Carvajalas, que con tanto amor y cariño acogen a los caminantes. ¡Qué bien me encontré ayer durante la oración en la capilla! Nunca entenderé a las personas que se encierran en vida entre cuatro paredes en un ejercicio de oración y trabajo. Yo me ahogaría si estuviera encerrado de por vida sin poder respirar la libertad del campo y las montañas. Admiro su abnegación pero creo mucho más en la entrega a través del contacto personal que por medio de la simple oración. Yo estoy seguro que el Señor nos ayuda pero a veces hay que echarle una manita. Aún así me maravilla su bondad, caridad y calma.

   

Las calles de León amanecían y las luces de las farolas se iban apagando poco a poco. La gente tenía cara de lunes, un poco dormida y un poco cabreada, marchando deprisa a sus tareas. Nosotros los peregrinos, tengo la sensación que somos en las ciudades un contrapunto en el fluir diario. Unos van forzados por la necesidad de la subsistencia y los otros felices de marchar a su camino y volver a encontrar los grandes espacios. El peregrino habitualmente no se encuentra cómodo en los sitios grandes y prefiere los pueblos recogidos donde el contacto se hace más intimo. Por lo menos yo lo prefiero.

Entre en un bar a desayunar antes de entrar en la plaza de la Catedral. El café y un croissant me terminaron de despertar. Es curioso que hasta que no me tomo mi “cafelito” matutino veo el mundo con cierta tristeza.

Me acerqué hasta la Catedral y pude observarla con tranquilidad mientras que la gente pasaba deprisa a mi alrededor. Me senté en el suelo y me parecían tremendamente bellas sus líneas. Cuanta sensibilidad de los maestros arquitectos que supieron dar semejante armonía. Todo el mundo pasaba deprisa y nadie se paraba a admirarla. Tenemos la belleza a nuestro lado y no sabemos valorarla, bastaría un poco de tranquilidad. Cuantas veces admiramos lo que tienen los demás y que poco estimamos lo que tenemos, es necesario perderlo para darnos cuenta de la realidad.

Me levanté tranquilo y tras un grupo de peregrinos fui caminando por las calles, se les veía felices contando sus anécdotas. Cuando llegamos a San Marcos ellos marcharon hacia la izquierda, camino del puente y yo a la derecha hacia el Auditorio, buscando la calle del Padre Isla.

Busque las flechas pero no las encontré, así que continué por esta calle hasta que salí de la ciudad por la carretera que va a Carvajal de la Legua. Miraba y requetemiraba buscando mis queridas flechas. Estaba convencido que algún camino habría pegado al río Bernesca. Cuando llevaba una hora larga desde San Marcos vi una pareja caminando por un sendero  a la izquierda de la carretera. Campo a través fui hacia allí y, por fin, encontré la primera flecha. Era pequeña pero suficiente para decirme que iba por el sitio adecuado.

Ya seguro caminé un rato hasta que el camino se corta por una nueva urbanización y no hubo más remedio que volver a la carretera. La seguí hasta Carvajal de la Legua.

Llegué sobre la diez de la mañana y al encontrar un bar a él me dirigí para tomar un café. Estaba lleno de obreros de la construcción de las urbanizaciones, se estaban metiendo unos bocadillos que asustaban. Con mi mochila y mis pantalones piratas me encontraba un poco fuera de lugar. Pregunté al camarero por el camino.

-         Mira, sigue hasta el final del pueblo por esta misma calle y verás que se convierte en camino. Ahí encontraras las flechas que buscas.

-         Gracias, estaba un poco perdido. ¿Pasan mucho caminando?

-         Bueno, alguno se ve pero la mayoría van hacia Hospital.

Efectivamente la calle se convirtió en camino y aparecieron la primeras cuestas. Iba paralelo al río y así fue durante todo el día.

Empecé a sentirme cómodo por aquel camino que subía y bajaba constantemente, pero iba junto a pequeños robles y podía ver constantemente la ribera rodeada de choperas. Volví a sentirme a mi mismo en armonía con la naturaleza.

Cuando llevaba una hora más, aproximadamente, encontré la fuente de San Pelayo con su cajetín metálico lleno de primeros auxilios y su libro de firmas de peregrinos. Había un letrero que anunciaba:

“Según la tradición en este lugar descansaron las tropas de Bermudo II en retirada hacia Oviedo después de ser vencidas en el Esla (995)”

 No pude por menos que pararme a beber y sentarme un rato a reposar leyendo el libro.

La última firma era de unos belgas que habían pasado hacía una semana. Todo en él eran buenas intenciones y sentimientos positivos para continuar la marcha. Sentado en aquel banco de madera intenté imaginarme aquellas tropas deprimidas por la derrota descansando para afrontar el paso de las montañas.

 

Continué despacio por aquel precioso bosque hasta que llegué a Cabanilles, donde un pueblo sin gente se me apareció. No es que no hubiera sino que no pude ver a nadie, se oía en alguna casa voces y algunos coches aparcados delataban su presencia, pero no me crucé con nadie.

El día había amanecido fresco pero a esta altura tuve que deshacerme del polar. El sol comenzaba a calentar y presentaba un día precioso con nubes algodonosas fusionándose con las montañas. ¡Que placer andar por este camino verde! Las granjas me rodeaban y hasta algunos caballo pude ver pastando a la vera del río.

Cuando llevaba un par de kilómetros oí un ruido a mi izquierda entre unas zarzas. Era un ciclista que intentaba salir entre unas alambradas y se había enganchado la camiseta. Solté la mochila y acudí ayudarle. Con un poco de esfuerzo pudimos salir de allí.

-         ¿Hasta donde vas?- le pregunté extrañado al no verle con mochila.

-         Estoy recorriendo esta parte del río y quiero llegar hasta La Robla, donde he dejado el coche esta mañana.

-         Pues ten cuidado por donde vas, yo que tu seguiría las flechas amarillas, que seguro te llevan hasta allí.

-         Y tu ¿hasta donde vas?

-         Quiero llegar a Oviedo y hoy quiero terminar en Pola de Gordón.

-         Pues todavía te queda un buen trecho. Me encantaría poder hacer algo similar, pero el trabajo y la familia me lo impiden.

Siguió su marcha por el sendero después de despedirse. Yo me quedé pensando en las circunstancias de cada persona. Estas muchas veces nos limitan la libertad.

Un poquito más adelante pegado al río apareció un hermoso puente de madera que lleva a la Seca. Este puente de tablones inestables crea un precioso paisaje. Tuve que parar a fotografiarlo para que el recuerdo permaneciera, junto con las choperas que le acompañan. Me dio envidia aquella gente que vivía en lugares tan bellos.

El camino y las flechas me llevaban por aquella hermosa vega hasta que llegué a La Robla, aquí el paisaje cambia y de golpe nos presenta la modernidad vestida con una enorme central térmica de carbón. Grandes montículos de carbón nos enseñan lo que un día de estos será la electricidad que nos caliente.

 

Me entristeció esta aparición. Aceleré el paso para llegar pronto al centro del pueblo y dejar atrás aquella modernidad.

Eran las tres y media de la tarde y busqué un sitio donde comer. No fue tarea fácil. Unos estaban cerrados, otros habían cerrado la cocina, era demasiado tarde. Al final del pueblo encontré un restaurante donde llenar el buche.

En el bar era el único comensal, me sirvió una muchacha que estaba más pendiente de ver la telenovela que ponían e la tele. Fue una comida sencilla pero nutritiva consistente en alubias con chorizo y una trucha frita, regada por un buen vino y por un digestivo pacharan con hielo. Estaba cansado y un poco deprimido. Los últimos dos kilómetros me habían cambiado el humor.

Sobre las cinco reemprendí el camino por una carreterita secundaria que me dirigía hacia la ermita del Buen Suceso. Al poco de salir encontré un acueducto de piedra que según decía un letrero fue construido en 1795. Allí encontré a un abuelo tomando el sol de la tarde.

-         Buen camino peregrino. Sigue por la alameda que va pegada a la carretera, esta te llevará hasta la ermita. Esa carretera es muy peligrosa.

-         Gracias, seguiré su consejo. ¿Qué tal se vive por aquí?

-         Bueno, ahora no es como antes. Hay más comodidades, me acuerdo nada más terminada la guerra que íbamos a León a vender las lechugas y tomates en un autobús destartalado. Aquellos si eran malos tiempos.

Estuve un rato con él escuchando su soledad y sus ganas de comunicar sus añoranzas. Vivía en el año 2007 pero sus recuerdos y felicidades le llevaban cincuenta años atrás. Sólo necesitaba alguien a quien contar sus aventuras y su sabiduría.

Le dejé sentado prometiéndole que me acordaría de él cuando llegara a mi destino. Mi paso era lento meditando sus palabras.

Llegué al poco rato a la ermita barroca del siglo XVIII. Para mi suerte estaba abierta y pude visitar el hermoso templo encabezado por la imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso.  El templo tenía una verja que separaba el templo en dos, por un lado el altar y por otro los bancos de los fieles. Las paredes y el techo abovedado estaban pintados de blanco ocultando la piedra con la que se construyó. Me senté un rato y oré dando gracias por lo que se me estaba siendo concedido. Se respiraba paz y tranquilidad en su interior, como solo se siente en estos edificios de piedra concebidos para el recogimiento y donde la simplicidad es una virtud.

Al poco la carretera se abandona y se atraviesa un puente sobre el río que nos lleva al pueblo de Huergas de Gordón.

Desde este lugar pude ver la obras que se están realizando para el AVE. Aunque las flechas marcan el camino este está desbrozado por los camiones de gran tonelaje que mueven las tierras. Tuve que tener cuidado en el lodazal que habían convertido el camino.

Después se pasa al lado del asentamiento de los obreros formado por multitud de casetas prefabricadas. Pensé que dentro de un tiempo el camino tendría que abrirse paso por algún lugar diferente.

Encontré a unas señoras paseando que me guiaron a la entrada de Pola de Gordón. Me dijeron que no había albergue pero que había un hotel donde paraban los obreros del AVE y que estaba muy bien de precio.

Atravesé el pueblo, ya cansado y me dirigí cuesta a arriba. Atravesé el cuartelillo de la guardia civil y apareció un hotel de una estrella. Llevaba poco tiempo y olía a nuevo. Me dieron una habitación sencilla sin demasiado lujo pero con baño y con derecho a desayuno.

     Después de la ducha me derrumbé en la cama pensando en las incidencias del día. Me sentía feliz por todo lo vivido y tremendamente relajado, el cansancio del  camino y el madrugón hizo inevitable que me quedara dormido.



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19/01/2008 16:17 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Leon Hay 1 comentario.

Pola de Gordón - Busdongo

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Día 18 - Pola de Gordon - Busdongo

 A mitad de la noche me desperté muerto de frío, me había quedado dormido encima de la cama después de la ducha. La ventana estaba abierta y llovía. Como pude me metí entre las sábanas y continué durmiendo arropado, hoy no me molestarían los plásticos de los madrugadores.

  

No se cómo me desperté a las siete y media de la mañana. La habitación era un desastre, todo tirado. La mochila por un lado, las botas por otro y la ropa usada ayer por el suelo. No me había dado tiempo para hacer la colada, tocaría ponerse la ropa sudada. Recordé otra habitación a 500 kilómetros. También manga por hombro, pero en aquella ocasión la cabeza acompañaba en el desorden. ¡Qué lejos parecía aquella mañana en Galisteo! Tantas vivencias en tan poco tiempo hacen que dé sensación de lejanía. En mi vida monótona los días parecen iguales y, normalmente, no pasa nada. Aquí cada minuto es una cosa, una cara, una vivencia nueva, así el tiempo se alarga y cosas relativamente cercanas parecen alejarse.

Estaba paralizado en la cama. No me apetecía levantarme. Sabía que estaba lloviendo y quería continuar meditando. Tuve que enfadarme con la resistencia de mi vaguería. Ya sentado en la cama fui recogiendo y poniéndome la ropa. Según me la ponía se notaba el aroma peregrino característico. Los que habéis hecho algún camino sabréis al olor a que me refiero.

-         Bueno, sólo quedan tres días y esta noche intentaré hacer la colada.

 Miré al exterior mientras que rascaba la barba de cinco días intentando desperezarme. Estaba lloviendo y el cielo estaba lleno de nubes negras y con ganas de seguir soltando agua.

  

Ordené todas las cosas dentro de la mochila lo mejor que pude y antes de cargarla marché al desayuno, mis tripas reclamaban alimento, ayer me había saltado la cena.

Me bastó el aroma de las tostadas y el café recién hecho para dirigir mis pasos hasta la sala de desayunos.

Había dos mesas ocupadas por obreros. Con prudencia me fui a un rincón donde pasara lo más desapercibida posible mi presencia. Siempre me gusta observar a la gente desde una cierta distancia para que se muestren desinhibidos, así me puedo enterar mejor de sus inquietudes. Oír y escuchar nos hace más sabios.

Con café, zumo de naranja y dos tostadas con mermelada despaché mi desayuno. Mientras escuché a uno de los obreros:

-         Estoy deseando que llegue el fin de semana. Estar en este pueblo me deprime. Hecho de menos a los niños. Si no fuera por el dinero saldría de aquí corriendo- comentó uno de los obreros, que vestía un mono azul y desvaído.

-         Llevamos ya muchos meses y todavía nos quedan unos cuantos. La obra va con un cierto retraso. No te quejes que yo llevo un mes sin ir a Sevilla.- Respondió el otro.

Estas palabras me hicieron pensar en el esfuerzo que suponen las separaciones cuando no son deseadas. Cuanto sacrificio y sin sabores para mantener a una familia. No pude por menos pensar como serían las separaciones de los peregrinos durante la Edad Media.

  

Allí no había móviles, ni cartas. Esos peregrinos de toda Europa que emprendían un viaje guiado por la Fe. Cuantas dudas tendrían al emprenderlo. Los caminos no eran tan seguros como son ahora y en caso de necesidad no podrían coger un autobús o un avión que les devolviera a casa en pocas horas.

No sabrían si los restos que había en Santiago se correspondían con la palabra trasmitida en los púlpitos, pero que grande debía de ser la necesidad de mirar hacia el oeste, a ese lugar perdido pegado al fin de la tierra conocida. Cuantos esfuerzos, peligros y soledades la de aquellos caminantes.

Fui a la habitación a recoger la mochila, la cargué (¡seguía pesando!) y me puse el poncho, hoy tocaba agua, y parecía que en abundancia. No era el primer día en este camino pero siempre me molesta un poco. Con paso lento comencé a recorrer la calle que asciende hasta la N-630 para luego a través de un túnel llegar al polígono industrial. Allí se coge una pequeña carreterita secundaria que lleva a Buiza.

El campo estaba verde y húmedo, dando un toque romántico y bucólico al paisaje. Las nubes cubrían la parte alta de las montañas, algunos caballos sueltos pacían estoicamente bajo una lluvia fina y constante. El día estaba melancólico pero yo me encontraba feliz. Después de tantos días andando por la llanura, hoy me enfrentaba a unas subidas importantes y la variedad me agradaba.

  

Hoy había salido tarde pero sabía que la etapa iba a ser corta. Mi ilusión hubiera sido dormir en el alto de Pajares en un rincón de la explanada del Parador, viendo las estrellas. Esto no iba a ser posible en un día como hoy, esto me entristecía un poco. De todas formas prefería pensar en el momento y disfrutar lo que pudiera cada minuto.

Antes de llegar a Buiza encontré una pequeña ermita dedicada a Nuestra Señora del Valle, estaba cerrada pero que tenía un banco de piedra donde podía descansar y no mojarme. Empezaba a tener las botas empapadas y los calcetines mojados. No pude parar mucho rato, hacía bastante frío. De todas formas tuve tiempo para recordar cuantas iglesias y ermitas había pasado. En todas intenté visitarlas y que pocas estuvieron disponibles. Siempre me ha gustado sentarme tranquilamente en los bancos de las iglesias, me permiten concentrarme y sentir como la paz de espíritu se va filtrando en mi cuerpo. Son un bálsamo que reposa el espíritu y a través de este el cuerpo.

Me puse en marcha de nuevo y en poco rato llegué a este pequeño pueblo adosado a la montaña. Mi intención era seguir hacia Poladura de la Tercia. A la altura de su iglesia pregunté a una señora por el camino.

-         Hay dos caminos, el que va por la izquierda te lleva a Poladura y el otro que te llevará al alto de la Collada y luego hasta Villasimpliz y luego seguir por la carretera. Yo te aconsejo que en un día como hoy vayas por el segundo. Hacia Poladura están las obras del tren y los caminos estarán muy embarrados.

-         ¿Hay algún bar en el pueblo?

-         No, aquí no hay de casi nada. Somos muy pocos vecinos. – Dijo con un tono de resignación.

Dudé un momento pero tenía razón. No estaba el tiempo para florituras. El camino pronto se convirtió en un sendero ascendente. Se podía ver a la izquierda las obras del AVE. Grandes montículos de tierra excavada se podían ver en la lejanía afeando un entorno verde. Aún así el sendero recorta por las montañas entre helechos y praderas.

  

Hay momentos que la subida se empina y requiere paciencia para no perder la bocanada de aire. Fue de los momentos más bellos de la etapa de hoy. Se respiraban los olores de la montaña y la vista se entretenía en los mil detalles que nos enseña la Naturaleza cuando tenemos la paz interior suficiente para mirarla con amor. La lluvia no paraba y el suelo en algunos tramos resbalaba y en otros marché entre pequeños regueros.

Iba mojado por dentro y por fuera. El sudor mojaba el interior del poncho aunque mantenía el calor por el polar. Parecía increíble que a finales de junio hiciera este tiempo tan revuelto. Llevaba 10 días de tiempo nublado y fresco. Lo agradecía y a la vez me sorprendía. La verdad que prefería esta temperatura al calor inclemente.

Cuando llegué al alto paré a recobrar el resuello mientras que me recibían un rebaño de vacas que pacían tranquilamente aprovechando unos pastos frondosos y compactos. Los helechos en muchas ocasiones cubrían el sendero. Se podían ver los montes ondulados cubiertos con la boina de las nubes lloronas.

  

Me hubiera gustado sentarme un rato a observar aquel espléndido panorama, pero la lluvia no paraba y continué.

La bajada es escabrosa por un sendero que se convierte en camino un poco más adelante. Pese a todo seguía siendo reconfortante el paisaje.

Llegué a la iglesia, por supuesto cerrada, pero con un hermoso soportal que me sirvió para reposar un rato. Según mis cálculos me quedaban unas tres horas hasta Arbas y todo por carretera. 

Con resignación emprendí el paseo con la lluvia aumentando. Enseguida las flechas dirigen hacia la carretera vieja pegada a un riachuelo con unos bellos álamos. No duró mucho el desvío y me llevó de nuevo a la carretera de la Vía de la Plata.

En poco rato llegué a Villamanín, donde encontré un bar abierto. Con cierto apuro me quité el poncho que chorreaba sobre el suelo limpio del bar.

-         No te preocupes, en un día como hoy es normal.- Me dijo el propietario. Un señor de unos setenta años.

-         Sabe si hay alguna pensión u hostal en Arbás.

-         Sí hay uno en Arbás que abre en la temporada de esquí. Desde aquí a Pajares sólo tienes una casa rural en Busdongo pero que hace precios especiales a los peregrinos.

-         Esa es una buena información con lo que está cayendo.

-         Aquí es lo normal, aunque este año no ha habido reposo.

Solo pude dar cuenta de un café y un par de magdalenas, no había pan. El bar estaba medio a oscuras y tenía pinta de tener pocos parroquianos a esas horas. A mí me sirvió para descansar un buen rato y secarme.

A las 12 y media continué la marcha por el arcén, todo el rato bajo la lluvia.

Con el agua que tiraban las ruedas de los camiones dándome en la cara, el poncho queriendo volar como una cometa y los pies chapoteando dentro de las botas llegué a las tres de la tarde a Busdongo. Vi un solo restaurante abierto y allí que me metí. Necesitaba calentarme, las manos estaban heladas y húmedas.

 

Me recibió un matrimonio encantador.

-         Pasa hijo, quítate eso y acércate al fuego.

Una hermosa chimenea con sus leños ardiendo daban calor al bar del restaurante. Entre eso y un buen vaso de vino me sirvió para encontrar el calor perdido. El lugar era entrañable. Decorado por una barra y unas mesas de madera antigua, unos barriles añejos con un olor a hogar y, sobretodo, por unas sonrisas de sus dueños que emanaban cariño. La cocina cercana proporcionaba unos olores magníficos a comida casera. Mi jugos gástricos se pusieron en marcha una vez recuperado del frío y no pude evitar aceptar la invitación de los aromas.

Lentejas caseras, pollo asado y una tarta de queso casera me terminaron de levantar la moral. Fue inevitable el café y un par de orujos.

Pregunté por la casa rural y me informaron que estaba al lado de la estación de tren.

Con pocas ganas salí a la calle. Seguía lloviendo aunque ahora con menos fuerza. Efectivamente, doscientos metros adelante encontré la casa rural de Miguel Angel. Este me ofreció una habitación en la tercera planta, muy humilde pero muy coqueta y con todo lo que yo necesitaba.

Desembalé la mochila y realicé una magnífica colada. Colgué la ropa encima de los radiadores y me tumbé en la cama a reposar la comida (y los orujos). Al rato caí dormido hasta las siete de la tarde.

Estaba sólo en la casa rural, era el único cliente. Miguel Ángel es muy amable y servicial, aunque poco hablador y muy serio. Apenas le pude sacar dos palabras. No me importó, después de tres semanas en soledad prefería esto al ruido y el tumulto.

Me di un paseo por el pueblo que se forma alrededor de la carretera y tiene su centro en la estación, donde sólo paran dos trenes. Uno con destino a León por la mañana y otro por la tarde hacia Oviedo. El resto de convoys pasan a toda velocidad olvidándose de parar.

 

A última hora de la tarde se empezó a despejar y unos leves rayos de sol se abrieron paso entre las nubes. Mañana no lloverá me anunció el matrimonio del restaurante.

A las 10 y media de la noche estaba ya en la cama arropado y con la calefacción a tope. Había sido un día duro por un entorno que debe ser precioso con sol. Estaba cansado pero ilusionado por estar tan cerca de la cima de mi camino.

  



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19/01/2008 16:20 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Leon No hay comentarios. Comentar.

Busdongo - Pola de Lena

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Día 19 - Busdongo – Pola de Lena

 

Me desperté temprano y muy descansado. Había dormido muchas horas soñando con las dehesas de Extremadura. Había dejado de llover aunque hacia fresco. Revisé la ropa tendida y estaba todavía húmeda. Me tuve que poner una de las camisetas a medio secar y para evitar coger frío sobre ella me puse el polar. Las botas pese haberlas rellenado ayer de periódicos todavía tenían marcas de humedad. Terminé de montar la mochila poniendo una camiseta y un par de calcetines colgados con imperdibles, hoy llevaría el tendedero montado.

 

Bajé con todos los bártulos y Miguel Ángel me esperaba con un café y unas tostadas de pan de pueblo. Fue todo un detalle inesperado. Seguía con su temperamento serio y distante, quizás un poco amargado por estar haciendo un gran esfuerzo por levantar este negocio con sus propias manos y no verse recompensado por el sacrificio. Yo le tengo que dar las gracias por haberme proporcionado un lugar donde cobijarme en un día tan desagradable como el de ayer.

 

Eran las ocho de la mañana cuando salía del albergue. El sol brillaba sobre los picos de las montañas. Era un día luminoso con un cielo azul trasparente, con algunas nubes algodonosas que se parecían a borreguillos. La calle que coincide con la carretera estaba desierta.

  

Anduve despacio por el arcén de la carretera observando los prados y el ganado pastando. Estaba feliz, después de un día horrible venía otro espléndido en medio de un paisaje de alta montaña. Apenas había tráfico y el arcén era amplio. Aunque hacía fresco rápidamente entré en calor con la cuesta.

 

En poco rato pasé por el pueblo de Arbás. Apenas vi una señora que sacudía unas alfombrillas por una ventana. Era lo más parecido a un pueblo fantasma. Todo estaba cerrado, quizás fuera muy temprano. Pasé junto a la Colegiata de Nuestra Señora de Arbás, hermoso edificio románico ubicado muy cerca del alto. Para variar estaba cerrada y no pude ver su interior. El edificio bien vale una parada.

 

El pueblo enseguida se acaba, y mi ruta continuó por la carretera que siempre en ascensión se va deslizando hacia la estación de esquí y posteriormente al Parador.

 

Me entristeció ver los remontes en la lejanía. Son estructuras metálicas que deterioran los paisajes. Se que son necesarios para proporcionar unos ingresos a los habitantes de estos lares, pero habría que intentar que deterioraran lo mínimo posible el entorno.

 

Ya en la parte final, la carretera se amplia con un aparcamiento. Tres perros al verme se lanzaron a saludarme. Aunque movían el rabo no me fié demasiado ante sus ladridos. Dos se quedaron a una cierta distancia, limitándose a ladrar, pero el tercero, y mucho más osado, se acercó de tal manera que tuve que interponer el bastón.

 

- Venga bonito déjame tranquilo que no te voy a hacer nada.- Dije en alto intentando dar seguridad a mis palabras, cosa que dudo que consiguiera. 

 

Fuera como fuese se paró, más ante la amenaza que por mis palabras, pero yo no me fiaba demasiado, así que sin perderle de vista aceleré el paso y, para mi suerte, terminó por fijarse en otra cosa.

 

Ya en el alto encontré la Venta Casimiro abierta, ante la duda de encontrar otro lugar donde tomar café, entré. Pequeño establecimiento con un sabor especial de montaña. Las paredes decoradas con fotos de invierno y con varias mesas de madera. Me dirigí a la camarera y seguramente propietaria:

 

-         Buenos días, los perros no serán suyos.

 

-         No, pero no hay que preocuparse, ladran mucho pero nunca atacan.- Dijo con una sonrisa cálida y comprensiva.

 

-         Eso no lo sabe el que pasa andando y los mastines son un poco grandes.

 

Pedí un café y me senté tranquilamente en una de las mesas, no tenía prisa y quería disfrutar los últimos días de camino. No quería que se consumiera mi sueño. Estaba cómodo y el ambiente me complacía. Se respiraba tranquilidad y parsimonia.

Pensé en la múltiples paradas que había realizado. Siempre fui recibido con amabilidad y yo diría que hasta con cariño. Especial recuerdo tuve para doña Elena y sus huevos duros.

 

A las 9 y media volví a cargar a mi compañera de andanzas sobre los hombros y marché hacia la explanada del Parador.

 

¡Qué magníficas vistas de las agrestes montañas asturianas!. Llenas de prados verdes y picos bellísimos. Este es uno de los puntos en que mi corazón se alegró de los sinsabores y de los esfuerzos. Me compensaba el mal día de ayer por haber alcanzado este lugar fantástico. Acababa de parar pero tuve que volver a soltar la mochila y sentir el frescor de una mañana luminosa con un aire puro que llenaba los pulmones y alegraba los sentidos.

  

Con pena en mi corazón emprendí la bajada por la carretera. Marcaba un dieciocho por ciento de desnivel, los coches sufrían en la subida y los camiones parecía que se paraban. Apenas fueron doscientos metros de carretera, un camino a la izquierda me introdujo en la tranquilidad de los prados de montaña.

 

Me sentía feliz bajando apoyado en el bastón, deseando retener en mis pupilas las imágenes que me proporcionaba el entorno, no quería que se acabara. Iba despacio imaginando que aquellas vistas eran mías y que quedarían fijadas en mi memoria para el resto de mis días.

 

Abrupta bajada por sendero hasta San Miguel del Río pero con una belleza que vale la pena hacerlo despacio para disfrutar de una naturaleza casi alpina. Recordé lo diferente que era a la estepa castellana de Salamanca y Zamora.

 

Pasé por pueblos pequeños como Santa Marina, Llanos de Salmerón, Navedo y La Muela. No siempre es bajada, hay algunas cuestas que quitan el aliento. La ruta es variada senderos, sendas, caminos y carreteras secundarias. Los árboles también son muy diversos, me encantaron los acebos enormes, los carballos y los álamos.

 

Junto a una fuente paré y coincidí con un paisano que vestía con un mono raído azul y una boina.

 

-         Bebe que el agua es muy buena. El manantial esta un poquito más arriba. Vienen desde Pola de Lena a rellenar garrafas.- Me dijo mientras secaba el sudor con un pañuelo.

 

-         Si que está buena, y bien fresquita. Se nota que viene directamente de la montaña. ¿Vive mucha gente por aquí?

 

-         No ni mucho menos, sólo los fines de semana y en verano hay más población. Los que son de aquí vuelven siempre, añoran su tierra y las costumbres. La tierra donde se nace tira mucho.

 

-         Sobre todo si es tan bella como esta. Aunque debe ser duro trabajar en el campo cuando llueve tanto.

 

-         Si que lo es. Los que no hemos estudiado sólo tenemos nuestras manos y los cuatro terrenos que mimamos para que nos den el pan. – En su cara se veía orgullo de ser de estas montañas y sus ojos brillaban mientras ponía su mirada en los prados.-¿Desde donde vienes hoy?

 

-         Desde Busgondo, y espero llegar a Pola de Lena, pero no tengo prisa. ¿Hay algún bar donde pueda almorzar?

 

-         Hasta Puente de los Fierros no encontraras. Hay alguno antes pero sólo abren por la tarde. Pero en un par de horas llegarás sin problemas.

 

Estuve un buen rato conversando de cosechas y ganado. Se le veía satisfecho de su pueblo y de su gente. Me dirigió hacia un sendero estrecho que me ahorró tener que subir  por carretera.

 

El sendero atravesaba una finca con hermosas vacas marrones que pacían tranquilamente. Después se convertía en una trocha rodeada de vegetación que apenas permitía disfrutar del paisaje. Fue un kilómetro maravilloso inmerso entre la vegetación.

 

Cuando salí del sendero fui a parar a una pequeña carretera secundaria que me llevó hasta los Llanos de Somerón. Donde vi una hermosa ermita de piedra y un hórreo de maderas carcomidas que mantenía el sabor típico asturiano.

 

Eran la una y media cuando llegué a Puente de los Fierros contento y feliz por una etapa preciosa, que por sí sola bien merece ir a visitar el Salvador. Muchas veces nos limitamos a lo que nos dicen las guías y deberíamos perdernos por caminos diferentes mucho menos transitados.

 

Desde aquí fui hasta Campomanes por una carretera secundaria que recorre los pueblos de Fresnedo, Heros y Herias, ninguno de ellos con servicios. Llegué a Campomanes hambriento, eran casi las cuatro de la tarde y desde el alto de Pajares no había tomado nada, no había encontrado bares abiertos donde recuperar las fuerzas.

  

Vi un restaurante en la carretera donde estaban parados abundantes camiones y supuse, sin equivocarme, que se comería bien. Estaban a punto de cerrar el comedor pero me dieron una ensalada y una apetitosa fabada, no podía dejar de probar el plato insignia de Asturias. Con la barriga llena, casi a reventar, me senté en la terraza a dar cuenta de un café y un licor de hierbas que ayudara en la digestión.

 

Estuve hasta las cinco y media sentado disfrutando de un reposo merecido. Me costó un “Potosí” cargar la mochila y realizar los últimos kilómetros. Con pereza continué el camino por la antigua carretera, cada prado era una tentación de parada.

 

En una hora llegué a las estribaciones de Pola, se veían industrias, campos de fútbol, polideportivos, bares y tiendas. Después de dos días de vivir en pueblos pequeños esta me pareció muy grande.

  

Fui directamente al ayuntamiento y pregunté por el albergue. Me mandaron hacia la estación de tren, que enfrente estaba un centro cultural que tenían habilitado de albergue.

 

Hacia allí fui y me recibió el encargado del edificio que sin decirle nada me abrió la puerta y me dirigió a la segunda planta donde tenían habilitado el albergue. Era una amplia habitación con veinte literas bien separadas entre ellas, con servicios limpios y amplios. Este iba a ser mi lugar privado de descanso. Me parecieron unas instalaciones magníficas. El encargado me entregó la llave del edificio y de la habitación para que entrara y saliera cuando yo quisiera, no había horarios. Con gran amabilidad me enseñó el resto del centro cultural, había salas de actividades de pintura, costura, ordenadores, biblioteca y un amplio salón de actos.

 

Me maravillo la acogida y la confianza, desde las nueve de la noche hasta las ocho de la mañana todo el edificio iba a ser para mi solo.

  

En este espacio privado y un poco destartalado para mi, me duché y tumbé un buen rato para recuperar las fuerzas.

 

A las ocho de la noche salí a recorrer las calles llenas de gente en el paseo de la tarde. Los bares estaban llenos y no me privé de tomar una sidriña escanciándola como pude. La temperatura era buena y daba gusto pasear viendo las tiendas.

 

Estaba un poco triste por que a mi camino solo le quedaba el día siguiente. Había llamado al trabajo y me dijeron que pasado mañana tenía que estar en Madrid y el tren salía de Oviedo a las tres de la tarde. Así que cogería temprano el cercanías y estaría toda la mañana por la ciudad. Me juré a mi mismo que esta etapa que quedaba la realizaría como comienzo del Primitivo el próximo octubre.

 

A las diez y media de la noche me encontraba ya tumbado en la cama revisando mentalmente todas mis andanzas los últimos dieciocho días. Las imágenes de lugares y personas pasaban por mi cabeza. ¡Qué diferentes son las tierras de la Vía de la Plata y qué hermosas son! Cada una con sus peculiaridades pero siempre con gentes buenas que me han ayudado en todo tipo de situaciones. Pensé en las aglomeraciones de otros caminos y me alegré de poder haber realizado esta ruta en estado puro, donde el mercantilismo del peregrino se desconoce.

  

 

 


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19/01/2008 16:30 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Oviedo No hay comentarios. Comentar.

Mérida - Alcuescar

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Día  1 Mérida – Alcuéscar

  ¡Qué mal dormí! Al principio el calor y los nervios de la primera noche. Luego el chirrido de la puerta y la luz del recibidor cuando las peregrinas volvieron de una noche loca en Mérida. Más tarde los plásticos de los vascos madrugadores. Y por último algún que otro despertador.

  Decidí levantarme, intentando no hacer ruido. Saque todos mis bártulos de la habitación y me fui a la recepción. Eran las seis y media y estaba empezando a amanecer. Con la luz de las máquinas de café y bebidas me ajusté las botas por primera vez en el camino. Estaba impaciente y temeroso por comenzar. Era un camino nuevo que todo el mundo comentaba lo duro que resultaba. Hablaban de calor y soledades. Esto creaba un gusanillo en el estómago.  

Para desayunar cogí un café de la máquina y un buen trago de agua. Cuando estaba en estas salió de la habitación un peregrino que no había visto ayer.

 

-         Buenos días ¿Qué hora es?

 

-         Buenos días- Respondí intentando bajar al máximo la voz.- Son las siete. No te vi ayer. ¿De donde eres?

 

-         Claro, empiezo hoy. Llegué ayer a las once y media en el autobús que viene de Madrid. Perdona si ayer os molesté.

 

-         No te preocupes hubieron otros que metieron más ruido. Yo también soy de Madrid, y también vine ayer, pero en el autobús que salió a las 3 de la tarde.

 

Esta conversación se produjo mientras cargaba la mochila. ¡Puff! Aguantaré este castigo durante las próximas tres semanas.

 

-         Bueno, que tengas buen camino, seguro que luego no vemos.

 

-         Seguro. ¡Buen camino!.

 

Las luces de las farolas iluminaban las calles, aunque en el cielo se podía empezar a distinguir el azul mañanero entre nubes algodonosas. Preciosa postal del acueducto de los Milagros con un fondo celeste único del amanecer de estas tierras extremeñas. Era una mañana fresca y la vista del acueducto desde el parquecito un placer para los sentidos.

 

Tuve que dar una vuelta por las obras, en la salida de Mérida, no me gustó demasiado porque me encontré en algún momento perdido. No iba mal la cosa, no llevaba más de 1 kilómetro y ya había tenido que improvisar el recorrido. Pese a esta pérdida iba bien.

 

Enseguida cogí la carreterita secundaria que lleva a la presa de Proserpina. Sin ningún tráfico fui avanzando por el arcén observando los primeros prados y campos extremeños. En poco más de una hora llegué a las primeras casas de las urbanizaciones de Proserpina. Allí me recibieron unos perros ladrando con fiereza, menos mal que estaban tras unas vallas metálicas protectoras de mi integridad. Todos los chiringitos estaban cerrados y no fue posible parar a tomar un mísero café.

 

El reflejo de la luz solar sobre las aguas del pantano hacia un cuadro atrayente y seductor. Por la carretera secundaria seguí avanzando sin apenas cruzarme con vehículos, creo que fueron 2 en los más de ocho kilómetros.

 

Pasada la presa se continúa todavía tres kilómetros por asfalto, pero cada vez la civilización aparece más lejana y la naturaleza más fuerte. En todo el recorrido no faltan las flechas amarillas compañeras de viaje y andadura. Estas me llevarán hasta mi destino, Oviedo. Esta vez no quiero ir a ver al siervo, Santiago, sino al Señor, El Salvador.

 

Por fin una flecha me cambia de dirección y me introduce en un camino lleno de regatos de agua. Me pone feliz dejar el asfalto. Allí mismo aparece un cubo de piedra con azulejos laterales de colores y moldeado en lo alto la representación del Arco de Caparra atravesado por una línea amarilla. Me acerque a estudiar la representación y llegue a la conclusión que debía llevar la dirección de la línea amarilla. El significado de los azulejos no lo descubrí hasta varios días después. Curiosa y original señalización que tiene Extremadura que hace falta hacer un cursillo para interpretarlos, aunque reconozco que la estética no me desagrada aunque sea tan moderna y simbólica.

 

Pensando en estos cubos vi a un buen hombre con su gorro para el sol y su cayado. Estaba sentado en unas piedras a la sombra de una encina. Llevaba un cigarrillo de liar entre los labios. Cuando estuve a su altura me dijo:

-         Buenos días Peregrino. ¿Qué deprisa vas, si hoy no llegaras a Santiago?

 

-         Buenos días. Y tampoco llegaré mañana. Menos mal que ha acabado la carretera, me ha amargado un poco. Siempre prefiero los caminos de tierra, son mucho más frescos. Tampoco el paisaje de la urbanización me resulta muy agradable, aunque es maravilloso que una presa realizada en tiempo de los romanos siga en pie.

 

-         La verdad es que tienes razón. Piensa cuantos de nuestros edificios y carreteras se mantendrán en pie dentro dos mil años. Apostaría que ni la mitad de las que poseemos actualmente de tiempos romanos. Se construía de otra forma, los materiales eran diferentes y todo se hacía para perdurar en el tiempo. Hoy en día solo importa el momento.

 

-         Tiene razón vivimos en unos años de prisas y todo cuando se hace ya se piensa cuando debe caducar. Son los tiempos modernos. ¿Qué tal se vive por aquí?

 

-         Pues yo que ya estoy jubilado tranquilo aunque es una tierra dura y extremadamente bella cuando se le coge el truquillo. Hay que saber mirar y no solo ver. La naturaleza nos da siempre cosas bellas, pero no siempre sabemos distinguirlas. Parar y disfrutar de lo que nos pone delante proporciona grandes felicidades.

 

Me senté un rato a charlar con este filósofo extremeño. La edad da una perspectiva que muchas veces desaprovechamos por las prisas. Perdemos cantidad de cosas por no pararnos a disfrutar de lo que tenemos a mano.

 

Este buen hombre vivía en Carrascalejo y disfrutaba paseando por el campo antes que el sol calentara demasiado.

 

Diez minutos más tarde reemprendí el camino pensando en las palabras sabias de este hombre clarividente de la realidad.

 

Cuando terminé la cuesta una finca con ganado porcino de pata negra me enseñó esos bellos animales en su ambiente, rebozadicos en el barro. No pude dejar de pensar que en un año o poco más se convertirían en un manjar sublime.

Continué los dos kilómetros que me separaban del Carrascalejo observando las encinas. Ya en el pequeño pueblo no encontré a nadie hasta la salida. El pueblo era blanco y luminoso. Pasé por la puerta de la iglesia de la Consolación en la que destaca su torre. Estaba cerrada y no pude hacer la visita de rigor, esto es una constante en los caminos, las iglesias suelen estar cerradas excepto en las horas de oficios. Comprendo que los robos y ultrajes sean un gran problema para el patrimonio de las iglesias, pero creo que como casa de Dios deberían estar abiertas más horas para que sus hijos pudieran acudir cuando lo necesitaran.

 Otra vez por un camino paralelo a la N-630 se llega en poco rato a Aljucén. Aquí llegué a las once de la mañana y mi estómago reclamaba algo sólido, también mis piernas chillaban por un descanso. 

Encontré un bar enfrente de la iglesia renacentista de San Andrés. Era el único cliente y pedí un café, una tostada con aceite y un bocadillo de jamón para llevar.

 

Estando sentado desayunando, llegó David y un ciclista peregrino que venía desde Cádiz.

 

-         Mucha carretera tiene esta salida de Mérida. No me gusta nada pisar el asfalto. – dijo David mientras soltaba la mochila y pedía otra tostada.

 

-         Pues en la Plata hay demasiado recorrido por asfalto. No tanto en Extremadura como cuando se pasa de Salamanca. – Anunció el ciclista, era su cuarto camino por la Plata.- Este es un camino en muchos tramos sólo está pensado para ciclistas. Tanto por las distancias como por el asfalto.

 

Media hora estuvimos sentados descansando. El primero en salir fue el ciclista, que ya no volveríamos a ver.

 

Tranquilamente salí del pueblo solo, David quería terminar un segundo refresco. La salida se realiza por carretera durante dos kilómetros. Eran las doce de la mañana y el sol empezaba a calentar lo suyo. No me preocupé demasiado, llevaba las energías casi intactas y media bolsa de agua que consideré suficiente para llegar sin problemas hasta destino. ¡Qué ignorante era con la Plata en ese momento! 20 kilómetros al medio día y con solo litro y medio de agua.

 

Llegué hasta la gasolinera y las flechas me llevaron a un camino a la derecha. Iba con la cabeza puesta en mis recuerdos y de vez en cuando me detenía a contemplar la belleza de las encinas y de los primeros alcornoques. El campo estaba verde y lleno de flores que exultaban vida por todos lados. Múltiples cancelas tuve que abrir y cerrar.

 

El sol calentaba con fuerza y tuve que parar para echarme crema protectora, acababa de comenzar el camino y no era situación de achicharrarme el primer día.

 

En algún punto vi una señalización diferente, sobre unos palos de madera. Era la que correspondía con el Cordel de Gato. Esto parece una autopista, hay tres tipos de señales, las flechas amarillas, los cubos de la Junta de Extremadura y esta de corto recorrido. Todo un lujo para un camino que yo creía poco señalizado.

 

Cuando llevaba unas dos horas caminando desde Aljucén decidí parar a comerme el bocata y descansar un rato largo. El sol calentaba y necesitaba reposo. Encontré una buena sombra junto a una encina medio caída y para allá que fui. Apenas me desvié 15 metros del camino y le podía ver perfectamente.

 

Desenrollé la esterilla sobre la hierba y medio tumbado di cuenta del bocata. Estando en estas pasó David que quería parar más adelante. Pensé que él también valoraba la soledad para poder saborear estos bosques de encinas tan genuinamente mediterráneos.

 

Pensando en esto me fui recostando sobre la mochila y cayendo en una somnolencia maravillosa. La temperatura era ideal a la sombra y los pies me proporcionaban el placer de tenerlos liberados sobre la fresca hierba. Morfeo me agarró entre sus fuertes brazos y yo me dejé llevar a través del mundo de los sueños.

 

Me desperté a las cuatro de la tarde, estaba relajado y alejado de mi realidad diaria. Sólo habían pasado veinticuatro horas desde que cogí el autobús y lo veía distante en el tiempo. Me gustó la sensación y no quise reavivarla. Quería sólo sentir y conocer el momento, disfrutando de las cosas que me pudiera proporcionar el viaje.

 

Con cierta pereza empaqueté la esterilla y me puse las botas. No sin antes haber protestado los pies por volver a su cárcel. La verdad es que solo lo hicieron un instante, por que mi mente se centró en la belleza del encinar y olvidó todo lo demás.

 

El sol apretaba así que volví a embadurnarme de crema y me coloqué la bandana mojada al cuello, para evitar la insolación.

 

Vi que se acercaba un ciclista y me aparté del camino para dejarle el paso franco y cuando llegó a mi altura le dije el típico “buen camino” y ni siquiera me contestó o por lo menos yo no lo oí. No me molestó, pensé que gente mal educada hay en todos los sitios. También se me ocurrió pensar que a lo mejor se creía más poderoso por ir en un biciclo. Pero poco después, le vi pararse ante un cartel. Le alcancé y volví a decirle:

 

-         Buen camino

 

-         Buen camino.- Esta vez si que contestó- ¿Sabes por donde va el camino?

 

-         Pues depende a donde vayas. El mío continua por la derecha siguiendo la flechas amarillas. ¿Ves aquella sobre la valla?

 

-         Yo estoy siguiendo el Cordel del Gato.

 

-         Entonces no tienes que seguir las flechas y si las señales de corto recorrido.- Miré alrededor y en un camino que salía a la izquierda había una estaca con la señal. – Mira allí tienes una.

 

-         Gracias. ¿Estás haciendo el Camino de Santiago?

 

-         Bueno, estoy haciendo mi camino y en este momento coincide con el de Santiago. Mi destino está en Oviedo.

 

Me miró con cara rara y no pudo decir por menos:

 

-         ¡Pero eso está muy lejos! ¿cuántos días vas a tardar?

 

-         Bueno, como máximo tres semanas, pero no pienso en ello. Solo intento concentrarme en cada día. No te parezca tan admirable, durante siglos los hombres se han trasladado por la Vía de la Plata y lo hacían caminando. Piensa que la forma mejor de conocer las cosas es con calma, saboreando los momentos. En estos tiempos solo nos preocupa llegar deprisa y no nos detenemos en los detalles.

 

-         ¡Cuánto me gustaría hacerlo!- Ahora ya me miraba con mayor simpatía y hasta con un poquito de admiración.-

 

-         Tengo que continuar, que aquí al sol nos vamos a torrar. Buen camino.

 

-         Buen camino.- Me contestó alto y claro.

 

Sin más torcí por unas rodadas del camino de la derecha, mientras que él emprendía su ruta. Muchas veces las incomprensiones se solucionan con una pequeña charla.

 

Seguí disfrutando el paisaje y padeciendo el calor. Pero feliz por encontrarme por estos parajes que al poco se abrieron de árboles con dos praderas amplias y extensas. Pensé que tal vez fueran fruto de algún incendio del pasado. El tiempo para volver a crecer las encinas y los alcornoques debe ser grandísimo.

 

Palpé la bolsa del agua, a través de la mochila, y moté que estaba en las últimas y según mis cálculos todavía me quedaban siete kilómetros, por lo menos. Me agobié un poco.

 

Las praderas se acaban comenzando una zona de subida con arbolado. En una de las curvas apareció una cruz de piedra dedicada a un niño muerto. Una oración acudió a mi boca ya reseca. Pensé en parar un poco, pero ante la ausencia de líquido preferí continuar la ascensión.

 

Al poco aparecieron algunas casas de campo, todas ellas sin gente, y un poco después llegué al alto donde ya es distinguible el pueblo de Alcuéscar. El camino mejora notablemente y mi cabeza se alegró por la proximidad del descanso.

 

Aunque parece cerca todavía quedan más de tres kilómetros. A mitad de este trecho vi a la derecha una finca con un hombre con mono regando su huerta, no me lo pensé dos veces.

 

-         Buenas tardes.- Grité desde el camino.

 

-         Buenas tardes y muy calurosa para andar.- Respondió

 

-         Efectivamente el sol aprieta con ganas. ¿No tendrá un poco de agua?

 

-         Si, pasa la cancela y ve junto al chamizo.- Mientras que se acercaba a la pequeña caseta.

 

Abrí la cancela y avance hasta donde me dijo. Al llegar solté la mochila a la sombra mientras que él elevaba la cuerda de un pozo, donde sacó una botella puesta a refrescar.

 

Sin pensármelo dos veces le di un tiento que casi la dejo terciada.

 

-         Bebe despacio que te va a sentar mal. –Me dijo con voz de padre aconsejando a su hijo.

 

-         Iba seco. Al sol se nota la calorina de las horas caminadas.

 

Nos sentamos en un banco de madera desvencijado. El buen hombre se quitó el sombrero de paja mientras que con un pañuelo de tela arrugado se secaba la frente. Le ofrecí la botella y me dijo:

 

-         No termínatela, yo tengo más refrescándose.

 

-         Gracias, ya lo necesitaba. Me han engañado las distancias desde Aljucén.

 

-         En esta tierra hay que proveerse de agua por que las distancias son muy largas, y aunque parezca que a la sombra no hace mucho calor, cuando te da el sol toda es poca.

 

Estuvimos veinte minutos charlando de lo que cultivaba y me dijo que lo hacía más por que era lo que había hecho toda su vida que por el fruto. Estaba retirado y vivía en Mérida con su hija, pero todas los días venía a dar una vuelta y regar.

 

-         Esos tomates y lechugas si que tienen sabor, no los que estáis acostumbrados a tomar en las ciudades.

 

Sin más se fue directo hacia una tomatera, cortó dos tomates maduros y un poco deformes.

 

-         Toma para que sepas el buen sabor que tienen.- Me los ofreció con sus manos fuertes, duras y ásperas por muchos años de trabajo.

 

-         Muchas gracias, seguro que son fantásticos.

 

Simpático campesino que me acogió dándome lo que necesitaba, agua y agradable charla. No se que me pasa, pero siempre en el camino Santi me proporciona regalos cuando lo necesito.

 

Tras despedirme continué mi camino. Un kilómetro más adelante vi que las flechas se dirigían hacia el centro del pueblo pero un caminito a la izquierda iba hacia la carretera y que al final de esta se veía un edificio con una especie de torre, supuse que era el albergue que buscaba. Sin dudarlo, hacia él me dirigí. Efectivamente en un cuarto de hora me encontraba entrando en el mismo.

 

Entré por la puerta principal compuesta de tres arcos de ladrillo que dan paso a una especie de plaza presidida por un cruceiro con una cruz. Me dirigí hacia el edificio principal. Allí estaban sentadas varias personas que sin que llegara a preguntarles me dirigieron hacia la puerta.

 

La puerta da paso a un patio con sabor andaluz.

 

-         Buenas tardes peregrino. Sube por la escalera de la derecha que el albergue está en la tercera planta.- Me dijo un hermano vestido con sotana.

 

El patio estaba rodeado de pasillos amplios llenos de puertas. Subí las escaleras empinadas con u notable esfuerzo. Llegué a la tercera planta y presidiendo estaba una Virgen y a la derecha un pasillo. Por él llegue a un salón donde me espera una señora sonriente y para mi conocida. Pero en ese primer momento no la encaje en mis recuerdos.

 

-         Buenas tardes peregrino. Suelta la mochila y siéntate que ya has llegado a destino.- Me dijo con infinita dulzura. Su voz tenía un fuerte acento vasco.

 

Solté los bártulos y más que sentarme me derrumbé sobre un sillón. Mientras ella me llenó un gran vaso de agua y me acercó una naranja.

 

-         Toma que pareces reseco.

 

-         Muchas gracias. Vengo seco.

 

Sin más di cuenta del líquido. Mientras tanto mi cabeza buscaba en el recuerdo y no lograba encajar esa cara y esa voz, pero no dudaba que era conocida.

 

-         Este es un camino precioso, pero las distancias son muy grandes y el agua más bien escasa. ¿De donde vienes hoy?

 

-         Desde Mérida y es el primer día. Esperaba que con litro y medio podría hacer estos últimos kilómetros y creo que me he quedado un poco escaso.

 

-         Este camino es muy diferente al Francés, hay muchos menos servicios y el sol calienta mucho más.

 

-         Perdona, tu cara me resulta familiar pero no consigo encajarla. ¿Cómo te llamas? ¿Has estado en algún albergue del Francés?.- No aguantaba más la curiosidad.

 

-         Me llamo Nekune y seguramente me conoces de Grañón o de Arrés. Han sido muchos años ejerciendo de hospitaleros voluntarios.

 

Eso es, se iluminaron mis ojos al terminar de localizarla.

 

-         Mi camino aragonés, cuando la inauguración del albergue de Arrés. Me acuerdo de una paella fantástica. Tu estabas allí, con el padre Ignacio y un grupo grande de hospitaleros. Tengo un recuerdo maravilloso de ese día en mi primer caminito.

 

-         Efectivamente, fuimos a la inauguración, junto con otros 10 o 15 personas. Yo no hice la paella pero si unas tortillas.

 

Recordé con ella ese día fantástico y la acogida maravillosa que tiene ese albergue. Me contó que su marido, Josemari, era el artista que hacía los letreros de madera que presidían la puerta del albergue.

 

El albergue tiene ocho o diez celdas y una habitación con quince literas. A mi me dio una celda individual.

 

-         A los que vienen andando hay que proporcionarles la tranquilidad que les permita dormir y recuperar fuerzas. - A todos los peregrinos esa noche nos dieron celdas, sólo fuimos 6 peregrinos a pie, a dos de ellos no volví a verlos, y cuatro con bicis.

 

Me contó la maravillosa labor que hacen los hermanos por los pobres y los más desvalidos. Había más de cincuenta enfermos que cuidan y amparan, sin pedir nada a cambio. También dan formación gratuita a chavales sin medios. Esta labor la realizan gracias a la Caridad, que es su único sustento para los enfermos y los niños que amparan, protegen y educan. Me contó que nunca han pedido ayuda oficial pero que siempre hay gente dispuesta a aportar para cubrir sus necesidades. Una obra fantástica del padre fundador (Ver anexo I). Sueño de un hombre entregado a la causa hasta su muerte.

 

Después de la charla marché a la habitación para la ducha de rigor y poder descansar un rato. Esta tenía una cama de 80 con un pequeño lavabo y un ventanuco. Era todo sencillo pero limpio y suficiente para mi.

 

A las siete y media decidí dar una vuelta por el pueblo. Es un pueblo blanco de calles estrechas, empinadas y, sobre todo, blancas. La gente se quedaba mirando al pasar y daban las buenas tardes. Sin darme cuenta fui ascendiendo hasta la ermita del Calvario. Pequeña ermita blanca y circular, con un pequeño cimborrio en la parte alta. Las vistas del valle son fantásticas desde ese lugar. El esfuerzo de la subida bien vale por la belleza del paraje.

 

Cuando llegue Nekune me cogió del brazo y me llevó hasta la iglesia. Esta es muy humilde pero muy curiosa. Nada más entrar esta la tumba del padre fundador con una lápida negra. Este templo se construyó con ladrillos vistos aparentando las paredes de un castillo donde orar a Dios desde el recogimiento. Allí nos reunimos los peregrinos para recibir la bendición antes de pasar a cenar. Fue muy entrañable y no pude dejar de recordar la bendición recibida en Roncesvalles en anteriores caminos.

A las nueve era la cena comunitaria, los hermanos comparten la cena con los peregrinos sin pedir nada a cambio. Nos juntamos doce personas alrededor de la mesa alargada, seis peregrinos a pie, David, José Manuel, Crispín , y dos alemanes que no había visto caminando ni volvería a ver,  2 parejas de ciclistas y los dos hospitaleros. La cena fue abundante y sabrosa.

 

Terminada la cena se acercaron dos de los hermanos y nos comunicaron que esa noche había un concierto de un tenor en la basílica de Santa Lucía del Trampal, que era una ermita que se encontraba a 6 kilómetros del pueblo, qué si queríamos ir. Nos llevarían en coche y que como mucho a las 12 estaríamos de vuelta.

 

¡Qué sorpresa! No podía perder esa ocasión. En el camino no hay que perder ninguna oportunidad que se presente de conocer cosas nuevas. Solo nos apuntamos David, José Mari (el hospitalero), dos ciclistas y yo.

 

Nos repartimos entre el coche de José Mari y la furgoneta de uno de los hermanos. También fueron tres alegres novicios.

 

Santa Lucía es una basílica visigoda construida sobre un santuario pagano previo, de tiempo de los romanos. Es única en el sur de España. Es una iglesia con tres naves muy estrechas, de las cuales solo una se mantiene en pie.

 

La nave que se mantiene en pie estaba repleta de gente ya escuchando al tenor del pueblo que era acompañado por una pianista. La sonoridad del lugar era magnífica y las romanzas resonaban de forma espectacular sobre esas piedras de nuestra de la historia.

 

A las doce de la noche ya estábamos de vuelta. Sobre la cama los hospitaleros nos habían dejado una hermosa cruz Tau, hecha con sus manos, una muestra más de cariño.

 

Repasando las incidencias del día, dormido me quedé, en aquella celda llena de amor y con la cabeza llena de Plata.

19/01/2008 14:16 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Badajoz No hay comentarios. Comentar.

Pola de Lena - Oviedo

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Día 20 - Pola de Lena -  Oviedo

 

Dormí profundamente en un edificio entero entregado a este pobre peregrino. Las ventanas sin cortinas reflejaban la luz de las farolas de la calle. Tuve que centrarme para saber donde me encontraba. Me pareció un desperdicio tanto espacio para mi solo y sentí un poco la soledad y el fresco de la mañana. Hoy continuaba el camino que había dejado a medias en junio, y antes de emprender el Primitivo no quería dejar inacabado la ruta iniciada.

 

Estaba fuerte y con muchas ansias de ponerme a caminar. Desde el saco vi que era de todavía de noche. Aproveché para recordar las etapas de este sueño que había comenzado en febrero viendo lo que escribían los foreros sobre la Vía de la Plata.

 

En junio lo tuve que dejar a una sola etapa del destino y hoy culminaría el camino. Nunca me ha gustado dejar las cosas a medias y esta era una pequeña espinita. He estado durante una semana con mis sobrinos haciendo los últimos kilómetros desde Sarriá y teniendo días todavía marché a completar la Plata y realizar el Primitivo. Me sentía preparado y curtido después de unos días caminando, aunque el ritmo fuera distinto al mío, pero suficiente para que las piernas se fueran enterando de lo que les esperaba.

 

Me levanté con ganas, y tras arreglar la mochila me puse la cárcel de mis píes, que son las botas. Estas están viejas pero todavía aguantan, aunque de su goretex inicial no les queda nada. Espero no tener muchos días de agua.

 

Salí de la habitación albergue del centro cultural de Pola de Lena con una inmensas ganas de patear los kilómetros que me separaban de Oviedo.

 

Las calles estaban vacías y poca gente se movía. Como primera obligación fue buscar un lugar donde desayunar. Estaba todavía oscuro y no tardé mucho en entrar en un local lleno de trabajadores que me miraban un bicho raro. Este suceso se repite periódicamente cada vez que paro en un lugar con poca tradición peregrina.

 

Con el estómago entonado marché hacia la salida del pueblo siguiendo las flechas amarillas. El río estaba rodeado de un halo de niebla que le hacía misterioso. El valle se iba abriendo poco a poco. Caminaba por una carretera secundaria que llevaba primero a Vega y algo después a Ujo. Fueron unos siete kilómetros caminando por el arcén de una carretera segundaria con poco tráfico. Me entretuve mirando el paisaje y como levantaba la niebla matutina. Era hermoso el día.

 

Llegado a Ujo se toma un camino peatonal asfaltado al lado del río, fui acompañado con paseantes matutinos. Muy agradable recorrido.

 

Llegada a la estación de cercanías de Mieres paré a tomar un segundo desayuno. El bar de la estación estaba lleno de gente que esperaba el tren que les llevara a su destino. Tomé un agradable café con un bollo. Llevaba casi tres horas andando y me apetecía una pequeña parada. No llegué a sentarme pero soltar la mochila un rato me satisfizo.

 

De aquí emprendí el recorrido por las calles de Mieres sin apenas señales. Tuve que preguntar en un edificio municipal que sirvió para que me guiaran hacia la iglesia de San Juan y poco después a la plaza del escanciador donde volví a divisar las flechas.

 

El tráfico era abundante y me encontraba un poco desubicado. Aceleré el paso para volver a la soledad del monte. Seguí la calle Oñón hasta una plaza que me dirigió a Rebollada por una carreterita secundaria con una buena cuesta, la primera del día aunque no sería la última.

 

Poco a poco ascendía y contemplaba la vega con la autovía al fondo. Era una mezcla de paisaje rural e industrial, que no me terminaba de agradar. La visión de Mieres desde la altura me permitió intuir el recorrido que había llevado. Pasado Rebollada continué ascendiendo durante hora y pico hasta que llegué a El Padrún donde en un bar hice una parada más larga. Eran las doce y media de la mañana y tenía merecido un descanso. Con una ración de jamón y dos coca colas reposé los píes. Desde Mieres la ascensión había sido continua, casi dos horas de sudada.

 

El día era espléndido y la sudadera sobraba. Desde aquí emprendí una bajada preciosa por un camino fantástico rodeado de prados, castaños y fresnos, incluso llegué a ver algunos preciosos acebos. Esto duró hasta llegar a Olloniedo. Eran sobre la una y media de la tarde y no me apetecía parar a comer, todavía tenía el buen gusto del jamón en la boca.

 

Atravesé la población y el río para meterme de nuevo en una cuesta fuerte a través de un paseo ecológico. Agradable zona con rutas señaladas. Su único problema es un ascenso que quita el fuelle de los pulmones.

 

Al final termina en una carreterita secundaria con unos preciosos prados asturianos. Antes de Manjoya me despisté con una flecha y recorrí un par de kilómetros antes de darme cuenta que estaba perdido. Tuve que retroceder con un fuerte enfado. Empezaba a estar cansado y un poco aburrido de tanto subir y bajar. Desde Mieres no hay ni cien metros que sean llanos.

 

El calor empezaba a ser considerable y la bolsa de agua que solo había llenado la mitad empezaba a escasear. Aquí vi a un obrero arreglando un hórreo no pudiendo resistirme a solicitarle un poco de agua.

 

Amablemente dejó su tarea y me tendió una botella. Me explicó había adquirido la finca hacía un par de años y que desde entonces cada vez que podía trabajaba en la restauración de la casa y del hórreo. Fueron diez minutos de agradable charla.

 

Desde aquí ya queda poco. Apenas seis kilómetros en bajada. Llegué a la ciudad en una fuerte bajada que terminó en las calles del centro.

 

Volví a parar a tomar un café, sabía que hasta las siete no abrían el albergue. Recorrí las calles peatonales del centro pasando por el Ayuntamiento y la Catedral. Entré en la misma a sellar y a visitar El Salvador. Tuve una sensación de inmensa alegría de ver esta escultura policromada que había sido el objeto de la peregrinación desde Mérida.

 

Me senté en un banco de la catedral a meditar y reposar las piernas. Estas las tenía cargadas, treinta y tantos kilómetros de cuestas y repechos. Pero no importaba, había conseguido culminar mi andadura.

 

Después visité el museo y me maravillé con las reliquias guardadas, aunque ninguna más importante para mi que la escultura de madera que da nombre a la catedral.

 

Luego marché a recorrer las calles peatonales y el museo de pintura de Asturias. Este me pareció fantástico pese al cansancio que llevaba. Estuve cerca de hora y media recorriendo salas y más salas de cuadros y esculturas. Hubo un momento que me sorprendí pensando que hacía un peregrino caminando entre tantas obras de arte. Aconsejo su visita.

 

Sobre las seis y media me acerqué al albergue con la suerte que en ese momento se abría. Me recibieron a cuerpo de rey y me aconsejaron sobre la mejor ruta de salida para el día siguiente.

 

Para mi sorpresa había unos diez peregrinos más que o bien empezaban hoy o estaban realizando el camino del Norte. Esto era una novedad, encontrar otros peregrinos y en esa abundancia.

 

Con una pareja entable conversación y me contaron lo duro de la ruta y el constante sube y baja de los caminos. Como confidencia me dijeron que llevaban dos o tres días cogiendo el autobús porque las piernas las tenían muy cargadas. Cuando les explique que mi camino se había iniciado en Mérida y que había atravesado el Pajares se quedaron maravillados.

 

También coincidí con un argentino que hoy empezaba el camino y que pensaba hacer el Primitivo. Me dio alegría y le dije que nos iríamos viendo. En ese supuse que mi Primitivo iba a ser acompañado, que engañado estaba pero ya lo descubriré cuando le describa.

 

Sentía que hoy terminaba un camino y mañana iniciaba otro, estaba feliz por la sensación.

 

Como resumen puedo decir que  Mérida – Oviedo es un recorrido fantástico y digno de ser recorrido. No me molestaría repetirlo, había cumplido todas mis expectativas de belleza, tranquilidad y paz.

 

Aquí se acaba un recorrido pero se inicia otro en mi cabeza y corazón. Para todos Buen Camino y, sobre todo, Paz y Amor.


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19/01/2008 16:36 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Oviedo No hay comentarios. Comentar.

Alcuescar - Cáceres

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Día  2 Alcuéscar – Cáceres.

 

Habíamos pactado levantarnos a las seis y media, el hospitalero tenía que levantarse para abrirnos. Para mi era muy temprano, pero como nuestros compañeros vascos querían salir temprano, ajustamos nuestros horarios.

 

Estos amigos habían empezado en Sevilla. Les gustaba salir a las cinco de la mañana para evitar el calor. Salían con linternas intentando descubrir las flechas. Ambos eran jubilados. Crispín, el mayor, es un atleta, había realizado varias maratones, la última hacía dos años, ahora tenía setenta y cinco años. Cuando le conocí tenía problemas en la espalda, una lumbalgia, pero tenía tanta ilusión por llegar a Santiago que pese al dolor seguía  caminando, y puedo jurar que a un ritmo que era difícil de seguir. Era repetidor de la Plata y le gustaba parar en los sitios conocidos.

 

El otro, José Manuel, tendría unos sesenta y tres años y también andaba muy fuerte. Había empezado a caminar tres horas diarias desde que le jubilaran, hacía dos años. El año pasado había hecho el Francés y le había gustado tanto que no dudo en hacer la Plata con su amigo.

 

Ambos tenían fuertes creencias religiosas. Todos los días rezaban el rosario y recitaban la bendición del peregrino mientras caminaban.

 

Les conocí en el albergue de Mérida y se quejaban de las soledades. Estaban acostumbrados a tener compañeros de andanzas en los albergues y aquí tuvieron que aguantar muchos días de soledades. Creían que este camino no debía hacerse sólo y me lo reprendieron muchas veces, e intentaron en muchas ocasiones que fuera con ellos a su ritmo. A mi me apetecía la soledad y no creo que sea tan peligroso, si se tienen los cuidados adecuados y no se hacen locuras.

 

Ellos fueron los primeros que vi en Mérida y los acompañé hasta Astorga, donde nuestros caminos se separaron, pero quedaron en mi recuerdo para siempre.

 

Juntos bajamos a la puerta, donde el hospitalero, Josemari nos esperaba con una sonrisa y una manzana. ¡Qué gran pareja y que maravillosa entrega! Rezumaban cariño hacia los peregrinos, vivían pensando en ellos. En invierno haciendo cruces y cuadros de madera para los albergues.

Se notaba el amor que se tenían y la mano femenina de Nekane, que reprendía con ternura a Josemari. Difíciles de olvidar estos maravillosos hospitaleros que nos mimaron durante unas horas, haciendo un hogar de un albergue ya de por si cálido, donde el amor se palpe en cada uno de sus rincones.

 

Salimos juntos los vascos y yo, no se veía nada, y las flechas costaba distinguirlas, pero pese a ello ibamos deprisa. Estuve en varias ocasiones a punto de darme un mamporro contra el suelo, no veía las raíces y las piedras que salpicaban el suelo.

 

La parte buena fue que ese día pude vivir un maravilloso amanecer. El cielo fue cambiando de color poco a poco. Fue desde el negro hasta u azul clarito de forma suave mientras que oíamos los pájaros empezar a revolotear buscando su comida.

 

Se vio como el sol se abría paso entre las tinieblas lentamente. Primero un resplandor y al final un sol rojizo y enorme se recortó sobre el horizonte.

 

Hasta Casar de San Antonio pasamos por unas hermosas dehesas de ganado vacuno. Preciosos encinares servían de cobijo a estos fabulosos animales que nos miraban al pasar intentando descubrir nuestras intenciones. Muy bella postal de Extremadura. Mis compañeros tenían obsesión por llegar pronto, no les gustaba saborear el entorno. Eran como atletas en una competición. De buena gana me hubiera parado un rato a saborear el aire.

 

En Casar pasamos por el puente romano sobre el río. No me quedó más remedio que pensar en cuantas legiones transitarían entre las piedras que pisábamos. ¿cómo serían vistos por los habitantes de estos pueblos?

 

Pensé que quizás estarían mal vistos como aquellos conquistadores que utilizan la fuerza para imponer su voluntad. El paisaje sería más agreste y con más bosques de encinas y alcornoques. Los animales abundarían y la caza sería una necesidad para subsistir. 

 

No entramos en el pueblo y en vez de seguir el camino decidieron ir por la carretera. No entendía ese afán por llegar y no saber parar a disfrutar. El arcén para mi era muy duro e incómodo pese a que no pasaron muchos coches, era domingo.

 

Aquí no me atreví a revelarme y me adapté a los gustos de mis compañeros, aunque me reventara seguir por la N-630. Sobretodo porque había recorrido donde evitarlo.

 

Ante mis compañeros silenciosos, mi cabeza empezó a volar libremente por los recuerdos de anteriores caminos. Recordé mis andanzas por el aragonés y la gente que conocí, ya hace seis años. ¡Qué amistad más fuerte en tan pocos días! No he vuelto a saber nada de ellos pero les sigo considerando amigos.

 

En el camino pasa con frecuencia que vives momentos muy intensos con personas que luego no vuelves a ver. Normalmente es la distancia y la dejadez. La amistad es un pequeño animal que nace dentro de nosotros y que requiere ser alimentado para que perdure. Normalmente somos muy vagos para mantener el vínculo. Somos presas del momento y nos cuesta dedicar el tiempo necesario a quienes no están en el presente. Para mi revivir los momentos felices me levanta la moral y me hace muy feliz. Seré un romántico.

 

El paisaje se abrió de árboles y el sol fue calentando con fuerza, poco a poco pero sin parón. Era un paisaje más civilizado donde los cereales y viñedos se abrían paso.

 

Sobre las nueve y media llegamos a Aldea del Cano. Pasamos una gasolinera y poco después un cruce donde un bar de carretera nos recibió. Estaba cerrado y preguntamos a una señora de una casa cercana.

 

-         Abrimos en diez minutos, los domingos lo hacemos más tarde, no suele haber clientela. Esperar un momento si queréis desayunar.

 

Así lo hicimos, soltamos prestos las mochilas y nos sentamos en la escalera de subida al bar.

 

Ya necesitaba una parada. Según mis cálculos habíamos hecho dieciséis kilómetros en tres horas. Para mi demasiado deprisa, pero bueno hay días para todo y hoy tocaba esto.

 

Efectivamente abrió al poco rato y pudimos tomar un café con tostadas y un excelente chorretón de aceite. Crispín y yo dimos buena cuenta de la comida pero José Manuel prefería no tomar nada, decía que luego sentía pesadez de estómago. A José Manuel le molestaba especialmente las paradas. Decía que se quedaba frío y luego le costaba arrancar, doliéndole las rodillas. Yo prefiero parar cuando se pueda para capturar el espíritu del lugar. Para mi el camino representa descubrimiento de paisajes, lugares y personas. Esto requiere tiempo de observación y pocas prisas por llegar, da igual que al albergue se llegue a las dos o a las seis, lo importante es empaparse con los aromas, colores y sabores de lo que nos rodea. Me hace gracia ver a peregrinos aburridos en pueblos pequeños

 

 

Hoy no me importó acelerar pues sabía que mi destino era una ciudad con suficiente historia y belleza como para dedicarla toda una tarde. Se que es poco para conocer Cáceres pero seguro que volveré a visitarla con más profundidad en otra ocasión.

 

Mis amigos no querían llegar a ellas, les preocupaba más tener albergue, y se quedarían en Valdesalor, me parecía un desperdicio pero cada uno hace el camino a su manera.

 

Con el estómago satisfecho volvimos a caminar enfocando los pasos a la carretera. Ya más contentos mis compañeros soltaron la lengua y hablaron de sus familias e inquietudes. Es curioso como en la ruta se desatan los pensamientos y las palabras. Es más fácil comentar nuestros anhelos e inquietudes con extraños durante el esfuerzo. Quizás sea una reacción ante gente que comparte esfuerzo y sufrimiento.

 

Me contaron cosas de sus familias, con especial ahínco y alegría cuando hablaban de sus nietos, y de los que fueran sus trabajos. Estos les producían añoranza, había sido su vida durante muchos años y, ya jubilados, los echaban de menos. Se les veían los ojos iluminados cuando recordaban los momentos de esfuerzo y se sentían orgullosos hablando de lo importante de su empresa.

 

A mi me pasa lo contrario, prefiero olvidar el trabajo, quizás sea por que me quedan muchos años de seguir activo, o porque su trabajo era con las manos y el mío no.

 

Pasamos cerca de un aeródromo y pudimos observar algunas avionetas en su vuelo.

 

El calor seguía aumentando y las sombras brillaban por su ausencia. El ritmo seguía vivo.

 

Cuando no quería escucharles me retrasaba unos metros y así me aislaba. Pasamos cerca de un castillo convertido a negocio hotelero. Piedras con historia que se utilizan para lucrar las arcas de unos pocos, no me gusta que el patrimonio artístico-histórico sirva para enriquecer las bolsas de particulares. Creo en restaurarlos y hacerlos propiedad de todos.

 

Sobre las doce y media llegamos a Valdesalor. Un pueblo nuevo, creado durante los planes de desarrollo de los años sesenta. Como referencia, para los que seáis de Madrid, pensar en la Ciudad Pegaso. Su estructura y el tipo de casa era artificial. Sus calles paralelas y uniformes. En definitiva, un pueblo feo al lado de una carretera. Los problemas de población son los mismo que aquellos mayores. Cubrió una necesidad en un momento y ahora los motivos que le crearon han desaparecido, dejando una mole en la solana.

 

El centro del pueblo está presidido por una gran plaza abierta por el frente a la carretera nacional. En esta se encuentra el ayuntamiento, la Iglesia y el ambulatorio. El resto, son calles simétricas con sus casas pintadas de blanco. Parecían pabellones de cuarteles.

 

Entramos en un barecito que lo estaban limpiando y no pudimos tomar ni una cerveza. Mis compañeros se quedaban definitivamente aquí y se dirigieron a buscar la llave a casa de la encargada. Yo aproveché para descansar en la única sombra disponible, la parada del autobús.

 

Me descalcé y los masajeé en profundidad, el asfalto los había calentado demasiado y me daba miedo que me fueran a salir ampollas.

 

¡Qué placer cuando te quitas las botas y los calcetines después de una marcha! ¡Qué alivio y gusto!

 

Al poco oí:

 

-         Buen Camino peregrino.- Era Daniel que venía por el camino, también sediento.- ¿Qué haces ahí?

 

-         Descansando mientras vienen los vascos. Tengo los pies refritos. Hemos venido por la carretera y creo que nos hemos equivocado. ¿Qué tal por el camino?

 

-         Mucho calor también, aunque reconozco que menos que por el asfalto. En la pista de aterrizaje he perdido la ruta durante un rato. Menos mal que un obrero me ha dado la dirección correcta.

 

Se sentó conmigo mientras que volvían los compañeros.

 

-         A mi quitarme las botas no me gusta. Se me hinchan los pies y luego me duelen cuando vuelvo a encerrarlos.

 

-         Eso creía yo en mis primeros Caminos pero he descubierto, que mis pies bien aireados y con calcetines secos descansan más. Inclusive, cuando puedo, si los baños en agua fría un rato, dejándolos secar bien al aire me responden como si empezara de nuevo. De todas formas he aprendido que cada persona es un mundo en esto de los pies.

 

En estas llegaron nuestros amigos con la llave que les daba acceso al pequeño albergue. Me comentaron que un poco más adelante había una gasolinera con un restaurante abierto. Ellos se iban a duchar y luego tomarían allí el aperitivo.

 

Me calcé y nos despedimos, no sabíamos si el camino nos volvería a juntar. Pese al poco tiempo, me entristeció perder de vista a dos de los pocos peregrinos de la plata.

 

David y yo marchamos por un camino polvoriento de tierra durante un kilómetro, hasta el restaurante Oasis.

 

Era la una aproximadamente y necesitábamos comer algo y descansar un rato, la parada en Valdesalor había sido muy corta.

 

Un pincho de tortilla con poco huevo y muy reseca junto con una botella de agua grande nos sirvió para descansar durante media hora.

 

El nombre era muy adecuado, el sol calentaba y el paisaje era árido. Desde aquí se podía ver la carretera ascendiendo, y dedujimos, sin equivocarnos, que el camino iría paralelo a él.

 

Salí un poco antes que David, enseguida se cruza la nacional por un paso elevado y se entra en un camino ascendente hasta el Puerto de las Camellas. El calor era fuerte y una especie de calima nublaba el paisaje. Tuve que recurrir a mojar el pañuelo y colocármelo en la nuca. La subida se hacía pesada en el final de la etapa aunque pese a todo estaba contento. Llevaba dos días y estaba disfrutando de Extremadura en estado puro.

 

Esta elevación se va cerrando en una pequeña vaguada y se cruza de nuevo la carretera para subir por una pequeña torrentera. De vez en cuando miraba para atrás disfrutando del horizonte que había pasado en la mañana. Era hermoso el panorama todavía verde de una primavera tardía. La subida se hace un poco agobiante hacia el final, más por el calor que por la ascensión.

 

David con sus piernas largas me alcanzó y superó con facilidad. No me apetecía conversación. Quería escuchar el sonido de mis pensamientos y del entorno que me rodeaba. A él le debía pasar lo mismo pues no bajo el ritmo de su paso largo. En el alto unas instalaciones militares dieron paso a la visión de Cáceres. La entrada a la ciudad se hace de forma cómoda a diferencia de otras ciudades.

 

Un kilómetro antes de llegar a las calles alcancé a David, que había hecho una pequeña parada.

 

-         ¿Dónde vas a dormir hoy?.- Me preguntó.

-         No se, seguramente en algún hostal del centro. Creo que no hay albergue.

-         A mi me vienen a buscar unos amigos y dormiré en su casa. Si quieres vente y seguro que tienen algún lugar donde puedas dormir, son gente muy agradable.

-         Gracias pero prefiero ir a mi aire. Me gustaría visitar la ciudad tranquilamente y no tener que estar pendiente de nadie. Estoy haciendo el camino para encontrar mis sentimiento y descubrir lugares. No me apetece depender de nadie. Pero de todas formas muchísimas gracias.

 

Cuando llegamos a las primeras calles llamó por teléfono y quedaron junto a la nacional. Se quedó esperando y yo continué hacia el centro. Pasé junto a un hospital y un juzgado en una bajada larga, hasta que se presentó ante mí la subida al centro de la ciudad.

 

Me hospedé en un pequeño hotel junto a la figura realista de una repartidora de periódicos. Curiosa imagen con fuerte carga romántica.

 

Subí a la habitación y descargué los bártulos. Eran las cuatro y media de la tarde y se hizo inevitable la siesta reparadora. También realicé la primera colada con el jabón de olor del hotel, mañana olería la ropa a jabón de la Toja.

 

Me quedé dormido pensando en el camino ya hecho. Según mis cálculos unos setenta y tres kilómetros en dos días y no estaba especialmente cansado. Había habido variedad en tan poco tiempo. Historia romana en Mérida, encuentro con la naturaleza en el cordel del Gato, sentido de la hospitalidad en el albergue de Alcuéscar, concierto de música en una iglesia visigoda, primeras vacadas de bravos, compañeros de camino, y sobre todo,  contacto con una naturaleza dura y bella que llenaba de paz mi interior.

 

A las seis me desperté y me preparé para una visita de la ciudad. Recorrí su casco antiguo con tranquilidad, como un turista más. Llegué a la plaza grande y esplendorosa donde destacaban sus soportales llenos de terrazas y la muralla que daba acceso a la parte más antigua. Recorrí sus calles peatonales acompañado del rumor que producían las cigüeñas, muy abundantes en todos sus campanarios y torres. Tuve la suerte de topar con el centro de interpretación, y por medio de una película en tres dimensiones me contaron y mostraron la historia de la ciudad.

 

El protagonista era un simpático dragón volador que recorría las calles contando la historia de cada uno de los edificios.

 

De aquí, me dirigí a la Iglesia de Santiago, fuera de la zona amurallada. Estaba cerrada pero paré un rato sentado en un banco observando la vida que se movía con fuerza.

 

Más tarde, pregunté por la Plaza de Toros, era la salida para mañana. Entablé conversación con un caballero que se identificó como peregrino y me adelantó el recorrido de los próximos días. Se le notaba el entusiasmo de poder hablar del Camino que había hecho en varias ocasiones.

 

Una vez identificada la salida de mañana, volví a la plaza Mayor donde me senté a tomar una cerveza en una de las terrazas. Disfruté del paseo tranquilo de las familias un domingo por la tarde.

 

La paz llenaba mi corazón sintiéndome un observador de todas las cosas que sucedían a mi alrededor. Terminé la tarde con una opípara cena con migas y cordero asado, acompañado de un fuerte vino.

 

A las once ya me encontraba en la habitación dispuesto a descansar lo máximo posible, mañana me esperaban treinta kilómetros y nuevos paisajes y sentimientos.

 

Estaba en paz conmigo mismo y con el mundo.



19/01/2008 15:04 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Cáceres No hay comentarios. Comentar.

Cáceres - Embalse de Alcántara

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Día 3 Cáceres - Embalse de Alcántara.

 Dormí profundamente soñando con el camino. Recorría veredas y trochas acompañado de mis amigos y de recuerdos de mi vida, como una película, solo que era yo él que se movía y el resto permanecía estático en los bordes. Todos me animaban a continuar jaleando todos mis pasos.

 

Se entremezclaban caras, paisajes y momentos con lugares, cielos azules y amaneceres radiantes. La mochila no pesaba y los pies se movían ágiles y presurosos, sin ningún sentido de dolor.

 

Las sonrisas presidían en todo momento el marchar. Me desperté feliz intentando retener cada momento del sueño para poderlo recordar cuando estuviera cansado y desanimado.

Miré al reloj y vi las seis menos cuarto. Tenía tantas ganas de volver al camino que me levanté y empecé a recoger la ropa seca, metiéndola en la mochila. Todavía estaba un poco organizada.

Dejé la habitación intentando no meter ruido, como si fuera un albergue y pudiera despertar a algún peregrino. Pregunté en recepción por algún lugar donde desayunar.

 

-         A estas horas pocos sitios hay, pero en la calle paralela hay una churrería que abre muy temprano- Me respondió un recepcionista somnoliento.

 

Hacia allí me dirigí. Todavía estaba oscuro y muy pocos paseantes estaban por las calles, y estos tenían cara de lunes, ojos cansados y pasos rápidos que se dirigían a sus trabajos. Un barrendero ajustaba la manguera para regar la calle. Me acerqué a él le pregunté por el bar. Con gran amabilidad dejó la manguera y me acompañó hasta la esquina, para que no me perdiera.

 

La churrería estaba llena de humo de aceite, y el olor a porras y churros era profundo. Pedí una ración de calentitos y un café con leche. Me senté en una mesa y tranquilamente di cuenta del desayuno.

 

El local tenía movimiento de clientes habituales que conversaban de fútbol con los camareros. Se notaba la complicidad en las bromas futboleras. El local era sencillo y luminoso, pero su mayor valor era el ser un lugar vivo, donde la gente se sentía a gusto, pese al olor.

 

-         Ayer la volvisteis a fastidiar. Este año no ganáis la liga aunque la regalen.- dijo un camarero.

-         Bueno, espera hasta el final que hasta el rabo todo es toro.- Respondió un cliente rechoncho y sonriente.

-         Me suena a palabras de consuelo. Si hubierais ganado dirías otras.

-         Pero si es verdad, vosotros estáis ganando con suerte y por los árbitros. Mi equipo en cambio hace un juego niquelado.

 

Siguieron lanzándose puntadas mientras que yo daba cuenta de unas porras recién hechas que me supieron a gloria. Con pereza volví a cargar la mochila.

 

-         Qué tengas buen camino.- Me dijo el camarero a modo de despedida mientras que sus compañeros de conversación me miraban como a un bicho raro.

-         Gracias, y creo que este año no ganáis la liga.

-         Joder otro forofo del ....

 

La calle estaba medio desierta, hacía fresco pero amenazaba con ser un día caluroso. Recorrí el centro peatonal volviendo a pasar por la plaza Mayor, donde las terrazas vacías con el suelo recién regado ampliaban su belleza. Hermosa ciudad para vivir en equilibrio. Pasé estrechas calles, todavía dormidas, y al final por la plaza de Toros donde me reencontré con la flechas indicadoras.

 

Bajé por una avenida en obras que me llevó a otra plaza moderna, donde salía una carretera con el indicador de Casar de Cáceres. Aquí perdí la indicación, sabía que había camino pero no lo localicé, así que seguí por el asfalto.

 

El tráfico era abundante y el arcén estrecho, cosa que no me gustó demasiado por no sentirme seguro.

 

Estaba amaneciendo un nuevo día. Fueron dos horas y media bastantes incómodas, si  exceptuamos los dos últimos kilómetros, en que pude coger un camino paralelo, después de pasar la circunvalación. En este trecho asistí al amanecer y tuve la compañía de mi sombra reflejada sobre los campos.

 

Estaba descansado y la soledad me acompañaba. Poco antes de llegar a Casar encontré a múltiples señoras que caminaban deprisa mientras hablaban de sus cosas. Yo los llamo caminos del colesterol, porque la mayoría sirven para cumplir la receta de los médicos con aquellos pacientes que tienen cierta edad, como manera de combatir su sedentarismo.

 

Pensé que en sus conversaciones diarias debían “pelar” a todo el mundo, no dejando títere con cabeza. También es cierto que en algo se tienen que entretener en su rutina caminera diaria.

 

La entrada del pueblo se hace por un paseo ajardinado con abundante arbolado. Se veían a los chavales con mochilas dirigiéndose a los últimos días de colegio. Corrían y chillaban, notándose su energía y alegría.

 

Encontré un bar y entré a tomar el cafelito correspondiente. Eran las nueve de la mañana y ya había recorrido doce kilómetros. Pregunté por una tienda donde comprar pan, embutido y fruta. Sabía que hasta el embalse no había ninguna otra población y, que inclusive allí, no sabía si abría alojamiento y comida.

 

Pregunté al camarero si estaba abierto el hostal o el albergue, pero no supo decirme. No me preocupó demasiado, confiaba en mi suerte. Estuve media hora descansando, hasta que supuse que estaban abiertas las tiendas.

 

El paseo ajardinado termina en una calle que dirige hacia el centro del pueblo. Aquí encontré una panadería que descubrí más por el olor a pan recién hecho que por el cartel anunciador, que era pequeño. En una fuente llené la bolsa de agua con unos dos litros de agua, que creía suficiente. Si llego a saberlo lleno los tres litros disponibles, en la Plata el agua nunca está demás aunque esté caliente.

 

Con la despensa bien llena reemprendí la marcha. El sol empezaba a calentar fuerte pero no sería nada para lo que me esperaba.

 

Al final del pueblo pude disfrutar de la hermosa ermita de Santiago, al que me encomendé de pensamiento. No pude visitarla, estaba cerrada (¡Vaya novedad!)

 

A partir de aquí un camino bastante cuidado asciende rápidamente a un llano, por el que caminé durante las siguientes horas. A derecha e izquierda fincas de ganado van apareciendo, todas ellas valladas por muros de piedra y alambre.

 

Pregunté a un trabajador por la distancia y me dijo que unas cuatro horas, que el camino era bueno y que en el tramo final me tocaría asfalto, cosa que ya sabía.

 

-         ¿Sabe si el albergue del embalse está abierto?

-         La verdad es que la última vez que estuve estaba cerrado, pero ahora no lo se.

 

No me alegró mucho la respuesta, pero seguí confiando en mi suerte y que Santiago proveería, de momento era un día luminoso y estaba optimista.

 

Se veían grandes distancias de un paisaje ondulado, había pocos árboles pero las vistas eran hermosas. El campo estaba verde por las lluvias primaverales y las flores daban un punto de color. En este tramo los miliarios de la calzada eran muy abundantes. Estos son los puntos kilométricos de la calzada romana.

 

Me encontraba fuerte y lleno de energías, y sobretodo me agradaba lo que estaba viendo. El cielo tenía un azul intenso, sin una sola nube que tapara el sol radiante que amenazaba con mucho calor, pero que ahora, todavía las diez de la mañana, satisfacía los sentidos.

 

Cuando llevaba dos horas andando en soledad y disfrutando del entorno, aparecieron dos muchachas con mochilas viniendo hacia mi. Eran rubias, jóvenes y coloradas como cangrejos. Claramente se notaba su procedencia del norte de Europa.

 

-         Buen camino.

-         Buen camino. ¿cuándo queda para Casar?.- Preguntó con un fuerte acento alemán la más joven.

-         Un par de horas de buen terreno. No tiene pérdida.¿De donde venís?

-         Del embalse.

-         ¿Está abierto el albergue?

-         Si, y por cierto es muy agradable. Desde Salamanca de los mejores.

-         Gracias, es un alivio saber que hay sitio donde dormir. ¿hasta donde vais?

-         Queremos descubrir y sentir la calzada romana. Somos estudiantes de historia y queremos descubrir los sentimientos de la gente que recorría esta ruta. Además estamos tomando apuntes para un trabajo de campo para la universidad.

 

Arriesgado el recorrido que escogieron para conocer la Vía de la Plata, viendo todas sus indicaciones al revés.

 

Rápidamente nos despedimos, nuestros caminos eran contrarios y supongo que las visiones del mismo serán diferentes, según se vaya o se venga. Muchas veces he pensado esto. Es posible que no reconocería un paisaje si me lo enseñaran al revés. En este, siempre la perspectiva es de sur a norte. Por esto, y por mi curiosidad, muchas veces me gusta darme la vuelta y mirar por donde he venido.

 

Cuántas horas nos pasamos andando con la vista enfocada al frente, seguro que nos perdemos cosas interesante por no andar al revés.

 

Pasé algunas cancelas y bastantes miliarios. Recuerdo una granja de ovejas donde en un cercado habría unos dos centenares de ovejas pastando dispersas. Una de ellas había pasado la valla separadora y no podía volver con sus compañeras. Se la veía asustada y temerosa de mi presencia.  Cuando me acercaba emprendía una carrera alejándose de mi. Esto lo repitió tres o cuatro veces, pese a que la empecé a hablar suavemente.

 

-         Estate quieta que no voy a hacerte daño, solo quiero seguir.

 

No me atendía, y volvía a correr buscando desesperadamente un lugar de paso. Esto duró hasta que en un lugar el vallado estaba más bajo y pudo saltar. Corrió aliviada hasta encontrarse de nuevo con sus amigas.

 

Poco más adelante hay diez o doce miliarios amontonados en una finca particular. Me dio pena que estuvieran abandonados cuando podrían ser expuestos para ayudar a comprender mejor la vía. También encontré algunos formando parte de vallados y edificios. ¡Algún días valoraremos el patrimonio abandonado!

 

El sol empezó a calentar muy fuere y necesitaba una parada donde reposar los pies. Encontré una pequeña subida y un montón de piedras grandes bajo una encina. Sin dudarlo hacia allí fui.  Solté la mochila, liberé los pies y me tumbé a la sombra. Las vistas eran magníficas con una brisa suave y refrescante.

 

Se veía algún águila suspendida en el aire buscando alguna presa. Sus movimientos eran suaves pero tremendamente efectivos, se remontaba poco a poco y sin aparente esfuerzo hasta una altura que se perdía de mi torpe vista.

 

Alguna nube surcaba el cielo azul intenso, dando un toque al paisaje que lo embellecía más.

 

Los pies me trasmitían su felicidad y me comunicaban su sentimiento de resistencia a volver a calzarse los calcetines. Estaba intentando convencerles cuando vi un grupo de ciclistas por el camino.

 

-         Buen camino.- Saludé desde mi atalaya.

-         Buenos días.- Me respondió él que iba en cabeza.- ¡Qué, descansando del esfuerzo!

-         Si, ya lo necesitaba. Vengo desde Cáceres y todavía creo que me queda un tirón.

-         Nosotros también hemos salido de allí, pero nos hemos dado una vuelta antes de salir. Es una ciudad que bien vale una visita.

-         ¿Hasta donde vais?

-         Esperamos llegar a Grimaldo por lo menos, aunque si vamos bien llegaremos a Aldeanueva. Supongo que tu terminarás en el embalse.

-         Eso espero, sí está abierto, y sino seguiré hasta el siguiente, Cañaveral. No me preocupa demasiado si tengo agua suficiente.

-         Me dais grima, vais tan despacio que yo me desesperaría. Me aburriría yendo tan lentamente.

-         Bueno, yo lo hago porque lo importante para mi no es llegar pronto. Si fuera por eso iría en avión. Necesito tiempo para ver y disfrutar de los lugares. También me sirve como terapia de mi vida diaria. Aquí intento parar y conversar con todo el mundo, sin importarme clase social, religión, creencia o país. Todos son dignos de ser escuchados y todos me pueden enseñar algo. Voy con los ojos abiertos al mundo que en las grandes ciudades somos miopes por el egoísmo humano. Perdona no quiero darte una charla.

-         No, pero si me encanta tu sinceridad. Aunque sigo pensando que yo me aburriría, sobretodo yendo solo como tú.

-         Cada persona es un mundo y unas circunstancias. A mi la soledad del camino me ayuda a reencontrarme, a escuchar al corazón y olvidarme de las tensiones de la cabeza. Yo siempre he pensado que la cabeza sufre una limpieza desde la observación de la naturaleza. Que es la que nos muestra la realidad del mundo. Habitualmente vivimos en un habitat ficticio, la realidad está en lo natural y simplemente observándola y escuchando podemos purificarnos entendiendo lo auténticamente importante y arrinconar lo trivial.- Vi al grupo que se habían bajado de la bicicleta y escuchaban atentamente, mientras que reponían líquidos.

 

 Ante aquel grupo escuchándome, quedé sorprendido de hablar tanto. Debía ser el camino en soledad.

 

-         Perdonar por la perorata. Lo único que os cuento es mi pequeña realidad, que no tiene que ser la más verdadera, pero os puedo asegurar que es la que mueve mis intenciones, pensamientos y piernas.

 

Estuvimos un rato charlando y cambiando opiniones del camino. Me di cuenta que se habían saltado lugares imprescindibles, como Alcuéscar, y se fijaban más en los kilómetros que hacían que en observar las maravillas que el camino proporciona. Charlaban de su mundo pero no se detenían a comprender lo que tenían al alcance de sus sentidos.

 

Les interesaba las relaciones entre ellos, no las relaciones ajenas al grupo. Este puede ser uno de los inconvenientes cuando se hace el camino acompañado, que no nos abrimos a los demás y es una extensión de su vida.

 

Terminé de ponerme las botas, pese a la resistencia de los pies, y reemprendí la marcha mientras que los ciclistas marcharon a toda velocidad.

 

El camino continuó en una suave ascensión, y las llanuras se convirtieron en pequeños montes, hasta un punto que inicia un descenso zigzageante hacia la carretera que lleva al embalse. Se llega a la carretera y un sendero con constantes subes y bajas, que me agobió un poco, va paralelo al asfalto. En algunos tramos los matojos y los matorrales cierran el paso y se hace muy pesado caminar.

 

Eran las dos y media de la tarde y el sol golpeaba fuerte, minando mis fuerzas. Sudaba abundantemente y los dos litros iniciales empezaban a escasear.

 

Llegué a un punto que tuve que coger la carretera para atravesar el pantano en el ramal del río Almonte, por un puente con unas vistas fantásticas y muy hermosas. Pensé en el contrasentido de tanta agua y yo tan poca en la bolsa.

 

Nada más atravesar el puente iba achicharrado y noté que tenía que controlar el agua. Me apetecía beber a cada poco rato. A la derecha apareció un pequeño camino de tierra con un arbusto grande que daba una pequeña sombra, y sin dudarlo mis piernas emprendieron una carrera hacia allí, pese a que mi cabeza me decía que debía continuar por la poca agua  de mi mochila.

 

Se impusieron las piernas y la cabeza cedió al frescor.

 

En el borde del camino extendí la esterilla y me tumbé con los pies al aire y levantados, no aguantaban más presión y peso. Hay horas que en estas tierras el sol aprieta de tal manera que se hace obligatorio el descanso.

 

La imagen de la masa de agua llena hasta los bordes, refrescaba y un sopor suave hizo que cayera dormido un buen rato.

 

Sabía que el albergue estaba cerca pero no tenía prisa en llegar. Dos horas estuve parado antes de reemprender los kilómetros finales.

 

Por carretera se hace el recorrido con el pantano como compañero. El tráfico es poco, aunque algunos corren demasiado para las curvas (cuidado en este tramo, como siempre que se va por asfalto). Al rato, se pasa al lado deun apeadero fantasmal de RENFE, sin ningún servicio para el caminante. No vi a nadie en sus proximidades.

 

Un poco más adelante llegué a la presa sobre el Tajo. El poco aire levantaba muchísimas telarañas que volaban y se enganchaban en la cara, situación bastante molesta, teniendo que parar un par de veces para quitármelas de encima.

 

Por fin, emprendí la última subida hasta un cruce con caminos. Él de la derecha marcaba una flecha de continuación y él de la izquierda indicaba el albergue. Aquí mismo había un bar-restaurante que anunciaba comidas y bebidas, al acercarme me di cuenta que estaba cerrado. Una pareja estaba descargando una furgoneta y les pregunté:

 

-         ¿Se puede beber algo?

-         No, está cerrado. El albergue lo tienes bajando por el camino. Esta semana descansamos. Pero si quieres beber ahí puedes hacerlo en la fuente.- Me contestó con un fuerte acento extranjero.

 

Ante la proximidad del descanso y la imposibilidad de tomar una cerveza fresquita continué hacia el agua.

 

Esperaba encontrar una casa pero lo que se me apareció, casi llegando a la orilla, fue una especie de almacén de hormigón bastante feo, por cierto. No tenía puertas ni ventanas, pero una señalización marcaba que era el albergue, así que subí por el lateral una pequeña cuesta. Apareció el frente, totalmente distinto a la parte trasera. Grandes ventanales de cristal  tapados con contraventanas metálicas y enormes.

 

Entré sin pensarlo y apareció la recepción con un joven. Este me sonrió y me dijo:

 

-         Bienvenido. Pareces cansado.

-         Bueno el sol es muy fuerte y la verdad es que la carretera no ayuda. ¿Me puedo quedar?

-         Por supuesto que si, además de momento eres el único.

 

Me explicó que era parte del proyecto Alba Plata que había puesto en marcha la Junta de Extremadura. Que se cobraban 10 euros con sábanas y con derecho a desayuno. En cuanto a la cena se podía encargar por 7 euros más. El albergue más cercano estaba a tres horas, y no me apetecía continuar con aquel calor.

 

El sitio está francamente bien, con un diseño modernista y con capacidad para más de cincuenta personas. Todo era amplitud y luz, tanto que le pregunté si había muchas ocasiones que se llenara. Me dijo que él sólo lo había visto lleno una vez y por que había llegado una excursión en autocar. Lo normal en temporada alta, marzo, abril y mayo, es que hubiera ocho o diez, la mayoría ciclistas. A partir de ahí solía haber uno o dos, el verano era mala época en la Plata.

 

Me duché tranquilamente y me bajé a las orillas del pantano. Me senté debajo de unos enormes pinos. Era muy agradable ver la orilla. Sólo se oía el murmullo del viento y los cantos de los pájaros. Me sentía relajado, no tenía prisas, estaba lleno del entorno de paz. Intenté percibir y retener las pequeñas cosas, los detalles, que se me ofrecían. Las piedras, los árboles, el agua, el cielo, ...

 

¡Que maravillas! Cuanta energía y belleza se guardaba detrás de cada una de ellas y que conjunto más equilibrado y armónico. Nada desentonaba y todo se relacionaba con lo demás. Que pocas veces nos paramos a observar la naturaleza. Las prisas son nuestras consejeras en la ciudades, y le damos la espalda a lo principal. Vivimos en mundos artificiales y pasamos de aquello que es la base de nuestra vida.

 

Volví a las dos horas al albergue y allí estaba todavía el hospitalero. Me informó que había llegado un madrileño y que esa noche no iba a estar solo. Supuse que era David. Se había instalado en otra habitación para tener más independencia.

 

Sobre las ocho llegó la cena. La trajo el extranjero del hostal. Ensalada, chiles con carne (bastante picante, ¡uh que sudores!), fruta y vino. Fue más apetitosa por el hambre que por el sabor, aunque lo puedo considerar como suficiente. Mano a mano dimos cuenta de las vituallas. David era ingeniero aeronáutico y se había lanzado al camino para hacer un paréntesis en su vida. No se sentía demasiado feliz con su vida y necesitaba la distancia para analizarla.

 

Terminamos la velada sentados fuera observando el atardecer. El cielo fue oscureciéndose poco a poco. Los tonos rojizos fascinaban a los ojos cansados por el ejercicio. En silencio nos absorbimos en nuestros pensamientos, las palabras sobraban. Sólo la naturaleza comunicaba su belleza y los dos nos deleitamos con los matices desbordantes de plenitud y fuerza. Se presentó un espectáculo de luces cálidas fascinantes.

 

Las estrellas fueron apareciendo poco a poco hasta que se lleno el cielo de puntos brillantes.

 

Pudimos oír a los grillos mientras este espectáculo se producía. Pocas veces he podido percibir un atardecer con tal sentimiento de paz y tranquilidad. Me apenó no tener la ocasión de disfrutar de esta representación más frecuentemente.

 

La vida urbanita nos niega las ocasiones de saborear el fin del día y comienzo de la noche.

 

Allí permanecimos hasta la madrugada hablando de nuestras interioridades y escuchando las del otro.

 

Cuando el sueño nos vencía pasamos al albergue para soñar con la maravilla que acabábamos de ver. Me sentía parte del Camino y agradecí la oportunidad de disfrutarlo.

  

19/01/2008 15:10 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Cáceres No hay comentarios. Comentar.

Embalse de Alcántara - Galisteo

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 Día 4 Embalse de Alcántara – Galisteo.

  

Me desperté temprano sobre sabanas de color azul en un albergue de formas modernistas, habitado esta noche por sólo dos personas.  

 

Las vistas del pantano al atardecer y la visión nocturna de las estrellas hacen que sea un sitio fantástico en un lugar casi deshabitado.

 

David, mi compañero de albergue, dormía plácidamente cuando decidí levantarme, quería sentir el amanecer, e intentar revivir las sensaciones del día anterior durante el atardecer. Me senté en el exterior, en el suelo, apoyado sobre una de las paredes. Todo era tranquilidad y paz. Las últimas estrellas brillaban tenuemente y empezaban a ocultarse por la fuerza de la luz emergente. El pantano iba apareciendo a la vista mientras que los pájaros empezaban a sobrevolarlo buscando el sustento diario de insectos y pequeños peces. Estos subían y bajaban planeando sobre las aguas en un ambiente de paz y concordia indescriptibles. Durante media hora me llene de aquella visión de tranquilidad y orden. No había nada que incordiase, todo era equilibrado. Mi espíritu se sentía en paz viendo la grandeza de una Naturaleza al amanecer. Me sentía inmerso en el equilibrio del lugar y una oración acudió a mi boca en señal de agradecimiento de lo que me estaba siendo dado.

 

A las siete, volví a la habitación. David no tenía prisa y dormía a pierna suelta. Así que recogí todos mis bártulos y salí al salón para empaquetarlos sin molestar. Di cuenta del café con leche calentado en un microondas y de un par de magdalenas.

 

Con tranquilidad cargué la mochila y emprendí el camino. No tenía prisa en abandonar aquel paraje que me había regalado la Vía de la Plata. Ascendí hasta la carretera, que ayer me martirizó durante la última hora media, y la atravesé para seguir por un camino ascendente durante otra media hora. No podía parar de volverme a divisar el embalse y páramo circundante para impregnarme las retinas del mismo. 

 

Al poco rato alcancé una planicie tranquila y sosegada. Estaba llena de jaras que desprendían un olor peculiar. Se podía ver a kilómetros de distancia y pocos árboles me acompañaban en el caminar. Pasé un par de cancelas y unos cuantos mansos pacían tranquilamente olvidándose de mi presencia. Me deleite con la vista en el horizonte donde se podían ver las próximas subidas.

 

Ensimismado en mis pensamientos y vivencias oí.

 

-         Buen camino, compañero. ¿Qué silencioso te has levantado esta mañana?

 

Era David, mi compañero de albergue y andanzas.

 

-         Buenos días. Me levanté temprano y no quise despertarte.

 

-         La verdad es que he dormido sin enterarme de nada. La paz era increíble.

 

-         ¿Hasta donde vas hoy? – le pregunté.

 

-         Pues no se, pero como quiero pasar un día entero en Salamanca, quiero hacer una etapa larga. Supongo que hasta Galisteo o Carcaboso.

 

-         ¡Puf! Creo que para mi eso es mucho. A Carcaboso hay más de cincuenta. Yo no se si quedarme en Grimaldo o como mucho Galisteo, eso si llego temprano al primero. Ya sabes que no tengo demasiada prisa y me gusta parar siempre que me apetece. Nunca se si volveré a pasar por estos lugares y me gusta impregnarme de su esencia.

 

Seguimos durante un rato charlando de lo magnífico del albergue y de la dureza del camino. Coincidimos en alabar la solidaridad de nuestro primer albergue, la Casa de la Beneficencia de los Esclavos de Maria y de los Pobres  de Alcuéscar.

 

David y yo habíamos coincidido en la salida de Mérida. Los dos vivíamos en Madrid y por casualidad partimos el mismo día. Nos conocimos preparando los macutos por la mañana en el albergue, y desde entonces compartimos destinos y algunos momentos, aunque habitualmente íbamos solos. Él tiene un paso mucho más rápido.

 

Como su paso era más largo se fue alejando lentamente, quién fue un compañero durante tres días. Ya no nos volveríamos a encontrar. El camino es así. Conocemos gente y tenemos vivencias gratificantes, para luego desaparecer pero permaneciendo siempre en nuestro recuerdo.

 

Supe que había llegado hasta Carcaboso y luego, un día antes que yo, a Salamanca.

 

Cuando le perdí de vista volví reparar en las florecillas silvestres que me acompañaban y en los olores que desprendían. Unas pocas mariposas revoloteaban buscando las más llamativas para posarse con suavidad. Cuando llegaba a su altura volvían a remontar el vuelo con suavidad y dulzura. Me gusta fijarme en las pequeñas cosas pues también tienen su importancia.

 

Eran las diez y media cuando llegue a un desvió que marcaba al pueblo de Cañaveral. Sabía que no era necesario pasar por él, pero empezaba a tener necesidad de mi segundo desayuno y, por que no, conocer el pueblo.

 

Es una bajada trepidante que termina en un pequeño puente medieval. Durante la bajada me llevé un susto importante en una de las revueltas al ver una serpiente, o quizás una víbora, la verdad es que no lo se. La pobre me debió oír y al intentar huir precipitadamente se resbaló y cayó en mitad del sendero. Fue gracioso que los dos saltáramos en sentido contrario despavoridos. La verdad es que mi valor deja mucho que desear.

 

Nada más entrar busqué un bar, pero los dos o tres que me crucé estaban cerrados, así que me desvié y me dirigí al centro del pueblo. Pregunté a una señora por un sitio donde tomar café.

 

-         Mira hijo, ahí mismo a la izquierda hay una churrería que hacen unos buenísimos calentitos.

 

Allí que fui. Tras luchar a brazo partido con las cintas de la puerta, que siempre se me enganchan en la mochila, entré en un local de azulejos blancos. La freiduría estaba a la izquierda y tres o cuatro clientas daban cuenta de unas porras tostadas, gruesas, largas y que me llenaron de saliva toda la boca. El olor a aceite caliente era penetrante y llenaba todo el local. Sin remedio pedí dos y un café. La verdad es que más que comerlas las deguste con fruición, aunque notaba que la grasa embadurnaba la servilleta en la que me las dieron.

 

¡Viva el colesterol! Y juro no comentarle este exceso a mi médico cuando me diga que lo tengo alto. 

 

Mientras que estuve allí no pude evitar escuchar la conversación de dos señoras.

 

-         ¿De donde vienes, Pura?

 

-         De la consulta, para sacarme sangre para unos análisis.- Respondió una oronda señora vestida de negro mientras engullía una de las largas porras.- El médico la semana pasada me dijo que me los hiciera para ponerme a dieta, y antes que me mande sólo verde voy a satisfacer al estómago con algo con sustancia. Las pocas ilusiones que ya le quedan a una y me la van a quitar.

-         Estos médicos siempre fastidiándonos.- Respondió la otra entre bocado y bocado de unos churros igual de grasientos. Antes cuando íbamos al campo de sol a sol y sólo había gachas para echar al buche nadie nos limitaba la pobre pitanza, ahora que con la pensión podemos darnos algún capricho, llegan los matasanos y lo prohíben todo.

 

Estas palabras me hicieron sonreír por la buena alimentación que le proporcionaban a su gordura desbocada pero también por la añoranza de los mayores por los tiempos de su juventud.

 

Terminé mi segundo desayuno y salí para ver la Iglesia de Santa María. Estaba cerrada esta hermosa iglesia de piedra rodeada de casas encaladas.

 

Volví sobre mis pasos un poco cabreado por no poder visitar los templos del camino, siempre me los encuentro cerrados.

 

Cogí el arcén de la carretera que va hacia la general, que ya empieza a estar en cuesta. Un amable campesino vestido con su boina negra y raída me indicó el sendero lleno de hierbajos que me llevaría hasta la ermita de San Cristóbal.

 

Desde aquí se puede ver la vía que sube hasta el puerto de los Castaños. La verdad es que impone ver el kilómetro de ascensión, en él tuve que subir más lentamente, de lo que suelo hacerlo, porqué el resuello y las porras me impedían ir más deprisa.

 

Una vez pasado este tramo el sendero se suaviza, introduciendo al caminante entre una zona de bosque de pinos, jaras y, cuando se llega a lo alto, alcornoques. Estos tenían los troncos rojizos y sin el corcho que los cubre. Sus ramas se retuercen y crean hermosos árboles recortados sobre el fondo de la serranía verde y floreada.

En el alto se abre el paisaje y el camino se convierte en una carreterita que sin querer nos lleva hasta la N-630, mi querida y a veces odiada nacional de la Plata. Justo se unen al lado de un club de carretera, que a las doce de la mañana ya estaba con clientes. Ahí mismo las flechas me llevaron a una cancela  ganadera. Al otro lado había uno de los alcornocales más bonitos de mi camino. Estos protegían del sol al ganado que albergaba. Tuve suerte y todos con los que me encontré estaban más entretenidos en comer que en fijarse en mi. Estos si eran bravos, según me dijeron.

 

Aunque empezaba a calentar el sol en este paraje se estaba bien. Me encantó esta finca agrícola típicamente extremeña. Fueron unos cuatro kilómetros placenteros.

 

Salí de la finca por una portela, que lleva por el arcén de una carretera, en menos de un kilómetro, hasta Grimaldo. El cambio fue muy brusco, del frescor del bosque pasé a pisar un asfalto caliente que parecía iba a derretir las botas. Me costó muchísimo llegar al pueblo.

 

Nada más entrar me encontré con un bar y, por supuesto, entré. Dentro estaba un ciclista preguntando a la señora que lo atendía por el camino, no sabía si ir a Galisteo o a Plasencia.

 

Era la una de la tarde, pedí una coca cola y un bocadillo de tortilla francesa, que devoré sentado en la terraza. Esta estaba pegada a la carretera pero con una sombra refrescante.

 

La señora me preguntó si quería quedarme en el albergue. Era demasiado pronto para parar en este pueblo que apenas tenía servicios. Cargue de agua y me dispuse a doblar la etapa.

 

Media hora reposando me recuperó. Caminaba despacio por una trocha estrecha entre un campo de florecillas que muchas veces hacían difícil el caminar. No había apenas árboles pero los prados eran hermosísimos. La primavera estaba inundada de vida vegetal y animal. Mi ojos no paraban de fijarse en este paisaje fascinante.

 

A la hora, aproximadamente, el paisaje cambia y empiezan a aparecer encinas. Al principio lejanas unas de las otras, luego mucho más próximas. Se van pasando pequeñas lomas de una gran belleza, todas ellas llenas de encinas viejas. Cuando llevaba unos 9 kilómetros o 10 kilómetros desde Grimaldo mis pies reclamaron un descanso. Yo como soy obediente a determinados mandatos, busque una sombra y tiré la mochila, liberé los pies de su cárcel y me estiré la esterilla. Tocaba descansar un rato.

 

Fue una hora relajada y distendida soñando con praderas sembradas de encinas y prados verdes y frescos. No sabía si lo que estaba viendo era sueño o realidad. Creo que las dos cosas coincidían.

 

A las cinco me desperté sin saber muy bien donde me encontraba, estaba relajado y tranquilo, sintiendo la paz del lugar. Notaba un equilibrio fascinante que me obligaba a seguir observando el paisaje.

 

Cuando conseguí despertarme del todo, empaqueté y con resignación volví a reemprender el camino. Este dejó de ascender para empezar a llanear y luego a descender hasta la carretera de Riolobos. Antes tuve que pasar una zona de obras encharcadas, bastante desagradables.

 

Sabía que me quedaban un par de horas por lo menos, pero noté que el sol todavía derretía la sesera cuando desaparecían los árboles. La carretera parecía que se deformaba a mi paso. Me quedaba poco agua y empecé el racionamiento. Solo un pequeño sorbo cada cuarto de hora.

 

Esperaba tener suerte y encontrar algún sitio donde refrescarme. Cuando llegue al desvío de la carretera, una pareja de ciclistas me adelantaron con el “Buen Camino Peregrino”. Fue un momento de alivio ver que todavía había gente en el mundo. No había encontrado a nadie en las últimas 5 horas, desde Grimaldo.

 

En este punto caminé entre terrenos de labor regados por acequias llenas de agua no potable, pero que a cada paso eran una tentación. El sol era aplastante. Cada paso era un suplicio. Llevaba hora y media desde la siesta y ya estaba chorreando. Mojé la bandana en una de las acequias y me la coloque en el cuello sujeta por la gorra. Era reconfortante tener el cuello fresco.

 

Tenía ganas por llegar, pero el pueblo que se había visto en la lejanía parecía que se alejaba cada vez un poco más. Sabía que cuanto más ansias tienes por algo, el tiempo se alarga. En el camino también pasa esto, y lo he podido comprobar muchísimas veces. Distancias que a primera hora de la mañana se recorren casi sin darte cuenta, en los últimos kilómetros son interminables. Este es el caso de Galisteo, nunca se termina de llegar.

 

Este camino carretero tampoco ayuda, todo el rato se va al sol, serpenteando y jugando a acercar y alejar el pueblo.

 

A unos tres kilómetros antes de llegar, vi un sauce llorón al borde del camino con una mesa de piedra. No lo dudé, solté la carga y volví a liberar los pies. Estos echaban humo y además estaban reblandecidos.

 

Me tumbé encima del banco y coloqué los pies en alto apoyados sobre el tronco del árbol. Mi cabeza no quería seguir andando y la bolsa del agua estaba en las últimas, apenas un par de sorbos.

Veinte minutos de relajo y la última naranja. Algo para refrescar el gaznate.

 

Volví a caminar y cada paso me costaba un potosí. Cuando creía que el pueblo estaba a tiro de piedra una cuesta de 200 metros delante de mi, dura y descarnada me amargó. Intenté olvidar el cansancio, calor, sudor y peso de la mochila y concentrarme en el siguiente paso sin mirar para arriba.

 

Al remontar el camino se inclina para abajo directamente a la entrada del pueblo. No tenía agua y las piernas estaban muy cargadas, les costaba sujetarme. Al llegar al cruce con la carretera vi de frente un bar-restaurante y allí me lancé.

 

Tiré la mochila en un rincón y pedí una cerveza con limón. Pregunté por el albergue. Me dijeron que estaba al otro lado del pueblo y me sentí sin fuerzas para continuar. Pregunté si tenían habitaciones, me dijeron que sí. No hubo duda, aquí me quedo cueste lo que cueste.

 

Me dieron una habitación en el piso superior con dos camas y con aire acondicionado. El baño era compartido, pero no me importó. En cuanto me dejaron solo, abrí la mochila y volqué todo su contenido en una de las camas, me quité toda la ropa, me tiré en la cama y di el aire ligeramente. Durante una hora no me moví, no podía, estaba pegado a la cama. Las piernas me pinchaban, eran agujas penetrantes y profundas.

 

Después renqueante me dirigí al baño donde el agua limpió el polvo del camino y dio algo de energía a mi espíritu.

 

Haciendo un gran esfuerzo me vestí y salí a dar una vuelta por el pueblo. El primer esfuerzo fue bajar la escaleras y después emprender la subida que va pegada a la muralla. Durante medio kilómetro ascendí para luego meterme por las callejas de este precioso pueblo blanco. Encontré a un abuelo que me preguntó si había sellado la credencial. Al decirle que no se prestó a acompañarme a una casa que con una escalera horrible, más por mi estado que por el de la misma, se encontraba la señora encargada del sello.

 

Amablemente el abuelo me indicó una tienda de comestibles. Necesitaba seguir bebiendo algo que me repusiera de la deshidratación y me proporcionara algunas sales perdidas.

 

Compré un Acuarius y al llegar a la puerta del hostal en una sombra, di cuenta del mismo. Demasiado deprisa y demasiado frío, el cuerpo se revolucionó y comencé a sudar frenéticamente y a sentir un mareo. Arrastrándome como pude llegué a la habitación y me tiré en la cama. Antes que pudiera darme cuenta de estar en la horizontal ya me había quedado dormido.

 

Eran sobre la nueve de la noche y no me despertaría hasta las 7 de la mañana. 41 kilómetros inolvidables de una Plata auténtica.


 

19/01/2008 15:16 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Cáceres No hay comentarios. Comentar.

Galisteo - Arco de Caparra

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 Día 5 Galisteo – Arco de Caparra.

 

Me desperté con un rayo de sol sobre la cara. Me encontraba cansado después de los cuarenta y un kilómetros de ayer. Las piernas estaban pesadas y mis pies todavía resentidos por esfuerzo realizado. Me pesaban hasta los brazos y se resistían a ponerse en movimiento. Los ojos se fijaron en el techo repintado blanco. Había sido un día duro, él de ayer, más por la calorina de un sol impenitente que por el recorrido realizado.

 

Con un esfuerzo increíble miré alrededor. Estaba en un cuarto con dos camas de una pensión de Galisteo. En la habitación estaban todas mis ropas tiradas y la mochila sobre la otra cama, medio dentro, medio fuera del colchón. Decidí que no podía ser esa vaguería matutina, así que dirigí todos mis esfuerzos a sentarme en la cama y poner los pies en las baldosas irregulares, haber si recibía el frescor de las mismas y me hacían terminar de despertar. Sentado y con las manos frotando los ojos recordé el medio soponcio que me dio la tarde anterior.

 

Con las manos todavía en la cara pensé en el mareo de ayer y me dije con arrepentimiento:

 

-               ¡Qué tonto soy! Se perfectamente que para recuperarse de la deshidratación hay que beber, pero poco a poco y nunca con bebidas demasiado frías.

 

Quizás el cansancio viniera derivado del incidente. Busqué las ropas y me dirigí descalzo hasta el baño que se encontraba fuera de la habitación y era compartido. Allí me di una ducha en ese cuarto de baño destartalado y antiguo. El pequeño chorro de agua fría caía en la cara y el cuerpo, y terminó de despertar y despejar.

 

De vuelta a la habitación metí todos los bártulos en la mochila lo mejor que pude, antes de ponerme los calcetines y las botas esclavizadoras de mis pies. Tuve que dar dos zapatazos en el suelo para que se ajustaran debidamente. Cargué la mochila y me pareció una tonelada y recordé que la bolsa de agua estaba vacía. Tendría que llenarla antes de salir pero mi estómago necesitaba comida urgentemente para cargarme de energías necesarias. Tenía una barrita energética pero prefería algo más suculento y a ser posible revitalizador, como un café con leche.

 

Bajé las escaleras y fui al bar-restaurante, estaba cerrado y el cartel anunciaba que hasta las siete y media no abrían. Decidí sentarme y esperar, eran sólo 10 minutos, si el dueño era puntual. Mi cuerpo agradeció soltar de nuevo la mochila y despanchingarse en una de las sillas de plástico de la terraza.

 

Pasaban algunos coches pero la tranquilidad reinaba en este pueblo cacereño. Alguna persona pasó con andares ligeros hacia sus trabajos. Ellos me miraban y tuve la sensación de oír sus pensamientos hacia mi.

 

-               ¿Qué hará este pájaro con esas ropas tan poco formales y medio tirado en una silla a estas horas de la mañana? ¿No tendrá otra cosa que hacer a estas horas?

 

Me sonreí con las pintas que debía tener en ese momento y qué pocos compañeros de trabajo me reconocerían en este momento.

 

El dueño, con 10 minutos de retraso, apareció para abrir el bar. Tendría unos sesenta años, con una barriga cervecera notable y con un bigote grande que le hacía una cara bonachona y simpática.

 

-         Buenos días peregrino. ¿Qué tal se ha dormido?

 

-         Como un ceporro. Se me ha pasado en un minuto aunque haya dormido casi 10 horas.

 

-         Espera un momento aquí mientras que termino de dar las luces y de abrir.

 

No moví un músculo, aspiraba e intentaba ganar cada segundo de descanso.

 

El buen hombre, al poco rato, apareció con un gran tazón de café con leche y cinco o seis magdalenas.

 

-         Gracias por el detalle, pero no se tenía que haber molestado. Todavía puedo levantarme y llegar hasta la barra.

 

-         Descansa y cometeló todo, que el día va a ser caluroso y seguro que tienes una larga caminata.

 

Gracias Santiago por gente tan amable y comprensiva. Siempre escuchas las necesidades de los caminantes que a ti se amparan. Sin pensármelo dos veces di cuenta de todas las magdalenas y del café vivificante.

 

Eran la ocho y todavía no había empezado. El sol ya estaba alto y el calor iba a ser notable. Saqué la bolsa de agua vacía y me dirigí a la barra del bar para pagar.

 

Me cobró 2 euros y me llenó de agua fría la bolsa. La metí en la mochila y con ella puesta le agradecí el detalle del desayuno. El me dijo:

 

-         Gracias de nada, aquí siempre intentamos ayudar, y si el que lo necesita es peregrino con mucho mayor motivo.

 

Con la moral muy alta pero con un cansancio generalizado subí la cuesta hasta uno de los arcos que dan salida del pueblo.

 

Por una carretera sin apenas circulación pasé por un puente medieval camino de Aldehuela del Jerte. No se veía a nadie caminando. De qué me extraño, si esta ha sido la realidad desde que comencé en Mérida. Aún sabiéndolo, de vez en cuando el caminante necesita compartir experiencias con alguien más que consigo mismo.

 

Intentando no pensar en mi cansancio y con paso lento seguí los casi seis kilómetros que había hasta el pueblo. Estaba rodeado de huertas y el terreno era entretenido, aunque sin árboles que dieran sombra. El calor se empezaba a notar.

 

Aldehuela es un pueblo que se atraviesa pero en el que no pude ni tan siquiera parar, el bar lo abrían por la tarde y la tienda hasta las diez no se podía contar con ella.

Al poco de salir oí por la espalda un saludo.

 

-         Buen camino.

 

Eran una pareja de ciclistas que ayer me adelantaron ocho kilómetros antes de Galisteo, justo cuando el agua me escaseaba y las botas echaban humo por el calor.

 

-         Buen camino.

 

Les seguí con la vista mientras se alejaban, no pude dejar de pensar en lo deprisa que van estos ciclistas. Seguro que hoy llegan hasta Baños de Montemayor o inclusive más allá, cuando yo hasta mañana no llegaré.

 

Con estos pensamientos u otros parecidos continué mi camino. Notaba que se iban calentado los músculos y ya no me sentía tan cansado como esta mañana, aunque los pies no pensaban lo mismo.

 

Llegué sobre la once a Carcaboso, enseguida me sorprendieron los miliarios que se encuentran pegados a la iglesia. Las calles estaban llenas de gente que se dirigían al mercadillo. Las señoras con sus carros compraban frutas, verduras, quesos, ropa, zapatos y mil cosas más. Me entretuve un rato viendo el ambiente. En uno de los puestos de frutas había tres señoras comprando en una amena charla. Comentaban lo caro que estaba todo y como el tiempo este año venía raro.

 

Cuando se dieron cuenta de mi presencia me cedieron la vez amablemente.

 

-         Pasa primero que seguro tu compra es mucho más ligera que la nuestra.

 

Compré un par de tomates, cuatro naranjas, dos plátanos y me regalaron una bolsa de cerezas.

 

-         Por favor, me pueden decir donde puedo encontrar el albergue de Doña Elena. - Pregunté a una de las amables señoras.

-         Si mira, sigue hasta el cruce y luego gira a la izquierda. Ella está en un bar donde se pueden echar las quinielas.

-         Muchas gracias, espero no perderme.

 

Volví a parar en un camión que vendía embutidos y quesos. Hoy no tendría otro sitio donde avituallarme y tenía que pasar las próximas 24 horas con lo que tuviera en la mochila, y las barritas no me apetecían.

 

Por fin torcí a la izquierda y vi un bar. Entré enrollándome la mochila con las cintas de la puerta. En el mismo estaban tres clientes sentados y una señora pelando patatas. Al camarero le pedí una coca cola.

 

Me sirvió un bote y la señora desde el fondo le dijo.

 

-         Dale un huevo que ya debe llevar un buen trecho.

 

-         Gracias. Usted no se llamará Elena.

 

-         Si soy yo, ¿porqué lo preguntas?.

 

-         Pues le traigo el encargo de darle un beso de una peregrina que ha pasado un par de veces por aquí, y que la tiene en gran estima.

 

-         ¡Huy! Por aquí pasan muchos y siempre trato de ayudarles en lo que puedo.

 

Se notaba en su voz una fuerte personalidad y fuerza. Sin saber más de ella pude deducir una vida dura y llena de trabajo.

 

-         Es una peregrina catalana que se llama Gloria.

 

-         ¡Ah! Esa muchacha que es abogada. Me quiere mucho.

 

-         No le puedo decir su profesión, sólo la conozco por un foro en el que conversamos sobre el camino, pero si debe tenerla mucho cariño por que habla maravillas de usted.

 

-         Yo hago lo que puedo y les doy sobretodo cariño. Muchas veces unas pocas palabras y una cama reaniman a los peregrinos cansados.

 

Estuvimos un rato charlando y pedí otra coca, y de forma automática el muchacho me soltó otro huevo duro. Decidí no pedir más bebida por que mi colesterol se iba a revolucionar y mi médico a abroncarme.

 

En un momento dado Doña Elena me dijo que la acompañara a mostrarme el albergue. Este estaba en la casa de al lado. Su casa en la planta baja y en la superior múltiples habitaciones con tres o cuatro camas cada una de ellas. Todas con sus sábanas y sus colchas. Una muchacha estaba limpiando y la lejía se hacía notar. Estaba orgullosa de su creación y comentaba que pese a que tenía muchos gastos, por que siempre había que comprar cosas nuevas, le compensaba por la ayuda que prestaba. Estaba especialmente orgullosa de la terraza donde me mostró los tendederos que tenía preparados.

 

Ya de nuevo en el bar me dijo.

 

-         ¿A dónde vas hoy? ¿Por qué no te quedas aquí?

 

-         Hoy quiero dormir en las ruinas de Caparra. Se que hay un centro de interpretación y quizás me dejen dormir en algún lugar.

 

-         Pues no se que horario tienen ni que días abren. Unos dicen que está cerrado los lunes y otros que solo abren los fines de semana. Pero me podías dar tu número de móvil y esta tarde te llamo, así me informas de los horarios, y si es posible conseguir agua.

 

Imposible negarse ante una señora tan servicial y tan reconfortante para el espíritu de este pobre peregrino.

 

Terminé mi la coca cola, que había dejado a medias, y antes de marchar Doña Elena me dio otros dos huevos diciendo:

 

-         Toma esto para que te lo comas con un tomate en alguno de los descansos, pero colócalos en el bolsillo izquierdo de la mochila que ahí no le da el sol.

 

-         Muchas gracias, pero no se va a salvar de que le de los dos besos de Gloria y otros dos de mi parte por su amabilidad.

 

-         Pues venga, que las muestra de cariño nunca están demás.

 

Sin más, cargue la mochila y volví a seguir las flechas. Mi espíritu estaba recuperado y animado. No notaba el cansancio. Las palabras cariñosas de esta señora me había alimentado más que un gran bocata.

 

El camino continua entre las huertas regadas por el río Jerte. Durante cuatro kilómetros no cambia el paisaje. El sol empezaba a crujir a las neuronas eran las doce y media y no llevaba más que 10 kilómetros. Tenía que acelerar un poco.

 

En una de las acequias encontré un agricultor dando paso al agua hacia su huerta.

 

-         Buenos días peregrino – me saludó con una sonrisa en los labios- mucho calor va hacer hoy. Si quieres un trago de vino ven aquí, que la bota la tengo en el agua para que esté fresquita.

 

-         Muchas gracias, nunca se desaprovechar una ocasión de beber buen vino. ¿Qué tal va la cosecha?

 

-         Pues muy tardía. En abril y mayo ha llovido mucho. Ya esa alfalfa debía estar seca y preparada para ser recogida, y ya la ves, esta verde. El tiempo está loco.

 

Me despedí del buen hombre después de un par de tragos del néctar de la uva.

 

Se caminaba por un camino perfectamente señalado pegado a una acequia, son tierras amaestradas por el hombre y transformadas por él. A cuatro kilómetros del pueblo una cuesta da paso a una zona de encinas y alcorques. Al principio la cuesta va por un camino con torrenteras, luego se convierte en un sendero pegado a una valla.

 

Es zona de ganado y las cancelas son frecuentes. Las palabras del agricultor son ciertas. Se podían ver pequeñas flores de todos los colores que cubrían un suelo todavía verde. Aunque hacía calor, cuando se pasaba por zona umbría daba gusto y la temperatura era ideal.

 

La subida y el sol me hacían sudar lo suyo. Cada sombra era una tentación, llevaba dos horas caminando desde Carcaboso y según mis cálculos todavía otra hora y pico me quedaba en llegar a Venta Quemada.

 

En esto, pase una cancela que me hizo ir al lado izquierdo de la valla, y ante una fantástica encina no lo dudé y tiré la mochila. Me aposenté apoyado contra el árbol que se ajustaba como el respaldo de un sillón a mi espalda. El paisaje era maravilloso. Se veían encinas cada diez o doce metros en un paisaje ondulado lleno de la vida de una primavera tardía.

 

Liberé mis pies de su prisión de cuero y calcetín, y ambos gritaron de felicidad y confort al verse sobre una fresca hierba salvaje. Así mismo, saqué los huevos y un tomate para dar cuenta del regalo de Doña Elena.

 

Empecé la holganza del cuerpo y a devorar los huevos. Escuchaba a los pájaros y al viento sobre los hojas de los árboles. El placer que sentía se parecía a un pequeño orgasmo de mi cuerpo al relajarse de la tensión del camino.

 

No llevaba más de medio tomate, cuando de repente un ligero picor me empezó por las espalda.

 

-         ¡Joder, que molestia!

 

Me rasqué con placer, pero antes de satisfacer la molestia el picor empezó por otra parte, y luego por otra y luego por otra. Me incorporé y ...

 

-         ¡Carajo!

 

Miles de hormigas me atacaban con toda su pequeña dureza y gran molestia. Me incorporé de golpe rascándome y sacudiéndome la espalda con fuerza. Me tuve que quitar la camiseta,  los pantalones y los calzones para quitarme de encima las hormigas agresivas.  Las muy violentas no picaban, mordían y se enganchaban de forma difícil de quitar.

 

Cuando terminé, me sentí ridículo, allí en medio del monte totalmente desnudo y peleando no ya con los famosos toros de la Vía de la Plata, sino con violentas hormigas defendiendo su casa de un extraño bípedo.

 

Una vez liberado me volví a vestir, eso sí, revisando las prendas que me había quitado precipitadamente. Busque el árbol más próximo y me trasladé a él, previa revisión concienzuda de que no molestara a ningún pobre hormiguero.

 

Continué con el almuerzo campero pero sin poder olvidar el incidente. Pese a todo el lugar era magnífico.

 

Hacia las tres de la tarde volví a enjaular los pies y a cargar la mochila. Al principio los músculos se resistían a seguir subiendo, aunque los pies parecían nuevos y descansados. El sendero continuaba por el lado derecho de la valla hasta que se llega a la carretera que va a Oliva de Plasencia. Hay que atravesarla, y enfrente se ve una casa de campo y una amplia cañada. El sol calentaba y decidí pedir un poco de agua. Me acerque, pese a las informaciones que decían que los peregrinos no eran muy bien acogidos.

 

Una señora salió en ese momento con un cubo de agua sucia, y directamente le dije:

 

-         Buenas tardes, sería tan amable de darme un poco de agua.

 

-         Buenas tardes, pero por favor no hables tan alto que los obreros están en la siesta.

 

Sin más palabras la señora entró a la casa. Yo aproveche para soltar la mochila y sentarme en un banco de piedra contra la pared de la casa. Una parra proporcionaba una sombra vivificante. Unas gallinas picoteaban a la puerta de la casa recogiendo los restos del mantel de la comida.

 

La señora volvió a salir con una botella de litro y medio llena de agua, que me entregó sin rechistar. Esta estaba no muy fresca, pero me dijo que me la podía llevar. La verdad es que se lo agradecí, no quería que me diera otro “parrús”, como el de ayer.

 

Aunque la fama es mala, a mí me atendieron correctamente y no puedo decir más que gracias por dar de beber al sediento.

Volví a caminar, ahora el paisaje seguía siendo hermoso pero mucho más abierto de árboles. La sensación era de ir encajonado entre dos vallas de piedra, aunque la cañada es muy amplia. El calor arreciaba mucho más que en el tramo anterior, y mis pobres neuronas pese a la gorra echaban humo.

 

Empecé a buscar un sitio adecuado para descansar, no se podía caminar con esa calorina. Encontré otra hermosa encina y tras la inspección hormigil, estiré la esterilla, liberé los pies y me preparé para una buena siesta, cosa que no me costó demasiado.

 

El murmullo de las hojas me acunaron durante la hora y cuarto, perdí la conciencia. Llevaba cinco días en el camino y ya llevaba tres siestas bajo encinas y alcornoques. Creo que conseguí una buena media. He descubierto el beneficio de estos descansos a cielo abierto.

 

A las cinco y media volví a marchar. No tenía prisa. Sabía que me quedarían unos cuatro kilómetros, y que en una hora como máximo estaría en mi descanso del día. Iba descansado y los pies no protestaban demasiado, hoy había descansado muchas veces y aún así iba a hacer 30 kilómetros.

 

Pronto vi unos chalés que encajonan la cañada, pero ya desde allí se puede ver el Arco de Caparra. Tuve la sensación de llegar a un poblado romano visto por mi en algunas películas de romanos. Entre encinas se dibuja un arco cuadriforme o tetrapilón. Construcción bastante extraña en mitad del monte. Es muy hermoso y según me acercaba se percibía la belleza de sus formas.

 

En los últimos metros se pueden ver las tareas arqueológicas que tienen al descubierto lo que debieron ser los edificios, termas y templos. Busque el centro de interpretación pero no se veía, así que decidí dejar en un rincón la mochila y subir una pequeña loma con olivos que otorgaban un aspecto excelente para hacer más fotografías.

 

Desde lo alto pude ver el centro de interpretación que tenía unas máquinas de agua, refrescos y café. También había unos servicios fantásticos, que también aproveché. En la oficina estaban dos funcionarios que lo primero que me dijeron era que se cerraba a las 8 de la tarde y que no me podía quedar dentro del recinto. Aunque intenté sugerirle que me podía dejar abierto el cuarto de máquinas, no consintió.

Bueno, dormiría debajo del Arco que, por estar en el camino, no podían cerrar. Visité el pequeño museo y vi la película explicativa acompañado de un grupo de señoras. Estas habían llegado en un autobús y alborotaban un montón no dejando escuchar el sonido de la película.

 

Cuando marchaba, aproveché para coger un par de botellas de litro y medio, mañana tendría otros 20 kilómetros antes de encontrar una población.

 

Me acerque al arco y monté mi pequeño campamento en un rincón. Si llovía, que no tenía ninguna pinta, no me mojaría. Mientras anochecía aproveche para cenar algo de embutido y fruta sentado sobre la esterilla.

 

El atardecer fue precioso. Los tonos se iban enrojeciendo según caía el astro rey sobre el horizonte. Una vez sin sol, pero todavía con luz, me entretuve observando el vuelo de los pájaros sobre las ruinas buscando los insectos que los alimentaban.  Eran gritones y revoloteaban rozando el suelo por parejas. Me pareció una demostración de alegría ver las subidas, las bajadas y los cortejos de los machos sobre las hembras que intentaban conquistar.

Poco a poco fue oscureciendo y yo me arrope con el saco. La almohada eran las chanclas y el polar. Llevaba una pequeña linterna, que aunque la dejé a mano, no la llegue a utilizar.

 

El cielo se lleno de pequeñas estrellas que me fascinaron. Me sentí feliz descubriendo las constelaciones que me enseñó de chaval mi abuelo, cuando se nos hacía de noche a la puerta de la casa del pueblo. Estaba solo, pero me sentía en plenitud conmigo mismo.

 

¡Qué pocas cosas son necesarias para ser feliz!

 Me dormí sobre las doce de la noche y no desperté hasta el amanecer.  

19/01/2008 15:26 Autor: Alberto Ibañez. Artículo completo. Tema: Cáceres No hay comentarios. Comentar.

Arco de Caparra - Baños de Montemayor

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Día 6 Arco de Cáparra – Baños de Montemayor

 

Me desperté con las  primeras luces que empezaban a ocultar las estrellas. Los pájaros alborotaban buscando insectos. Sus vuelos rasantes me fascinaban tumbado sobre la esterilla, bajo este arco romano milenario. Me sentía lleno de tranquilidad y espiritualidad, con las pocas cosas que tenía a mi alcance. ¡Qué feliz me sentía!

No quería que terminara de amanecer para disfrutar más del espectáculo.

Cuando desapareció la última estrella salí del saco y recogí la mochila, eran las ocho de la mañana y el cielo estaba despejado y el sol reflejaba su luz sobre los árboles cercanos.

Con pocas ganas comencé a caminar por el sendero mirando a cada rato hacia el arco que se ocultaba, jugando al escondite, entre los árboles. Caminaba despacio abstraído en mis pensamientos. Sabía que en las próximas cuatro horas no encontraría pueblos donde parar, pero esto no me agobiaba. Era agradable caminar con el frescor de la mañana.

Pasé por alguna finca con ganado, pacía tranquilamente y no se alteraron sus costumbres mañaneras por mi presencia. Ni tan siquiera me miraban, estaban más pendientes de su tierna hierba. Delante mía tenía las estribaciones de las montañas y el terreno era ondulante.

Pensaba en el recorrido que me quedaba hasta Oviedo y en lo andado desde Mérida, pero prefería rememorar lo pasado. Había sido precioso y todos los días el entorno había fortalecido las ganas de continuar.

Se me pasó sin sentir la primera hora hasta que llegué a una carreterita secundaria y con muy poco tráfico. Este día ya no dejaría el asfalto. Empecé a sentir que necesitaba un café, pero no había sitio donde parar. El paisaje cambió, y de ser ganadero pasó a ser principalmente agrícola, huertas y campos de cereal me rodeaban, mientras que las montañas seguían acercándose.

Después de otro rato caminando, aparecieron las obras de la autovía de la N-630. Grandes montículos de tierra se interponían en el camino, las flechas se empeñaban en dirigirme hacia el obstáculo. No había otra opción que ascender por uno de los muros de tierra y piedra removida. Con un paso ade